Ana Isabel Beltrán-Velasco y Vicente Javier Clemente-Suárez

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Educación

El estrés del profesor

El estrés que acompaña a los docentes de todas las etapas educativas se ha convertido en un malestar real que produce efectos negativos en la salud a nivel fisiológico y psicológico.

Ana Isabel Beltrán-Velasco | Vicente Javier Clemente-Suárez |
| 18.07.2020 09:50

Si tratamos de determinar cuáles son los factores denominados estresores que van a impactar en la aparición de un nivel de estrés elevado que interfiera con un desempeño adecuado y que provoque insatisfacción laboral, baja motivación y una mala calidad de vida en general, podemos encontrar aportaciones sobre el estado psicológico de la persona, los estilos de afrontamiento ante eventos y/o entornos estresores, factores demográficos o el tipo de profesión. En esta línea, colectivos denominados 'de servicio social' como las profesiones sanitarias o las educativas, son las que tienen un mayor índice de desgaste psicológico y emocional debido al agotamiento inherente al trabajo intenso a favor de los intereses de otros y en detrimento de las propias necesidades.

Desde la perspectiva del docente, la acumulación del ejercicio de sus funciones va a facilitar que aparezca un desgaste físico y psicológico que, además, va a producir en el individuo una percepción de sentimientos contradictorios. Por un lado, el profesor se siente responsable de las personas que forman parte de su alumnado así como de su futuro; por otro lado, percibe que es juzgado por la sociedad y que esta le hace responsable de los problemas que surgen en el entorno académico y que, sin embargo, traspasan las atribuciones curriculares tales como la falta de valores sociales o educativos, el uso de violencia verbal y/o física o las adicciones, entre otros.

Esta profesión, además, ha visto durante los últimos años un cambio de percepción de la sociedad hacia este colectivo. En general, el prestigio de los profesionales de la educación se ha visto disminuido y ha sido sometido a la presión constante de la prensa, favoreciendo así la presencia de actitudes de cinismo, desidia o falta de implicación con los alumnos, absentismo y falta de compromiso profesional.

En cuanto a los síntomas psicofisiológicos que se derivan de niveles altos de estrés crónico y que se han identificado con estos profesionales, se pueden dividir en diferentes dominios:

Conductuales: absentismo laboral, abuso de sustancias como la cafeína, el tabaco, el alcohol o diferentes fármacos, falta de motivación, trastornos asociados al aparato digestivo, etc.

Psicosomáticos: Fatiga crónica, cefaleas tensionales, trastornos del sueño, desórdenes gastrointestinales, taquicardias, tensión alta o baja, etc.

Emocionales: Apatía, aburrimiento, cinismo, irritabilidad, distanciamiento afectivo con los alumnos como medida de protección, sentimientos de tristeza y desesperanza, baja autoestima, sentimientos de fracaso profesional y personal, disminución de la tolerancia a la frustración, impotencia, etc.

En la actualidad, el colectivo de los profesionales de la enseñanza es uno de los más afectados por el denominado síndrome de Burnout así como los trastornos de estrés asociados, presentando una prevalencia de hasta un 40% según estudios realizados en profesores universitarios en la primera década del siglo XXI. Esto es perjudicial tanto para el docente como para los alumnos y para el centro en sí mismo. Conocida ya como 'la enfermedad de la enseñanza' y del paulatino agotamiento físico y psíquico, consecuencia de la relación directa y continuada con estímulos que causan frustración, lleva a los profesionales de la educación a una calidad de vida pobre y a problemas que impactan significativamente sobre su salud y la salud del sistema educativo en general.

Por todo ello, es necesario realizar un planteamiento de este problema desde diferentes enfoques, de forma que las presiones constantes a las que se ven sometidos no afecten de manera negativa a la ejecución de sus funciones, a su desempeño y a su salud.

Es necesario que la sociedad en su conjunto esté dispuesta a dignificar y empoderar el papel del docente en todas las etapas educativas, reconociendo y abordando las dificultades a las que ha de hacer frente. Entendiendo que el compromiso y dedicación inherente que se espera de un docente, así como una constante renovación de su perfil profesional y académico, requiere de períodos de adaptación y una constante predisposición de tiempo y recursos fuera del horario laboral.

Por otro lado, se debe mejorar el nivel de satisfacción laboral desde las instituciones, facilitando los recursos necesarios para que los profesores encuentren en su centro escolar un espacio profesional convenientemente adaptado, con suficiente estabilidad laboral que se refleje en contratos acordes al compromiso que se espera por parte del individuo y flexibilidad laboral, en un contexto en el que las jornadas no acaban en el aula sino que continúan en el domicilio del docente, bien preparando contenido, bien calificando actividades o exámenes.

Además, sería interesante dotar a los profesionales de la educación de estrategias adecuadas para afrontar situaciones estresantes en el aula ya que este mecanismo es fundamental para enfrentar el denominado síndrome de Burnout. Cuando estas estrategias no se aplican de manera adaptativa, el individuo tiene una sensación de incapacidad ya que se percibe que las demandas superan a los recursos con los que la persona cuenta. Aunque determinados factores de personalidad van a determinar en gran medida los estilos de afrontamiento utilizados, es posible entrenar a las personas para que puedan identificar la exposición de ciertos estímulos aversivos como una oportunidad de progresar profesional y personalmente y, por tanto, apliquen estrategias activas como la búsqueda de apoyo social o la expresión emocional abierta, y no evitativas como el conformismo, la evitación conductual y/o emocional, la reacción agresiva…

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