Mariajo nos la ha vuelto a jugar sucio nada más llegar a Santander, yéndose a pasar la noche a un hostal de dos estrellas porque le dio un arrebato de pija de esos suyos al ver lo humilde que es el hogar de Julián. Un loft urbano de 20 metros cuadrados con decoración de jubileta contemplativo. La Drama Queen de 52 años se arrepintió, lloró y venció. Pasó el resto de días de la convivencia con Julián en su pisito, paseó por el Sardinero, comió sobaos pasiegos, flipó con los semáforos, cenaron anchoas de Alcampo y parece que han quedado en un segundo plano los ardores testiculares del ebanista de palets, que en un principio solo pensaba en soltar el mar de nata condensada que aguardaba en su manga pastelera.

Adrián y Alessandra se han pasado de moñas. Todo apunta a que aquí va a acabar algo roto y no hará hacer falta ungüento dilatador especial porque será el corazón de uno de los dos. “Si echamos amor a la comida, podemos recibir amor”, decía el sabio Adrián en la cocina, porque efectivamente, poco amor ha quedado y menos comida. Ya lo confirma ella con su adorable voz de helio: “Somos como dos pollitos en el nido que antes de salir a volar, nos pegamos porrazos y cataplúm y ya”. Pero porrazos de los que no rebotan precisamente contra el cabecero de la cama. Ánimo, pollitos teen, fue bonito mientras duró.

El gazpacho de sentimientos entre Sheyla y Carolyne ha quedado en un rollo bollo, como ellas dicen, con más rollo que bollo. Siempre encendiendo expectativas que no llegan a nada, porque han llegado al fin de la convivencia sin compartir ni el tiramisú de la cena con doble cucharilla. Y sin ninguna esperanza de que acaben en la cama sin despojarse de sus pijamas de franela con bolas.

La última intentona de Carolyne para seducir a Sheyla fue promovida por la amiga choni de Sheyla, de profesión peluquera y estilista, que con la esperanza de ponerla un poco más guapa para su marida, le onduló los pelos y le puso un trapo de Nochevieja que ni Ana Obregón en las campanadas de 1970. Un horror indeseable ni para la peor enemiga y que en nada ayudó. Un cuento sin fin de echar en cara que “no me conoces” y “no te obligo” y “no me cuentas”, y “cucharín” y “cucharón”. Sois unas petardas, caris.

Dámaris se ha venido arriba con sus amigas las catedráticas del barrio y ha servido en frío la venganza a Gabriel por todos los tuppers de arroz cocido con pollo que ha tenido que soportar durante el matrimonio. ¡Con lo bien que pintaban! Poco les duraron las endorfinas de aquel primer y casi último empotre que se pegaron en la luna de miel y ya ni ellos recuerdan. Tía, ¿cómo puedes llevarlo a Gibraltar y decirle que tiene la misma cara que los macacos del funicular? No te quejabas tanto cuando lo tenías bien amorrado en la cama y con la luz apagada. No te mereces ni las sobras de sus arroces fríos entre las sábanas.

Si el sexo no funciona, ¿qué sentido tiene preocuparse por el amor? Que os vaya bonito.