Novak Djokovic
Todo lo que Novak Djokovic nos enseñó en el Open de Australia
El balcánico perdió la final, pero desafió al tiempo y a la nueva era encarnada en Alcaraz: una derrota que confirma a 'Nole' como una figura eterna no ya del tenis, sino del deporte.

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Novak Djokovic se plantó este domingo ante la red de la Rod Laver Arena para retar al tiempo y la física. El rey emérito de Australia venía de tumbar en cinco sets a Jannik Sinner y se medía al nuevo monarca del tenis, una batidora de récords casi 16 años menor que él: Carlos Alcaraz Garfia.
Si algo quedó claro tras la final del Abierto oceánico es que hay momentos en el deporte, escasos pero únicos, en los que el marcador pasa a un segundo plano y vemos ante nosotros la historia viva. Djokovic cayó por primera vez en el último partido de su pista fetiche, pero bajo los focos de Melbourne consiguió algo más inasequible que una plusmarca o un Grand Slam.
El balcánico, a sus 38 años, compitió en igualdad de condiciones ante un chaval que tenía apenas tres años cuando él ganaba su primer torneo ATP. Fue un choque de eras y, desde luego, para nada un coletazo de nostalgia o grandeza de 'Nole': se adjudicó el primer set y fue capaz de desafiar al número 1 del tenis mundial.
No ganó el histórico undécimo título del Open de Australia, ni su ansiado 25 Grand Slam. Sin embargo, las gradas acabaron ovacionándole, algo impensable no hace tanto. Convidado a la fiesta de Nadal y Federer, les sobrevivió para entre medias pulverizar todos los récords y a estas alturas es el único que planta cara a la presente generación tenística.
El domingo creyó hasta el final, en la frontera de la excelencia, haciendo frente a la vitalidad, la rapidez y la nueva época personificadas en ese marciano (perdón, murciano) de nombre Carlos Alcaraz. Su sonrisa pícara y su buen perder tras el encuentro fueron los de alguien que trasciende su deporte, sabedor de sentarse a la mesa de los Ali o Jordan.
Djokovic ha competido al máximo nivel durante casi dos décadas, casi siempre a la sombra de otros titanes. La otra noche se certificó el cambio de guardia, pero Nole había librado una cruzada más allá del resultado. Su magnitud ya no se mide en títulos, que también, sino en su capacidad para aguantar la presión, superar las expectativas y seguir luchando con la pasión de un novato.
Nos enseñó, quién sabe si por última vez, que no hace falta ganar para alcanzar la eternidad.
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