Opinión Rebeca Cordero

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//Rebeca Cordero

"Un mundo (in) feliz. Lo que pase tras el coronavirus depende de todos"

Al inicio de la pandemia de coronavirus no parecía que estuviésemos ante un cambio de ciclo, sin embargo, en estos momentos, con la crisis acuciante, el cambio de ciclo parece insuficiente y requiere, además, de un cambio de paradigma económico, político y social.

Nuestra sociedad ya adolecía de problemas no resueltos: brecha social y tecnológica, violencia de género, exclusión de minorías, y un largo etcétera. Sin embargo, no nos sentíamos parte del problema. Cualquier dificultad parecía insignificante si podíamos participar de un mercado que determinaba qué debíamos consumir en cada momento para diferenciarnos de nuestro grupo de iguales (Lipovetsky, 2016). Sintiéndonos en un nivel de superioridad respecto al otro.

Todo podía ser motivo de tendencia y el poder seguirlas resultaba un triunfo. El hecho de compartirlo en las redes sociales nos empoderaba. Nuestro yo público vencía a nuestro yo en apuros, que había de sobrevivir a las inclemencias sociales.

El hecho de que el individuo se construyese con los valores del mercado le alejaban de la conciencia social (Lipovetsky, 2016). La participación en las actuaciones colectivas antes y durante de la pandemia, en su mayoría, no tenían como finalidad la búsqueda del bienestar colectivo, sino la consecución de algún logro resultante de necesidad individual agrupada.

"...el virus, si algo ha modificado, ha sido nuestro espacio público, devolviéndonos a lo privativo, un lugar en el que nuestras miserias afloran"

Además, las estructuras vitales consideradas validadas se resquebrajan ante nuestros ojos porque eran el resultado de la necesidad y no de la reflexión. El modelo económico social nos convirtió en agentes consumidores, restando valor a nuestra parte productora (Bauman, 2007), requiriendo de todo tipo de instituciones para responder ante el modelo reproductor. La supuesta conciliación entre la vida personal y laboral era lo más parecido a un sorteo de obstáculos, que nos hacían llegar a la noche con una sensación agridulce. Nos descargaba de culpa el estar dentro del sistema. Porque si de algo huye el individuo, con razón, es de caer del lado de la exclusión social. Y mientras esta lucha entre titanes se producía, no sabíamos, o no queríamos saber, qué pasaba en aquellas organizaciones en las que habíamos depositado nuestra confianza. Pongamos como ejemplo el modelo de cuidado de mayores institucionalizados.

La llegada de la Covid-19 suma una epidemia más a las ya existente y no resueltas, y que mencionamos al inicio del artículo. Lo singular del hecho es que no éramos tan conscientes de su persistencia, pero estaban ahí, y comenzaron a evidenciarse porque el virus, si algo ha modificado, ha sido nuestro espacio público, devolviéndonos a lo privativo, un lugar en el que nuestras miserias afloran.

Esta sindemia (Siger, 2009) en la estamos inmersos requiere de cambios a pequeña y gran escala que no debemos enfrentar con estupefacción. Ni mucho menos. Que el hombre esté más expuesto a las enfermedades propias de los animales sabemos que tiene como origen la esquilmación de los recursos naturales. Mismo origen tienen las condiciones climatológicas extremas. Por lo que el respeto y el cuidado al medio ambiente deberían ser un objetivo prioritario real, al margen de posicionamientos ideológicos.

"La tecnologización, el teletrabajo y la virtualización de la enseñanza están reñidas con la brecha digital"

Hablar de ideología en tiempos de polarización resulta una quimera, todo está sujeto a cuestionamiento sin reflexión, el discurso pasional predomina sobre el racional y se advierte a la masa de la peligrosidad del otro. Asumiendo que, si algo es, es nuestro enemigo (Bauman, 2017). La presunción de inocencia únicamente reside en el plano jurídico, mientras que en el político pareciese que todo aquel que toma una decisión lo hace a sabiendas de que va a hacer daño a personas con interés manifiesto. El peligro del mensaje polarizado en tiempos de sindemia se encuentra en que la masa social está deseosa de encontrar un enemigo al que culpabilizar del daño recibido, y al virus no se le ve. Y ni siquiera cabe en nosotros un atisbo de cierta culpabilidad por haber favorecido, aunque sea de una manera microscópica, con nuestros comportamientos desalojados de culpa la situación actual que ahora sufrimos.

Nos rasgamos las vestiduras porque el Capitolio en Estados Unidos ha sido asaltado, cuando los discursos del presidente Trump eran el caldo de cultivo propiciatorio. Mientras Trump se exhibía, sus seguidores se organizaban. Utilizaban para ello diferentes redes sociales que asumían como naturales discursos de odio, proclamas reduccionistas y buenas dosis de fake news. Sin que estas redes, productos del sistema, hiciesen algo.

Y así, sin darnos cuenta, mientras convive la razón con la sinrazón, las intuiciones que considerábamos sólidas se van deteriorando, llegando incluso a no poder soportar la presión. Es necesario un cambio en la forma de hacer política que pasa por encontrar un equilibro entre el mercado y el bienestar ciudadano. Nadie tiene derecho a sufrir y a ser discriminado por el simple motivo de ser.

No es que ahora haya aparecido la pobreza, es que ya existía, pero la aporofobia existente encubría su presencia. Y no es que la desigualdad de género vuelva a estar presente, en cuanto que las mujeres han sido las más afectadas por el coronavirus. Han tenido que superponer su rol de cuidadora, maestra y limpiadora al de profesional en tiempos de confinamiento, con niños en casa sin colegios abiertos. La desigualdad hacia la mujer nunca se fue.

"Es necesario un cambio en la forma de hacer política que pasa por encontrar un equilibro entre el mercado y el bienestar ciudadano"

Y a medida que hemos ido adaptando nuestra vida a la realidad sindémica, nos hemos dado cuenta de que nuestras viviendas eran lugares de paso que no cubrían las necesidades requeridas; hemos visto que el desempleo es posible en cualquier momento. Todos podemos vernos afectados por un ERTE o un ERE que nos convierte en seres frágiles y vulnerables. Decididos por empresas que, aun teniendo beneficios, quieren seguir ganando sin tener en cuenta los procesos de precarización a los que van a someter a sus trabajadores, que tanto les hicieron ganar. No cabe duda de que es obligatorio ponerle techo al beneficio y actuar con modelos de economía sostenible.

Se entiende por economía sostenible un patrón de crecimiento que concilie el desarrollo económico, social y ambiental en una economía productiva y competitiva, que favorezca el empleo de calidad, la igualdad de oportunidades y la cohesión social, y que garantice el respeto ambiental y el uso racional de los recursos naturales, de forma que permita satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades. (Art.2 de la Ley de Economía Sostenible (LES). BOE el 5 de marzo de 2011).

La tecnologización, el teletrabajo y la virtualización de la enseñanza están reñidas con la brecha digital. Y si no le ponemos remedio, la brecha social se ampliará más aún porque cada vez será más complicado para personas de bajos recursos entrar en el sistema. Es necesario apostar por una universalización de acceso a las tecnologías digitales para que no haya ciudadanía a dos velocidades.

Respecto a los más vulnerables, los pequeños, los dependientes, las minorías y los mayores, la sociedad les debe ofrecer otras alternativas que no pasen por la institucionalización o la guetificación.

Y en lo relativo a todos nosotros reconocernos, aunque sea en soledad, que fuimos capaces de aguantar, de salir adelante, de llorar a los que se fueron, de gestionar la vida, la casa y el trabajo, y de no quedarnos por el camino. Sin duda, la senda recorrida fue dura y deberíamos evitar que nosotros o nuestras futuras generaciones pasasen por lo mismo. De ahí que sea tan importante trabajar por la recuperación de valores como la solidaridad, poner el foco en lo colectivo, anteponer la reflexión a la pasión y cuestionarlo todo para rectificar. Si es que aún estamos a tiempo. Depende de todos.

Rebeca Cordero Verdugo. Profesora titular en Sociología Aplicada

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