Real Madrid

¿Primera crisis del Mourinho 2.0 en el Real Madrid? El viejo manual vuelve a escena

A 6 puntos del Barça y con los ataques a los árbitros de nuevo en primer plano, Mourinho afronta la primera gran prueba tras su regreso al club blanco.

Mourinho, en el banquillo del Real Madrid

Mourinho, en el banquillo del Real Madrid EFE

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Dicen que la historia no se repite, pero rima. José Mourinho llegó el domingo por la noche a la sala de prensa del Metropolitano sabiendo perfectamente a quién culpar de la derrota del Real Madrid ante el Atlético: "Podemos saltarnos la rueda de prensa, ya que la historia del partido está aquí: son dos tarjetas rojas claras", dijo el portugués, con el ceño fruncido, mientras mostraba una fotografía impresa de las entradas del Cuti Romero y Kang-in Lee.

La escena tenía algo de déjà vu. El entrenador regresó a Concha Espina con la promesa de una versión más serena, más madura y menos emocional. Sin embargo, ha bastado una derrota en un derbi, la segunda en siete jornadas de LaLiga, para que reapareciera el personaje que tantas veces se enfrentó a árbitros, rivales, periodistas y enemigos internos durante su primera etapa en el club.

Mourinho lleva más de una década fuera de la élite europea, pero nunca ha perdido su ADN. Esa naturaleza incluye un mecanismo de defensa muy reconocible: cuando todo falla, el foco de atención se desplaza. Ahora sabemos que el lindo gatito aún tenía garras. E impresora.

La polémica arbitral

El luso no se inventó la polémica del Metropolitano. Cristian Romero pudo ser expulsado tras un pisotón revisado por el VAR, mientras que el propio Comité Técnico de Árbitros reconoció posteriormente que Kang-in Lee debió ver la tarjeta roja por su entrada sobre Federico Valverde.

Mou señaló la juventud y la inexperiencia del colegiado Miguel Ángel Ortiz Arias, cuestionó la actuación del VAR, criticó las designaciones del CTA y deslizó que otros clubes estaban recibiendo decisiones favorables mediante acciones "ridículas".

La polémica era defendible; el juego de su equipo, menos. Porque el Real Madrid apenas creó peligro once contra once y fue el Atlético quien tuvo más claro qué partido quería jugar. El conjunto dirigido por el Cholo Simeone, sin alcanzar la brillantez, identificó las debilidades de los blancos y las atacó con precisión.

"Trabajo colectivo" rojiblanco

La presión blanca fue insuficiente, Hancko tuvo tiempo para encontrar la carrera de Giuliano Simeone y Huijsen quedó expuesto en una acción que acabó en penalti y expulsión. El segundo gol también volvió a sacar a relucir los problemas defensivos: Álex Baena progresó por la banda de Vinícius y Cucurella sin hallar apenas oposición y Jonathan David apareció prácticamente sin marca dentro del área.

El Real Madrid solo reaccionó cuando el Atlético se replegó para proteger su ventaja. El gol de cabeza de Rüdiger maquilló el resultado, pero no cambió el diagnóstico: el conjunto rojiblanco fue superior desde el punto de vista táctico, tanto con balón como sin él. "Controlamos el partido en todo momento gracias al trabajo colectivo, en defensa, y sabiendo que podíamos hacerles daño por la derecha, que es de donde vinieron tanto el penalti como el segundo gol", explicó Simeone.

La frase resume el problema de fondo. El Atlético no ganó únicamente por intensidad o por aprovechar una expulsión, sino porque supo dónde hacer daño a los merengues y porque el Madrid se relajó y mostró una estructura demasiado frágil cuando perdió el control del mediocampo.

Diferente entrenador, mismo problema

La derrota ante los colchoneros no es un accidente aislado. El resultado fue menos contundente que el 5-2 encajado en el mismo estadio hace casi un año, con Xabi Alonso en el banquillo, pero las carencias se repitieron. También resulta significativo que los jugadores de mediocampo en adelante fueran los mismos en ambos encuentros: Tchouaméni, Valverde, Bellingham, Güler, Vinícius y Mbappé.

El Real Madrid lleva tiempo intentando encajar esas piezas. Ancelotti ya convivió con esa dificultad en su última temporada, Xabi Alonso se vio superado por el vestuario y Arbeloa no halló nuevas soluciones. Mourinho, de momento, sigue buscando la cuadratura de círculo. Los blancos siguen siendo vulnerables cuando sus rivales aceleran, conceden demasiados metros entre líneas y sufren para controlar los duelos.

Incluso en las victorias han aparecido señales de alarma. El equipo necesitó un gol de Carlos Espí en el minuto 90 para derrotar al Espanyol y recurrió de nuevo al delantero en el descuento para superar al Elche. Ante el Inter ganó 2-1, pero el conjunto italiano le maniató. Frente al Rayo Vallecano se puso 3-0 por delante, aunque acabó permitiendo que el oponente recuperara el control del partido y rematara 18 veces.

Cuando un patrón se repite, deja de ser un accidente y empieza a convertirse en una característica.

Ni Rodri... ni nadie

Una de los carencias más evidentes sigue sin resolverse: la ausencia de un centrocampista capaz de controlar el tempo de los partidos, proteger al equipo y decidir cuándo acelerar o cuándo dormir el juego. Desde la retirada de Kroos y la salida de Modric, el Madrid ha perdido una capacidad de gobierno que no se sustituye acumulando músculo. El intento fallido de fichar a Rodri agravó esa sensación y dejó a la plantilla sin el perfil que muchos consideraban prioritario.

Aquí surge una paradoja con el propio Mou. Su fútbol nunca se ha construido alrededor de un centrocampista organizador del tipo Kroos o Rodri. En 2012 sí presionó para fichar a Modric, pero su libreto suele conceder más importancia a la seguridad defensiva, las transiciones y la capacidad de sus jugadores para atacar los espacios que al dominio mediante el balón. Lo vemos ahora con su insistencia en el pivote Tchouaméni - Valverde.

La pregunta es si ese modelo continúa siendo suficiente entre la aristocracia continental. Han pasado 13 años desde la última etapa de Mourinho en el Real Madrid: el fútbol ha cambiado, los rivales presionan mejor y buscan dominar más fases del juego. Un bloque que espera, corre y golpea puede seguir siendo competitivo, pero ya no basta con juntar estrellas y exigirles intensidad.

Vinícius y Mbappé no conectan

El otro elefante en la habitación es la convivencia entre Vinícius y Mbappé. El Madrid tiene dos jugadores capaces de decidir partidos, pero que no terminan de sumar sus talentos en un ataque armónico. El francés es una amenaza constante con espacios, pero no es un 9 puro y tiende a ocupar los espacios naturales del brasileño en la izquierda; Vinícius solo ha marcado un gol en ocho partidos y su tendencia a desconectarse de las tareas defensivas es explotada constantemente por los rivales.

Sentar a Vini por Diomande, la opción obvia en apariencia, abriría otros conflictos. El brasileño acaba de firmar un contrato de seis años y sigue siendo uno de los futbolistas franquicia del club. Apartarlo enviaría un mensaje competitivo, pero también convertiría una crisis deportiva en una crisis ¿política? Recordemos lo que sucedió la temporada pasada con Xabi Alonso.

Y algo similar ocurre con Valverde. El capitán podría ser uno de los sacrificados para permitir la entrada de otro pelotero como Arda Güler o Bernardo Silva en una posición más atrasada. Sin embargo, ninguno de los dos ofrece la misma capacidad de recuperación y el equipo podría quedar todavía más expuesto a los contraataques; a cambio, tendría mucho más balón y podría defenderse con él.

La fotocopia de 2010

La imagen de Mourinho enseñando fotocopias en la sala de prensa recordó inevitablemente a diciembre de 2010, cuando apenas llevaba medio año en el cargo y apareció ante los periodistas con un papel en el que denunciaba una lista de supuestos errores arbitrales contra el Madrid. Fue una de las primeras grandes demostraciones del procedimiento mourinhista: convertía una discusión deportiva en una batalla institucional y conseguía que durante días se hablase de otros asuntos en lugar de analizar el juego.

Por aquel entonces empezó también a utilizar otras herramientas de presión: el episodio de Pedro León mostró su disposición a señalar públicamente a un jugador propio cuando consideraba que no cumplía sus estándares; el dedazo en el ojo a Tito Vilanova en el Nou Camp llevó una rivalidad deportiva un paso más allá; y el banquillazo al mismísimo Casillas, a quien llegó a acusar de ser la "oveja negra" del vestuario, mostró al mundo hasta dónde podía llevar sus conflictos internos.

Mourinho ya no es el mismo entrenador que llegó en 2010 para frenar al Barça de Guardiola, pero quizá tampoco ha cambiado tanto como nos ha prometido: sin duda ha ganado experiencia, ha moderado algunas formas y conoce mejor el coste de sus enfrentamientos. Esta vez no se va a repetir exactamente cada capítulo, pero ya está tocando las mismas teclas: construir un enemigo externo, cerrar filas con el vestuario, exigir obediencia.

¿Cuál será el siguiente paso?

El parón internacional le concede tiempo para preparar una respuesta dentro y fuera del campo. El Real Madrid no volverá a jugar hasta el 10 de octubre, en casa contra el Villarreal, y después visitará al Barça. La presión aumentará si no se produce una reacción y, en ese caso, puede que veamos los siguientes pasos del Mourinho 2.0 post-Negreira. ¿Su primera era nos hizo spoiler? ¿Veremos cambios drásticos en el once, nuevos ataques a los colegiados o una apelación directa al madridismo presentando al club como la víctima de una campaña?

En aquella etapa Mourinho utilizó a menudo las ruedas de prensa para dominar la narrativa. La diferencia es que ahora el Real Madrid llega a esta situación después de dos años sin títulos, un Santiago Bernabéu desquiciado y, por encima de todo, un déficit futbolístico preocupante de un equipo que necesita controlar mejor los encuentros, defender con más coordinación y solucionar la convivencia entre sus grandes figuras.

La verdadera crisis no es estar a seis puntos del Barcelona después de siete jornadas de Liga, sino seguir tropezando con las mismas piedras una y otra vez. Y Mourinho no tiene una solución evidente porque el problema no es únicamente de nombres, sino de equilibrio: el Real Madrid está lejos de ser un equipo. El portugués regresó para cambiar esa dinámica, pero tras la derrota del Metropolitano ha reaparecido antes su viejo manual que el buen fútbol. ¿Y si el pasado es solo un prólogo?

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