CAMPO GALLEGO

El relevo generacional se la juega en la huerta gallega: "Para poder seguir en la horticultura hay que diversificar"

Cuatro décadas de reconversión, abandono y concentración de la actividad han dibujado un paisaje en el que cada jubilación sin relevo pesa como una hectárea menos de futuro... pero hay esperanza.

Imagen de archivo de un trabajador del campo gallego.

Imagen de archivo de un trabajador del campo gallego.Antena 3 Galicia

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El campo gallego envejece. El 72% de los titulares de explotaciones supera los 55 años y la mano de obra del sector agroganadero se ha reducido a unas 50.000 personas, muy lejos de las 415.000 que trabajaban en 1985, antes de la integración de España en la Unión Europea.

El diagnóstico es compartido por administraciones, organizaciones agrarias y expertos: sin dimensión suficiente y sin rentas dignas, no hay relevo generacional. Montar una explotación hoy exige inversión en tierra, infraestructuras, tecnología y certificaciones, en un contexto de precios ajustados y competencia global. "El relevo generacional en la agricultura es un problema en toda Europa, pero alcanza especial relevancia en el campo gallego", resumen desde el sector. La fragmentación de la propiedad y la presión por el uso del suelo, especialmente en comarcas con buena aptitud hortícola como O Salnés u O Morrazo, donde la huerta compite con el viñedo, complican aún más la ecuación.

En este escenario, algunas iniciativas apuntan una posible receta: reconversión productiva, proximidad, precios competitivos y resiliencia climática. Es el caso de Horta da Lousa, una explotación que encarna la combinación de tradición y vanguardia en la huerta gallega. Con unas 25 hectáreas en total, el proyecto articula un modelo de sector primario circular: ganadería y agricultura regenerativa que aportan materia orgánica, mejoran el suelo y reducen la dependencia de insumos externos.

"Mis padres empezaron en 1989 produciendo hortícolas para el mercado local. En los últimos años hemos cambiado el modelo", explica Néstor Liñares, al frente de la explotación. El giro no fue estético, sino estratégico. "Para poder seguir en la horticultura hay que diversificar. No todos los años el clima acompaña; unas actividades funcionan mejor un año y otras al siguiente. Así se logra estabilidad económica y futuro para la explotación". Hoy concentran la producción ecológica en tomate, calabaza y cebolla, venden a distribución, hostelería y colectividades, y operan un vivero ecológico certificado, uno de los pocos en Galicia, que produce plantón de variedades hortícolas. Mantienen vacas de Ternera Gallega Suprema y cultivan castaños en ecológico. El estiércol se transforma en compost y vuelve a la tierra: "Somos como una casa de aldea de principio de siglo, donde todo se aprovecha, pero con la ciencia de ahora".

La tecnología es la otra palanca. Invernaderos sensorizados, control de ciclos de cultivo y prácticas de agricultura regenerativa permiten reducir costes y riesgos. "Hemos logrado bajar el abonado hasta un 90%. Así podemos competir en el mercado general incluso frente a productores convencionales", afirma Liñares. En tomate, por ejemplo, los precios oscilan desde 60 céntimos en categorías bajas hasta 4,5 o 5 euros en las más altas. La clave no es vender caro, sino producir con costes contenidos y una calidad constante.

La dimensión también importa. La explotación suma 7.500 metros cuadrados de invernadero, dos hectáreas de huerta al aire libre, 15 hectáreas para el ganado y ocho hectáreas de castaños. Trabajan cuatro personas todo el año y dos más en temporada. La producción ronda las 50 toneladas de tomate, 10 de calabaza y 4 o 5 de cebolla anuales; el vivero saca entre un millón y millón y medio de plantas cada campaña, según el tiempo. El mercado local absorbe la mayor parte del fresco en A Coruña y su área metropolitana; el plantel viaja por Galicia, Asturias y el norte de Portugal. "La proximidad nos protege: cuando hay temporales o suben los costes, resistimos mejor", resume.

El ejemplo no es una fórmula mágica ni replicable sin condiciones. Exige superficie, inversión, conocimiento y acceso a mercado. Pero apunta a una dirección: explotaciones con tamaño suficiente, diversificación real, innovación y arraigo local. En un campo que envejece, el relevo no llegará solo por romanticismo rural. Llegará, si llega, porque el oficio vuelva a ser un proyecto de vida viable.

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