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PERROS Y GATOS

Nuestra mascota nos habla con su cuerpo: ¿Qué nos dice según cada postura?

Por más que queramos humanizar a nuestro animal y creamos que entiende todo lo que le decimos, la realidad es que ellos reciben entonaciones, intensidades y, sobre todo, el lenguaje corporal.

Nuestra mascota nos habla con su cuerpo: ¿Qué nos dice según cada postura?

Nuestra mascota nos habla con su cuerpo: ¿Qué nos dice según cada postura? Pexels

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Nadie puede negar que para nuestras mascotas determinadas palabras las asocien a acciones, a base de repetirlas y condicionarlas a hechos inmediatos. De ahí que un "sienta" asociado a la visualización de un premio, provoque un comportamiento aprendido casi automático.

El problema viene cuando queremos hacer que nuestros perros sean poliglotas totales y les soltamos discursos como si de un capítulo del Quijote se tratase.

Queremos humanizarlos tanto, que pretendemos que aprendan español como si se tratara de un extranjero aprendiendo una nueva lengua. No señores, por mas listo que sea, es un animal y tiene su propio lenguaje. Lo que hace es traducir su manera de comunicarse con sus congéneres y, de ahí, muchos de los conflictos que aparecen en esta convivencia.

Alegría en perros

Cuando un perro esta alegre, sus músculos están relajados, las orejas están un poco echadas para delante y están atentos a lo bueno que esta por llegar. Suelen expresar una mueca de sonrisa en los belfos e incluso, pueden jadear suavemente con la lengua caída hacia un lado. El rabo suele estar alto y con un movimiento constante y la cara relajada con los ojos abiertos y expresivos.

Alegría en gatos

Si nuestro compañero es un ¨lindo gatito¨, el lenguaje es muy diferente. Nunca podemos trasladar el lenguaje corporal de un perro a un gato o acabaremos con un ¨lindo arañazo¨.

Cuando un gato esta alegre, va directo a recibir caricias, lleva el rabo alto y frota los laterales de su mandíbula por las piernas de aquel que le atrae. Una caricia en la parte alta de la garganta o la base de la oreja la reciben con un coro incesable de ronroneos que pueden hacer complicado hasta conciliar el sueño.

Dependiendo del carácter de cada minino, esa necesidad de caricias puede durar 2 minutos o dos horas. Si el ronroneo comienza a convertirse en algo más gutural y el rabo comienza a moverse, más vale cesar las caricias o acabaremos con un aviso más claro de que comienza a ser molesto ese masaje.

Miedo en perros

Cuando un perro tiene miedo puede expresarlo de varias maneras, según su estatus en la manada.

Un perro que no es el dominante, es decir, sabe que en la familia que vive los humanos son los jefes, responde de manera sumisa ante una situación que le asusta. Busca cobijo, se encoje, las orejas las echa hacia atrás, arquea su cuerpo en una esquina o busca una zona resguardada. A veces, incluso tiemblan o se hacen pipí. El nerviosismo previo lo expresan con bostezos y salivación.

Si saben que esa amenaza viene de su jefe, se pondrá en postura de sumisión, dejándonos claro que se rinde y que ha comprendido quien manda. A partir de ahí, el problema queda solucionado.

Si piensa que él es el jefe, puede que se intente arrinconar, con mil y un ladridos y gruñidos y acabe lanzando mordiscos y tensando los belfos para mostrar toda su dentadura.

Las orejas las tendrá hacia atrás, replegadas y el ceño fruncido. Probablemente el pelo del lomo lo tendrá erizado y el rabo metido entre las patas traseras.

Un perro en esta situación, con agresividad por miedo, es el caso más peligroso de todos. Son impredecibles y es mejor no acorralar al animal, y sobre todo, dejarle espacio para que pueda frenar esa situación.

Miedo en gatos

En los gatos, comienza con un gruñido suave, que acelera en velocidad e intensidad en cuestión de segundos. El rabo comienza a moverse fuertemente como latigazos laterales y el cuerpo se arquea en forma de herradura. Las orejas las pliega primero hacia los lados. Cuando las orejas pasan hacia la posición de plegado hacia atrás, ya es tarde. Van unidas a un doble zarpazo cual boxeador en un rin, mordiscos laterales que no suelen soltar y las patas de atrás ancladas alrededor de su oponente para evitar que se escape.

Enfado y dominancia en perros

Un perro dominante y enfadado es un caso no siempre fácil de reconocer. Según mi experiencia, es menos peligroso que cuando son miedosos.

En este caso, el perro sabe cúal es su posición y solo se mete en una pelea cuando cree que ese puesto de líder esta amenazado. Fuera de su manda, rara vez busca un enfrentamiento. Si recibe algún tipo de amenaza externa, bloquea sus músculos, estira su cuello, estira el rabo, planta sus patas, eriza su lomo y levanta levemente los belfos mostrando los dientes, con un gruñido grave.

Para todo aquel que sabe entenderlo, es suficiente. Mejor no acercarse. Y la cosa no va a más.

Enfado y dominancia en gatos

En los gatos es parecido: un bufido agudo y el lomo arqueado deja claro que no quiere que te acerques. No es buena idea llevarle la contraria y salvo que se le pueda sedar un poco, no se puede hacer mucho más

Sumisión en perros

Terminamos con esta situación que es la habitual y la deseable.

Cuando cogemos a una mascota, si es sumisa, aceptará a cada miembro de la casa como a los jefes de la manada y los defenderá y obedecerá. Son perros equilibrados y tranquilos. No necesitan pelar por nada y suelen ser juguetones. Cuando ven una amenaza, se tumban patas arriba, deja al descubierto sus zonas más vulnerables como son el vientre y el cuello, ladean la cabeza y retiran la mirada. Si son cachorros o la amenaza es muy extrema, pueden llegar a liberar orina para dejar aún más claro que saben que su oponente es el que manda.

Sumisión en gatos

En los gatos, suele darse más frecuentemente esta situación en los machos y aceptan sin gruñidos que les cojan en brazos y les manipulen. Cuando son bebes, muestran esta tendencia si al alzarles por el pliegue nucal se relajan y encogen sus patas traseras a modo de saco.

Si en vez de pretender que ellos aprendan nuestro idioma, intentásemos comunicarles con nuestro cuerpo nuestras emociones, nos daríamos cuenta de que obedecen y aprenden mucho más fácilmente.

Regañarles con un monosílabo, pronunciado de manera grave, con cara seria y sin apartar la mirada de sus ojos, con el cuerpo recto y los brazos en jarras, será mucho más eficiente que todo un razonamiento con entonaciones agudas y chillonas durante 15 minutos.

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