MÁS allá de la línea roja

"Noto un agujero en la pierna, sangro mucho, tengo mucho miedo": La hipnosis regresiva, una terapia para traumas del pasado

Casi tres horas de ejercicios de relajación y concentración extrema. Una mezcla de atención focalizada, confianza y profesionalidad en la disciplina de la sugestión para hacer un viaje en el tiempo y lograr visualizarme catorce años atrás, al día exacto en el que sufrí una cornada con arrancamiento de la arteria femoral que a punto estuvo de acabar con mi vida.

Trauma MÁS

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Cuando conocí al Doctor Morales y me contó a qué dedicaba su tiempo tras la jubilación sentí un pellizco en el alma. Este médico de familia de Lleida había sufrido una ECM (experiencia cercana a la muerte) y había decidido reorientar su vida. Me habló de los ejercicios de regresión para sanar heridas psicológicas y traumas heredados del pasado, una técnica que pone en práctica de forma altruista para ayudar a sus pacientes. Aquello me dejó pensativo y un año y medio después de aquel reportaje que grabamos sobre la vida más allá de la vida, volví a echarle el teléfono. En esa llamada, ya conseguí conectar con el doctor de una forma muy íntima. La cornada que sufrí mientras toreaba en mis años de novillero sin picadores me había traído problemas de diferente índole. Recuerdo que las temporadas siguientes a aquel duro percance fueron muy difíciles. Cuando tenía que empuñar la espada para ejecutar la suerte de matar, habitualmente volvían los fantasmas. Si lo verbalizaba frente a un psicólogo y trataba de encontrarle una solución, lo revivía aun más. Si lo callaba, me comía por dentro. Era un joven veinteañero con un sueño, el de ser figura del toreo, pero también un chaval que sentía y padecía las secuelas mentales de un episodio muy traumático. A día de hoy, la sangre que derramé, el olor a carne quemada, la tierra en la cara y la sensación de desvanecimiento, de no poder luchar por mantenerme con vida, son proyecciones habituales en mis pesadillas más sudorosas. Estos y algunos otros detalles sobre aquel infortunio y las consecuencias físicas y psíquicas que me han ido acompañando todos estos años formaron parte del vómito de recuerdos que fui narrando al Doctor Morales en la fase previa a la hipnosis. Sentados uno enfrente del otro, él con su libreta y una mirada limpia y complaciente. Yo vacilante en mis inseguridades y en mi escepticismo pero abierto en canal. Casi sin darme cuenta, ya me había internado en una suerte de laberinto balsámico de reviviscencias...

El yo del presente le habla al yo del pasado: disociación

"A la cuenta de tres vas a repetir la palabra duerme hasta que vayas sintiéndote más y más relajado y desaparezca de tus labios..." Ya en la camilla de consulta, comenzamos los ejercicios de respiración, relajación e imaginación pertinentes. "Piensa en una manzana y dime su color. Recuerda la puerta de tu casa de la infancia. Visualiza cómo es el marco, toca el pomo..." La focalización es imprescindible para alcanzar el estado de trance. "Ahora vámonos tres años atrás... ¿Estás solo o acompañado?" Mi mente va situándome en momentos del pasado a corto, medio y largo plazo. "Vámonos a unos días antes de este episodio, ¿Dónde estás?" En la universidad, respondo. "¿Cuántos años tienes?" Dieciocho. "A partir de ahora te voy a llamar dieciocho para referirme al Miguel Ángel de esa época". Mi mente ha entrado en trance. No estoy dormido. Soy consciente de todo lo que está pasando fuera de mi 'nueva realidad'. Escucho los movimientos de mi compañero Carlos con la cámara y a los coches que pasan por la carretera, pero no me alteran. El Doctor lo sabe y decide que es el momento. Sutilmente y a través de la palabra, me invita a revivir aquella experiencia sin llevarme el sufrimiento, es decir, eliminar en el presente la huella traumática que arrastro del pasado a través de un proceso de regresión donde la sugestión va a ser imprescindible. Así, llegamos hasta el momento en el que estoy delante del toro en la plaza de Hoyo de Pinares (Ávila) y me dispongo a darle muerte. En ese momento, logro ver al Miguel Ángel de dieciocho años cazado por el pitón del toro y colgado de él mientras le abre las carnes y le destroza todo el paquete vascular del triángulo de Scarpa. A partir de ahí, el caos. "Noto un agujero en la pierna y sangro. Sangro mucho. Estoy asustado..." Inexplicablemente, el hombre de hielo que escribe estas líneas rompe en llanto. Revivir la cornada es espiritualmente doloroso e involuntariamente sollozo, la respiración se me altera y las imágenes se suceden en mi mente como puñales de la memoria. El Doctor me recuerda que he sobrevivido, que estoy en un lugar seguro y me tranquiliza. Me pide que volvamos a ese momento sabiendo lo que se hoy. "El Miguel Ángel de 32 años ha sobrevivido, tiene una vida plena, tiene familia, amigos y un trabajo que le ha traído hasta aquí. Todo está bien, y lo sé porque estoy frente a ese Miguel Ángel y estamos en un lugar seguro". La voz del Doctor Morales pareciera que viene de ultratumba. He alcanzado ese estado de disociación en el que puedo estar 'viviendo' dos realidades, dos planos de un mismo mundo. Lo imaginario parece muy real, aunque soy perfectamente consciente de la realidad que me rodea. Un estado similar a cuando volvemos del trabajo en piloto automático, te cuesta recordar hasta el trayecto que has hecho con el coche y te preguntas ¿Cómo he llegado hoy hasta casa?

El poder autocurativo de la mente

"Con todo lo que hemos hecho, una versión mucho más adaptada, mucho más serena de ti, se abrirá paso". Empujado por la imaginación y la sugestión, he conseguido realizar varios viajes de ida y vuelta en el tiempo con un fin curativo. El diálogo ficticio entre mi yo del presente y mi yo del pasado ha ido surtiendo efecto. Mi consciencia parece haber llegado a una especie de remanso mental. La calma se ha apoderado de la situación y es el momento de invocar la sanación física a través de la focalización. Además de las pastilla anticoagulante que tomo diariamente y algunos problemas de circulación derivados de las intervenciones quirúrgicas, hay un efecto psicológico algo desagradable que me ha ocurrido siempre que me toca hablar de la cornada y explicar como fue. La pierna se me tensa y siento unos pinchazos en la ingle que no logro adivinar si son malestares verdaderos o proyecciones de la mente rendida a la memoria del dolor. "Pon la mano como si fuese un cazo y fueses a beber agua. Coloca ahí una energía curativa. ¿De qué color es?" Blanca, respondo. La estaba visualizaba y la sentía en mis manos. "Ahora llévatela al pecho y siente como recorre tu cuerpo como una ola hasta llegar a la pierna, donde hoy tienes esa cicatriz". No sé explicar cómo y por qué, pero mi pierna empezó a sentir un alivio y una fuerza descomunal. Supongo que tiene mucho que ver con esa concentración extrema a la que estaba expuesto a estas alturas de la terapia. Desperté y tardé unos segundos en 'aterrizar' que Carlos estaba grabando y el Doctor estaba sentado enfrente de mí, preguntando y anotando en su libreta, tal y como 'había dejado todo'. "¿Cuánto tiempo crees que ha pasado?" Unos cincuenta minutos, le respondí. "Casi dos horas. ¿Cómo te sientes?". ¿Le puedo dar un abrazo, Doctor? Gracias.

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