Canarias

Sin médico ni lavadora: Chirche, en Tenerife, se transforma para vivir como hace 100 años

Una vez al año, los vecinos de Chirche lavan la ropa en los barrancos, curan de empacho y mal de ojo y celebran bodas en sus calles empedradas.

Chirche viaja al siglo pasado

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Alejado del casco urbano, este caserío de Chirche, en Guía de Isora, viaja en el tiempo.

Un pequeño pueblo de apenas 200 vecinos, en el sur de Tenerife, se transforma por completo una vez al año para celebrar el 'Día de las Tradiciones'.

Las mujeres venden pescado fresco por la calle, cargándolo en cestas sobre sus cabezas. Un agente de la autoridad la interrumpe para decirle que no puede vender sin autorización. En Chirche, todos los vecinos participan en esta escenificación a la que acuden otros vecinos y turistas, llamados por lo pintoresco del día.

En el pueblo del siglo pasado, la maestra tiene la misma autoridad en la pequeña escuela. Manda tanto como la Guardia Civil o el cura del pueblo.

Asistimos también a una boda. Cuando una pareja se casaba, todo el pueblo era una fiesta. Los novios recorrían las calles a grito de “¡vivan los novios!”. espués, baile en la plaza y comida para todos.

Hace 80 años no existían los centros comerciales ni la grandes superficies y ¿dónde compraban los vecinos? Pues en la venta del pueblo. Aquí la recrean al más mínimo detalle. Venden casi de todo: jabones, sardinas en lata, analgésicos… Y si ibas a comprar sin dinero, siempre estaba la “libreta de los fiados”. Donde el ventero iba anotando las deudas de los vecinos hasta que se saldase.

La curandera del pueblo, la maestra y la hora del café en el patio

Y tanto se meten los vecinos en el papel que hasta se ponen enfermos, pero sin pasar por el médico.

Para eso está la curandera que, tras echar un rezado, “te espanta los males de espíritu, te cura un empacho o te saca el mal de ojo”, nos cuenta Chona, una de las vecinas que se mete en el papel de curandera.

Después de la sobremesa, el patio de casa acogía sombra, la hora del café es sagrada y se convertía en la tertulia de las vecinas. Un encuentro social que servía también de chismorreo. Lo mismo ocurre a la hora de hacer la colada. A falta de lavadoras, tienen que ir al barranco, a aprovechar el agua que queda en las pozas naturales. Entre lavado y lavado de la ropa, comienza a hablar. Una de ellas se ha quedado viuda, pero tiene al sol los calzoncillos de su marido difunto. “Tanto cariño le cogió a los calzoncillos del marido, que ni los quiere soltar”, le suelta su comadre con sorna.

Unas costumbre y una vida diaria de los antepasados completamente distintas a la vida contemporánea, pero que los vecinos de esta pequeña localidad de Tenerife no quieren perder. Es una forma de “dejar el legado a las nuevas generaciones”, dicen.

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