Al principio pensaba que María José, la pija dependienta de perfumería se iba a liar con el hijo, porque no era normal ese rollito del chaval soñando con una novia con las cualidades de su madre. Y ya no digo nada del estrujón que le pegó al verla embutida en el vestido de novia, bien fuerte contra sus tetas (“operadas”, decía una invitada. Como si nos importara), eso en mi pueblo se llama “complejo de Edipo” y alguna cosa más. Que al final se ha acabado casando con un respetable jubilado del Sardinero con más ganas de echar un polvo que la primera vez que tuvo entre sus manos una revista porno, pero no sé yo si su pensión estará a la altura de sus caprichos de pija ‘quiero y no puedo’.

 

Me ha gustado la boda entre las chicas (y no voy a decir ‘boda lesbiana’ porque no me gustan las etiquetas) porque, para qué lo voy a negar, amor sincero no se veía mucho, pero sí un pelín de hervor uterino y ganas de comerse a fondo. Aunque fue un poco decepcionante que al final no hubiese sexo en la primera noche, entre que la pueblerina rollo Amelie es algo tímida y la urbanita superficial no es de tomar la iniciativa y tiene un gesto como de estar oliendo constantemente el emoticono de la caca del Whatsapp. A ver así a quién le entran ganas de ponerse a hurgar nada. Sheyla y Carolyne, suerte, que la vais a necesitar.

 

Aun así, tengo toda mi fe depositada en estas parejas, al menos para un par de noches. Confío en el método porque las parejas perfectas no existen. El amor es un invento de Disney y con la perfección, sin cuernos y sin discusiones, la chispa de la vida, desaparecería.