Alimentación

Leemos las etiquetas de los alimentos, pero... ¿sabemos interpretarlas?

Nos vamos al súper, hacemos la compra y en el carrito metemos productos básicos, pero envasados. ¿Nos fijamos en la etiqueta?, ¿En qué nos tenemos que fijar? Preguntamos a un especialista.

Etiquetas de los alimentos

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Ruymán Rodríguez es nutricionista de “Olium Dietetic”. Nos comenta que, en primer lugar, la gente suele mirar la etiqueta, la parte energética, pero los alimentos son más que una fuente de energía. Lo importante son los ingredientes. Ahí es donde nos pueden dar “gato por liebre”.

Por ejemplo, un bote de leche de avena. Realmente son licuados vegetales, basados en agua. Ésta que hemos comprado sólo lleva 14% de avena y enriquecida con calcio. También tiene incipientes para evitar que se corte. Este tipo de bebida sirve para acompañar al café, pero adolece de los beneficios de la leche.

En el apartado de lácteos nos vamos a los yogures. En el lácteo fermentado aparecen bacterias muy necesarias para la microbiota, algo que revierte en nuestra salud. Pero “no todo lo que reluce es oro”. Es importante identificar la palabra ‘yogur’. Los preparados lácteos no tienen la bacteria tan beneficiosa para nuestro intestino. Están hechos con leche o derivado de la leche, pero sin la bacteria del yogur.

Otra de las cosas cruciales es que la industria nos da cosas que nos agradan a nivel de sabor, por eso algunos productos vienen acompañados de mucha azúcar. Los yogures saborizados tienen azúcar y eso es un problema. En la etiqueta los ingredientes están en orden de cantidad: “cuanto menos añadidos tenga, mejor; cuanto menos cantidad, mejor”.

En nuestro cesto de la compra también va un gazpacho. El especialista nos dice que no es mala opción. Es lo que él identifica como “procesados menos malos o semibuenos”. Éste que hemos comprado tiene un tres por ciento de aceite de oliva, pero es esencial vigilar que no haya más tipo de aceites. Hay gazpachos que tienen más cantidad de verduras, siempre hay que apostar por el aceite de oliva. Y cuanto menos cantidad de pan tenga, mejor para la salud.

Ruymán insiste en que, para las personas más sedentarias, menos azúcares e hidratados de carbono. En el apartado de charcutería, “las carnes procesadas tienen mala prensa, porque están relacionadas con cáncer, especialmente con cáncer de colon”. Hay carnes que no estarían mal, sobre todo los crudos como el serrano. Pero hay que consumirlo con moderación

Y ojo con una detalle importante: los que vienen plastificados, eso se transmite al producto. La presencia de fosfatos y aditivos, consumidos en el tiempo, pueden afectar a actividad intestinal. En personas que no están sanas no es nada aconsejable.

La moda de los productos proteicos

Aumenta el consumo de lácteos enriquecidos con proteínas. Pero nuestro nutricionista nos indica que hay que leer con lupa las etiquetas de estos preparados con extra de proteínas y cero azúcares, porque aparecen edulcorantes que dañan la salud intestinal y afecta a la barrera que nos protege.

Lo ideal, apunta, es tomar “proteína en fuentes naturales”: carne, pescado, huevos y legumbres o soja para los vegetarianos. Nuestro especialista en nutrición asegura que no hay fórmulas mágicas, lo correcto es individualizar el consumo, adaptar la dieta a las condiciones específicas de cada persona.

La importancia del origen

Lo ideal es consumir productos de kilómetro cero. “Si tenemos que traer quinoa de Perú y aguacates de Chile eso tiene huella de carbono”. Los productos de kilómetro cero tienen más valor natural porque no han viajado en cámaras frigoríficas desde el otro lado del mundo.

La legislación obliga a poner el origen, porque hay lugares donde se utilizan sustancias que no están aprobadas por la UE, donde la regularización es diferente.

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