Selección española

Achraf escribe el epitafio de la España del 'tikitaka'

La Selección se niega a envejecer y sigue idealizando el juego que la hizo campeona en 2010: vuelve a ahogarse en la posesión, incapaz de marcar un gol a Marruecos. Luis Enrique, sin plan B en Qatar.

Achraf Hakimi celebra su gol a lo Panenka

Achraf Hakimi celebra su gol a lo Panenka EFE

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Un tipo de Getafe con orígenes marroquíes, cuya madre limpiaba casas y cuyo padre era mantero, que prefirió representar a Marruecos en lugar de a España, marcó a lo Panenka el penalti que eliminó a su país natal y desbordó la alegría del mundo árabe. Es la emoción única de la Copa del Mundo y sus tandas de penaltis. Sin embargo, hasta llegar al tiro definitivo de Achraf Hakimi el torneo qatarí asistió a su partido más soporífero en octavos: la Selección tuvo un 77% de posesión y dio 1019 pases... para chutar apenas dos veces a portería.

España, como Dorian Gray, se sigue mirando en el espejo de Sudáfrica 2010. Se niega a envejecer, a perder aquella belleza, aquel juego brillante, coral y preciso que le dejó impresa para siempre una estrella en el pecho. ¿Quién no se ha planteado alguna vez permanecer eternamente en el estado de su juventud? Sin embargo, aquella Roja ya no existe y hace tiempo que ese juego perdió aquel poder de seducción: los equipos más bestiales de Qatar atacan con cuatro delanteros y en oleadas vertiginosas, defendiéndose con apenas seis jugadores. The Times They Are A-Changin', que diría Bob Dylan.

España, de más... a nada

Desde que Iker Casillas alzó al cielo la Copa del Mundo en Johannesburgo, España apenas ha ganado tres partidos en los Mundiales. En esta cita mundialista, los de Luis Enrique fueron de más a nada: metieron el miedo con un 7-0 a Costa Rica, ganaron crédito compitiendo ante la peor Alemania en años y firmaron su partido más sombrío ante Japón. Ya en octavos, tras evitar el cuadro de Brasil, la Roja se mostró totalmente impotente ante Marruecos. El partido apestaba a penaltis desde el principio; un déjà vu de los octavos de Rusia 2018... con idéntico resultado.

Llamó la atención la falta de autocrítica tras el fracaso: "Esperábamos once tíos atrás, como en casi todos los partidos que nos juegan [...] Todos los equipos nos plantean el mismo partido, es muy complicado entrar entre tantos jugadores, no tenemos las características. Quizás se necesita más uno contra uno, al espacio. Trabajo irreprochable", señaló Rodri. Sin quererlo, el jugador del City daba con la tecla: si buscas resultados diferentes, no hagas lo de siempre.

La selección española se siente cómoda en el juego combinativo y sacando el balón desde atrás para intentar llegar al gol por asociación. El equipo ya tuvo un 82% de posesión ante Costa Rica, un 65% contra Alemania y un 83% ante Japón con desiguales resultados. ¿Desde cuándo hilvanar cientos de pases se considera per se 'jugar bien'? No obstante, España siempre buscó el protagonismo y se va de Qatar tras haber infligido su mayor goleada y haber completado un cambio generacional.

Una convocatoria sin plan B

Luis Enrique fue hasta el final fiel a su idea de juego, pero quedó patente que no había plan B. El fundamentalismo de ese añejo modelo de 'tikitaka', sumado a la ausencia de recursos diferenciales arriba, resultó fatal. La Roja se nutría de un bloque jovencísimo e inexperto en citas mundialistas, pero también de varios veteranos y de muchos jugadores que no gozaban de una titularidad indiscutible en sus clubes. En Qatar, un pivote acabó jugando de central, un interior en el lateral derecho y Morata, nuestro futbolista con más gol, fue siempre suplente; no tenía un '9' puro suplente si los encuentros se alargaban... como finalmente sucedió.

La dirección de campo contra Marruecos dejó mucho que desear y se vieron las costuras de la convocatoria de 26 jugadores. El guion fue el esperado, con los 'leones del Atlas' juntando mucho las líneas y defendiendo en apenas diez metros. La Selección se veía obligada a contruir su juego con los centrales, únicos futbolistas que quedaban libres ante el ímpetu defensivo del combinado árabe. El objetivo de los de Walid Regragui estaba claro: robar y salir con verticalidad aprovechando su rapidez.

El duelo se jugó a la velocidad que quiso Marruecos, muy cómoda sin la pelota y sin recibir peligro real. En la segunda parte, Lucho quitó a Gavi, que estaba siendo el mejor del partido, y dio paso a Morata y Nico Williams, quienes mejoraron notablemente al equipo. Sin embargo, el partido podría haber durado tres días sin que el marcador se alterase; estaba destinado a la tanda de penaltis y ahí suele ganar quien chuta primero, pero también quien está más feliz de llegar hasta esa lotería.

La Copa del Mundo vino grande

Parece que la etapa de Luis Enrique toca a su fin. Deja atrás una España bisoña y descarada, pero también masoca y reiterativa. Con el peor plantel de futbolistas en mucho tiempo, el gijonés tiene el mérito de haber llegado a semifinales de la Euro y a dos Final Four de la Nations League. Sin embargo, el Mundial le vino grande a un equipo que puede ganar o perder contra cualquiera y terminó ahogándose en la posesión para nada, chocando una y otra vez contra el muro marroquí. Con el grupo más espeso que nunca, las individualidades tampoco aparecieron. Los cuartos parecían nuestro tope, y ni siquiera nos llegó.

La Roja sigue aferrada a un único estilo. Luis Aragonés, que se pasó toda una vida contragolpeando, acabó fundando el 'tikitaka' con futbolistas bajitos y talentosos; Luis Enrique, sin embargo, solo llamó a jugadores que encajasen con su idea de juego. Ahora, tres chascos después de 2010 y sin Casillas, Xavi o Villa, llega el momento de quemar aquella imagen idealizada. La única duda es si al hacerlo, como Dorian Gray, España se matará a sí misma. De momento, un madrileño de padres marroquíes nos mandó de vuelta casa.

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