Slackline
Doce horas suspendido en el vacío: Jaan Roose pulveriza los límites del 'slackline' sobre el Danubio
El atleta estonio completa una hazaña inédita en el mundo del slackline.

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Caminar sobre el cielo mientras una capital entera despierta a tus pies. Jaan Roose ha vuelto a convertir el abismo en un sendero transitable. El especialista estonio de 34 años, triple campeón del mundo de slackline, firmó una proeza sin precedentes en la historia del equilibrismo: cruzar 22 veces de ida y vuelta una cinta suspendida a 100 metros del suelo entre dos de los iconos arquitectónicos más emblemáticos de Bratislava, la torre de observación UFO y el castillo de la ciudad.
En total, 14,7 kilómetros recorridos a lo largo de 12 horas ininterrumpidas de resistencia física y mental, una modalidad extrema que nadie en el planeta se había atrevido a plantear jamás.
Un corredor de dos centímetros a 100 metros del suelo
El reto arrancó con las primeras luces del alba, a las 7:15 de la mañana. Con una suave niebla cubriendo las aguas del río Danubio y bandadas de palomas cruzando bajo sus pies, Roose dio el primer paso sobre una fina tira de apenas 1,9 centímetros de anchura y 660 metros de cuerda floja.
A diferencia de los récords habituales de la disciplina, donde los atletas buscan unir un punto A con un punto B en una sola tirada —como ya hizo en 2024 al desafiar el estrecho de Mesina—, el plan en Eslovaquia obligaba a una coreografía infinita: llegar a la plataforma, girar y volver a empezar.
"Esta es la novena vez que cruzo la línea", confesaba el propio Roose a mitad de jornada, cuando el sol comenzaba a castigar el asfalto. Cien metros más abajo, la vida urbana seguía su curso: los coches circulaban diminutos por los puentes y los conductores tocaban el claxon como bocanadas de aliento que ascendían hasta la cinta. En tierra firme, decenas de miles de personas observaban con la respiración contenida cada uno de sus movimientos, coreando aplausos que rompían el silencio de las alturas.
La batalla contra los hombros, los pies y la mente
Lo que durante las tres primeras horas pareció una danza fluida y liviana terminó convirtiéndose en un combate brutal contra el desgaste articular. El viento en calma elevó la temperatura sobre la estructura, obligándole a hidratarse sin pausa y a cambiar de calzado y calcetines en pleno vuelo para contener las ampollas.
"Llevo ocho horas, vamos de nuevo, quedan cuatro horas", advertía Roose cuando el cansancio amenazaba el equilibrio. Hasta la fecha, el máximo tiempo que el estonio había permanecido sobre una cinta eran seis horas en sesiones de entrenamiento. En Bratislava duplicó esa frontera.
"Me duelen los hombros y a veces un poco también las piernas. Una de las cosas más duras fue aislarme de todas las distracciones sonoras; sobre todo, tuve que gestionar mi propia mente", reconoció el deportista estonio.
Llegar al atardecer
Poco antes del ocaso, con las piernas entumecidas y la silueta recortada contra un cielo que viraba del dorado al carmesí, Jaan Roose encaró los últimos metros de regreso hacia la torre UFO. A las 19:15 horas, exactamente doce horas después del inicio, sus pies pisaron tierra firme.
"Ha sido un paseo muy bonito, pero me ha exigido muchísimo", declaró exhausto tras completar el desafío. En una jornada que arrancó con la bruma del amanecer, la verdadera meta no era solo sumar kilómetros, sino alcanzar la última luz del día: la recompensa de ver apagarse la tarde desde donde, habitualmente, solo vuelan los pájaros.
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