Bajas por salud mental
Los jóvenes lideran las bajas por salud mental en España: "Viven en una especie de carrera de fondo sin descanso"
Un informe de la AIReF apunta que los problemas de salud mental entre los jóvenes se han agravado tras la pandemia.

Publicidad
Las bajas laborales por problemas de salud mental han crecido de forma notable en España durante la última década, con especial incidencia entre los jóvenes trabajadores. Un informe de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) alerta de que estos procesos son también más largos.
Los datos revelan que los jóvenes de entre 25 y 35 años son el grupo más afectado por las bajas relacionadas con trastornos mentales y del comportamiento. Entre 2017 y 2024, el número de bajas en esta franja de edad se ha incrementado en un 132%, hasta superar las 200.000 bajas anuales.
Por cada 1.000 trabajadores de esta franja afiliados a la Seguridad Social en 2024, se registraron 4,25 procesos de baja por salud mental, siendo un 44,5% más elevada que en los trabajadores entre 45 y 55 años. Esta cifra convierte a los jóvenes en el colectivo con mayor incidencia de todo el sistema, muy por encima de la media del conjunto de trabajadores.
El informe apunta a que factores como la precariedad laboral, la presión profesional y las consecuencias emocionales derivadas de la pandemia han agravado los problemas de salud mental en este grupo de edad. Por cada 1.000 afiliados a las SS.SS, las bajas por enfermedades respiratorias afectan a 8,11 trabajadores, las relacionadas con los huesos, articulaciones y músculos a 6,46, las enfermedades digestivas a 5,68 o las infecciosas a 5,49.
Sin embargo, para entender qué hay detrás de este aumento es importante, además de mirar datos, también cómo viven el trabajo y la presión profesional. Paloma Borja, portavoz experta de Deusto Salud y perteneciente a esta franja de edad, describe una brecha entre lo que los jóvenes esperaban encontrar en el mercado laboral y lo que realmente se encuentran.
Entre la expectativa y la realidad
"Desde hace años, tener una carrera profesional ya no es garantía de tener un trabajo asociado a ella", explica, lo que "crea una brecha entre lo que se espera que la vida laboral te ofrezca y lo que realmente encuentras: trabajos precarios, una inseguridad constante, salarios ajustados y una inestabilidad económica que obliga a retrasar proyectos vitales porque no hay estabilidad laboral".
A esta se suma el coste de la vivienda, la dificultad para conciliar y un mercado laboral competitivo y si "le añadimos la presión social por llegar a todo, al final muchos jóvenes viven en una especie de carrera de fondo sin descanso, donde la sensación de que nunca es suficiente se vuelve crónica", señala.
También destaca que esta generación también tiene algo que antes faltaba: más conciencia de salud mental. "Hoy los jóvenes tienen más acceso a información y recursos en salud mental y emocional. Eso hace que se puedan verbalizar síntomas que antes se normalizaban o quedaban ocultos. Esta conciencia es necesaria y muy valiosa".
¿Qué factores hay detrás?
Desde su perspectiva, desmonta que "los jóvenes no quieran trabajar; es que las condiciones actuales del mercado laboral y toda la narrativa cultural que les rodea muchas veces no están alineadas con sus necesidades emocionales".
Explica que el motivo de esto es "por la falta de oportunidad real que pueden sentir los jóvenes. Muchas veces no se pueden dedicar a aquello que les apasiona o a sus talentos naturales porque no se ha hecho un trabajo previo de orientación, de exploración vocacional".
Esto se agrava cuando, al llegar a la edad adulta, descubren que tampoco se está cuidando suficientemente el trabajo autónomo o por cuenta propia: "Quien emprende suele enfrentarse a una enorme incertidumbre, una ausencia de red de seguridad y una presión económica constante".
"Cultura de urgencia y autoexigencia"
"Vivimos una realidad de oposiciones saturadas, donde mucha gente quiere acceder a un empleo público precisamente por lo que está viendo que ocurre en la calle. Pasarse años preparando un examen sin una base sólida puede generar un estrés crónico que no siempre se reconoce hasta que el cuerpo dice basta".
"Hay un desajuste total entre esfuerzo y recompensa: pasamos años estudiando, formándonos, haciendo másteres, cursos e idiomas, y luego el mercado no siempre ofrece condiciones acordes a ese esfuerzo"
En el empleo privado ocurre igual, ya que "muchos jóvenes encadenan contratos temporales, salarios ajustados y muy poca perspectiva de estabilidad. Hay un desajuste total entre esfuerzo y recompensa: pasamos años estudiando, formándonos, haciendo másteres, cursos e idiomas, y luego el mercado no siempre ofrece condiciones acordes a ese esfuerzo".
A todo ello se suma lo que Borja llama "la cultura de la urgencia y de la autoexigencia". "Nos relacionamos con nosotros mismos desde el tengo que poder con todot, el miedo al error, la dificultad para desconectar. Eso genera ansiedad y un burnout constante. Pero en el fondo, lo que revela es la falta de herramientas de gestión emocional que tenemos".
Pedir ayuda: signo de debilidad
Las estadísticas muestran que las bajas por salud mental no surgen de un día para otro, suele ser por un cansancio acumulado durante meses o años. Borja describe este proceso como un "colapso progresivo" que, muchas veces, se normaliza hasta que se vuelve insoportable.
"Las señales internas casi nunca aparecen de forma repentina, se va produciendo un colapso poco a poco", explica, detallando que "hay señales físicas, mentales, emocionales e incluso conductuales. El problema es que muchas se normalizan o no se les da voz". Entre ellas destaca:
- Sensación de desconexión con uno mismo y de vacío
- Desmotivación persistente, apatía y dificultad para ilusionarse
- Sensación de estar al límite de forma constante
- Falta de pertenencia: no sentirte parte de un equipo o de un proyecto
"No hablamos solo de cansancio, sino de desgaste emocional y de no saber muy bien qué te pasa", subraya, a lo que se suma que "muchos jóvenes no piden ayuda porque interpretan que es sinónimo de debilidad, cuando en realidad es un indicador claro de que el sistema nervioso está saturado".
Bajas más largas y diferencias territoriales
Volviendo al informe de la AIReF, este no solo alerta del aumento en el número de procesos, sino también de su duración. Las bajas por salud mental alcanzan ya una media cercana a los 80 días, casi un mes más que hace siete años y muy por encima de la duración media de otras incapacidades temporales.
Este aumento del tiempo de baja tiene un impacto directo tanto en la recuperación de los trabajadores como el gasto del sistema de prestaciones, lo que ha reavivado el debate sobre la prevención y el seguimiento de estas patologías en el ámbito laboral.
La AIReF también subraya la existencia de importantes diferencias entre comunidades autónomas. Cataluña (6,6 procesos por cada mil trabajadores), Canarias (6,5) y Navarra (6,4) encabezan la incidencia de bajas por salud mental, lo que apunta a desigualdades territoriales en la detección, el tratamiento y la gestión de estos procesos. Mientras que Andalucía (3,2), Extremadura (2,8) y Castilla-La Mancha (1,9) son las que menos incidencia presentan.
También llama la atención las diferencias en la duración de los procesos. Las bajas por salud mental entre los jóvenes son más prolongadas en Galicia (129,3 días de media), Extremadura (119,1) y Asturias (101,4). Sin embargo, comunidades como Cataluña (62,9), Baleares (49,1) o Navarra (43,9) son las que destacan por procesos más cortos.
Ante este escenario, el organismo plantea necesidad de reforzar las políticas de prevención, mejorar el acceso a la atención en salud mental y revisar los mecanismos de gestión de las bajas médicas, con el objetivo de dar respuesta a un problema que ya tiene un impacto estructural en el mercado laboral español, convirtiéndose en el segundo mayor gasto de la Seguridad Social donde el coste en incapacidad temporal supera los 33.000 millones de euros, con más de 9,2 millones de procesos en 2025.
Trabajamos cuando ya tenemos el problema
La experta tiene claro que no se trata de "un problema individual" porque "no se puede plantear como una dicotomía entre o el individuo o el sistema laboral. Ambas cosas están influyendo y explican juntas el desbordamiento emocional que estamos viendo en muchos jóvenes".
"Nos ponemos a trabajar en nuestras emociones justo cuando ya tenemos el problema delante, no antes"
Por un lado, reconoce la falta de educación emocional con la que han crecido varias generaciones. "Nos ponemos a trabajar en nuestras emociones justo cuando ya tenemos el problema delante, no antes", señala: No hemos aprendido a gestionar el estrés, la frustración o el conflicto de una forma preventiva, y eso hace que el malestar se acumule hasta que el cuerpo dice basta".
No ofrecen suficientes apoyos
Pero insiste en que el entorno laboral actual lo amplía: "La precariedad, el bajo acompañamiento en los equipos, la hiperdisponibilidad digital y esa narrativa de éxito social acelerado, donde se premia el resultado y no el proceso, están poniendo de relieve una carencia tanto del sistema educativo como del organizacional, y no solo un fallo individual". Además, matiza que "no es que los jóvenes no sepan gestionar nada, es que muchas veces se les exige gestionar un nivel de incertidumbre y de presión para el que ni el sistema ni las empresas están ofreciendo estructuras de apoyo suficientes".
Por eso, Borja habla de "un fenómeno bidireccional", porque "hay que fortalecer las competencias emocionales individuales" además de "revisar una cultura laboral que, en ocasiones, normaliza el agotamiento como sinónimo de compromiso", subraya.
Síguenos en nuestro canal de WhatsApp y no te pierdas la última hora y toda la actualidad en nuestro perfil de Google.
Publicidad








