Cuidados
Así cambió el alzhéimer la vida de Raquel: "La relación es distinta pero el amor es el mismo"
El diagnóstico de esta enfermedad a su madre cambió los roles dentro de la familia y la llevó a descubrir la importancia de pedir ayuda y cuidar también de sí misma.

"A todos nos toca cuidar o que nos cuiden algún día". Con esa reflexión, Raquel resume una experiencia que comenzó hace casi una década y que ha transformado por completo su vida. Lo que empezó con pequeños despistes que la familia atribuía al duelo por la muerte de su padre acabó convirtiéndose en un diagnóstico de alzhéimer que cambió para siempre la relación con su madre.
Por aquel entonces, su madre tenía 62 años. Seguía trabajando y mantenía gran parte de su autonomía. Nadie imaginaba que detrás de aquellas señales se escondía una enfermedad neurodegenerativa. "Pensábamos que estaba deprimida porque mi padre había fallecido hacía poco", recuerda Raquel. Sin embargo, cuando los síntomas comenzaron a repetirse, decidieron acudir al médico. "Nos dijo que tenía alzhéimer y que ya no podía vivir sola. Mi madre se puso a llorar y yo intentaba hacerme la fuerte. Lo recuerdo como un día muy duro", explica.
Aquel momento marcó el inicio de una etapa en la que, además de al impacto emocional, tuvo que enfrentarse a una realidad completamente desconocida. "No sabía adónde llamar, no sabía quién me podía ayudar ni qué tenía que hacer", recuerda.
Aprender a cuidar
Durante los primeros años, Raquel asumió gran parte de la organización de los cuidados. La enfermedad avanzaba poco a poco y las necesidades de su madre también cambiaban.
Con el tiempo, se fue a vivir con ella. Fueron meses en los que las tareas cotidianas comenzaron a requerir una atención constante. Acciones tan simples como ducharse o identificar objetos dejaron de ser automáticas. "Había días en los que tenía que explicarle cómo se utilizaba el jabón o cuál era la esponja", recuerda.
Aquella convivencia le permitió comprender la dimensión real de la enfermedad, pero también el impacto que puede generar en las personas que cuidan. Había jornadas en las que la paciencia parecía inagotable y otras en las que el cansancio terminaba aflorando. "Yo le gritaba, ella se ponía a gritar, yo me ponía a llorar y acabábamos llorando las dos", reconoce.
En esos momentos encontró un apoyo fundamental en su marido, a quien define como una figura clave durante todo el proceso. "Mi marido era quien me hacía volver a la realidad. Me decía: 'Raquel, tu madre tiene una enfermedad y ya no entiende, ten paciencia'".
Aquellas conversaciones le ayudaron a entender que, para cuidar bien de otra persona, también era necesario prestar atención al propio bienestar emocional. Fue entonces cuando decidió buscar ayuda psicológica: "Cuando estás tan dentro de la situación, no eres capaz de verla desde fuera. Necesitaba entender lo que estaba pasando y aprender a gestionarlo".
La decisión más difícil
En esos años, tuvo que tomar muchas decisiones relacionadas con el bienestar de su madre. Sin embargo, recuerda que la más difícil fue “llevarla a una residencia".
La elección estuvo marcada por la sensación de estar renunciando a algo importante. Su madre seguía siendo una mujer joven para los estándares habituales de estos centros. "Cuando llegó, mucha gente pensaba que venía de visita porque físicamente estaba muy bien", recuerda.
Las dudas la acompañaron durante mucho tiempo. Le preocupaba quién estaría con ella cuando tuviera miedo, quién conocería sus costumbres o quién sabría interpretar aquello que ya no podía expresar con palabras. "Yo me castigaba mucho y tenía un sentimiento de abandono constante", explica.
Sin embargo, el paso de los años le permitió comprobar que había tomado la decisión adecuada. Hoy visita a su madre con frecuencia y asegura sentirse tranquila al verla atendida y acompañada. "Ahora estoy contenta porque está bien cuidada, está tranquila y sé que la quieren muchísimo".
Cuando los roles cambian
La enfermedad ha transformado muchas cosas, pero no el vínculo que Raquel mantiene con su madre. Aunque la enfermedad de Alzheimer se encuentra en una fase avanzada y ya no pueden compartir conversaciones como antes, Raquel sigue encontrando formas de conectar con ella. "No sabe si me llamo Raquel o Pepita, pero cuando le digo que soy su hija y le doy un beso, le cambia la cara", explica.
Hay momentos que echa especialmente de menos: las conversaciones, los consejos, las palabras de cariño o la complicidad que compartían antes de la enfermedad. "Echo mucho de menos que me diga: 'Hija, te quiero'".
Con el paso de los años, también ha asumido que la relación entre ambas ha cambiado. La mujer que durante décadas fue su referente necesita ahora los cuidados y la protección que antes ofrecía. Aun así, hay algo que permanece intacto: "El amor es el mismo".
Para Raquel, compartir su experiencia también forma parte del proceso. Hablar de ello le ha permitido comprender que existen muchas familias atravesando situaciones parecidas y que ninguna debería sentirse sola durante el camino. Porque, como ella misma recuerda, cuidar forma parte de la vida. Y aprender a pedir ayuda también.
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Su testimonio forma parte de 'Cuidar', el documental impulsado por Cinfa para visibilizar la realidad de las personas que cuidan y dar voz a quienes acompañan a un familiar durante un proceso de enfermedad de larga duración o en cualquier otra situación de cuidado. Raquel decidió participar para compartir una experiencia que ha marcado su vida y que comparten muchas familias.









