Kung-Fu

Un mes entre monjes: la aventura de Jorge Arjona en un templo de kung-fu en China

Lo que empezó como un sueño inspirado en las películas de artes marciales acabó en un viaje de un mes a China para entrenar junto a los niños de un templo y vivir, por primera vez, como uno de ellos.

Un mes entre monjes: la aventura de Jorge Arjona en un templo de kung-fu en China

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Jorge Arjona llegó solo, con su mochila y sin haber practicado kung-fu antes. Su objetivo era aprender de los monjes y experimentar desde dentro una disciplina que siempre le había fascinado. "De las películas tenía el sueño de hacer kung-fu y aprender con los monjes", explica el joven deportista para Antena 3 Deportes. Nada más llegar al templo se encontró con una realidad muy diferente a la que conocía. La comunicación era complicada y tenía que recurrir a un traductor para entenderse con los demás. Además, era el único extranjero entre los niños, que viven allí durante todo el año.

La jornada comenzaba a las seis de la mañana. Jorge salía a correr con ellos, desayunaba y afrontaba un nuevo entrenamiento. Después de comer y descansar, llegaba una tercera sesión. Una rutina que describe como "la mili". Los entrenamientos duraban alrededor de dos horas y media y se realizaban con temperaturas de hasta 35 grados. El cansancio se acumulaba desde el primer día y la exigencia física era máxima. "Lo que más me ha costado es que los niños eran súper elásticos", reconoce el amante de las artes marciales.

Soledad, calor y una experiencia al límite

Además del esfuerzo físico, Jorge tuvo que enfrentarse a otra dificultad: la soledad. La barrera del idioma y las diferencias culturales hicieron que integrarse no fuera sencillo. "Lo más duro ha sido sentirme más solo", cuenta Jorge. La situación se complicó todavía más cuando el aire acondicionado de su habitación dejó de funcionar. Dormía en unas condiciones que describe como una auténtica sauna y se despertaba completamente sudado antes de comenzar otro día de entrenamiento.

Aun así, intentó seguir el ritmo de los niños y hacer todo lo que ellos hacían. "Yo intentaba llegar a lo que hacían ellos y es que era imposible", recuerda Jorge Arjona. Incluso llegó a intentar algunos saltos y movimientos acrobáticos. Una experiencia que, pese a los momentos duros, repetiría. Jorge asegura que se queda con haber podido "vivir una experiencia de kung-fu completa" y con todo lo aprendido durante ese mes. Ahora, incluso tiene claro cuál sería su próximo reto: encontrar un templo todavía más perdido y conseguir que un monje le acepte para enseñarle kung-fu.

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