Cambio climático
No todo es culpa del cambio climático
Decir que el clima lo explica todo es tan cómodo como decir que no explica nada. Ninguna de las dos frases resiste el cruce con los datos.

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Cada vez que arde España, se repite el mismo cruce de acusaciones: unos dicen que es el cambio climático, otros dicen que es la mala gestión del monte. La discusión suele plantearse como si hubiera que elegir un bando. No hay que elegir. Los datos oficiales dicen que las dos cosas son ciertas a la vez, y que precisamente ahí —en la suma, no en la resta— está la explicación real de por qué España arde como no ardía hace unas décadas.
Empecemos por lo que sí es responsabilidad del clima, porque negarlo sería tan poco riguroso como lo contrario. Un estudio del grupo internacional 'World Weather Attribution' concluyó que el cambio climático hizo que los grandes incendios del verano de 2025 fueran 40 veces más probables en España y Portugal. No es una opinión, es una atribución estadística publicada por un grupo científico que se dedica exactamente a eso: medir cuánto más probable es un evento extremo por el calentamiento global. Cuarenta veces no es un matiz. Es la diferencia entre un episodio raro y una temporada que se repite.
Parte del problema, de hecho, es que la propia expresión «cambio climático» se ha convertido en una palabra políticamente marcada. Para algunos, pronunciarla ya es tomar partido; para otros, dudar de ella es sinónimo de negacionismo. Esa polarización tiene un coste real. Convierte una pregunta técnica (¿cuánto ha aumentado la probabilidad de este incendio por el calentamiento?) en una pregunta identitaria: ¿de qué lado estás? Y cuando el debate se vuelve identitario, deja de servir para lo único que de verdad importa: decidir qué se hace con el territorio.
El mecanismo, además, es comprobable. Un invierno de lluvias históricas dispara la vegetación; una primavera seca y calurosa —la segunda más cálida desde 1961, según la AEMET— la deja lista para prender. Eso no es interpretación mía. Es la secuencia meteorológica que precedió a la campaña de 2025, y que se ha repetido en 2026. El clima no enciende la chispa, pero decide cuánto combustible hay disponible, cuánto tarda en secarse y cuánto dura la ventana en la que un incendio pequeño se puede apagar antes de que se descontrole.
Ahí es exactamente donde termina lo que puede explicar el clima y empieza lo que no.
El clima no decide que, según el informe de WWF España Incendios extremos: el reto de adaptar el territorio, el 78% del gasto público en incendios se destine a apagarlos y solo el 12% a evitarlos. Esa es una decisión presupuestaria, tomada año tras año, por administraciones concretas. El clima tampoco explica que, según los datos que recopila el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), la inversión en prevención siga sin recuperar los niveles de 2022, ni que España gestione cada año una fracción muy inferior al 1% de su superficie forestal que la comunidad científica considera necesario para cambiar el comportamiento del fuego a escala de paisaje. Y el clima, desde luego, no es responsable de que hasta el 95% de los incendios en España tengan origen humano, ni de que casi el 53% de los que tienen causa conocida sean intencionados: una cifra que remite a conflictos sociales del medio rural sin resolver, no a ninguna anomalía atmosférica.
Aquí es donde el argumento climático, usado en solitario, se convierte en una coartada. Si todo es culpa del clima, nadie tiene que explicar por qué seguimos invirtiendo seis veces más en extinguir que en prevenir. Si todo es culpa del clima, no hace falta preguntarse por qué el 80% de las viviendas en zonas de riesgo sigue sin plan de autoprotección, ni por qué España tiene 19 administraciones distintas gestionando el territorio sin ningún mecanismo que las coordine. El cambio climático es real, pero también es, para algunos, un lugar muy cómodo donde dejar de mirar.
Y al revés: negar el papel del clima tampoco protege el monte. Quien insiste en que "esto siempre ha pasado" o en que el calentamiento es una excusa está ignorando lo que dice la propia evidencia científica, incluyendo estudios que no tienen ningún interés político en exagerar, solo en medir con precisión cuánto ha cambiado la probabilidad de un evento extremo. Un monte mal gestionado con el clima de 1980 puede arder. Ese mismo monte, sin gestionar, con el clima que tenemos ahora, arde de otra manera: más rápido, más extenso, y con comportamientos —incendios de sexta generación, capaces de generar su propia dinámica atmosférica— que hace unas décadas eran excepcionales y hoy son cada vez más frecuentes.
La pregunta honesta, por tanto, no es si el cambio climático influye en los incendios. Influye, y lo hace de forma medible. La pregunta es qué hacemos con esa información. Porque decir "es el clima" y no cambiar nada en la gestión del territorio es exactamente igual de cómodo, y exactamente igual de irresponsable, que decir "no es el clima" y no cambiar nada tampoco.
No todo es culpa del cambio climático. Pero fingir que no tiene ninguna culpa —o que toda la culpa es suya— son, en el fondo, la misma forma de no hacer nada.
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