Fachada de la residencia en Waterloo de Puigdemont

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REGRESÓ A BÉLGICA DESDE ALEMANIA

Carles Puigdemont arría las banderas de Cataluña y de la UE en el chalet en el que reside en Waterloo

Solo un discreto distintivo cuadrado a la derecha de la puerta en el que puede leerse 'Casa de la República' identifica la residencia de Carles Puigdemont en Bélgica, que en el flanco izquierdo del jardín muestra dos mástiles desnudos de unos cinco metros de altura.

El chalet de Waterloo al que el Carles Puigdemont regresó el sábado pasado desde Alemania ha perdido en una semana gran parte de la simbología institucional que arropó el retorno del expresidente de la Generalitat a la vivienda de esa acomodada zona residencial cercana a Bruselas, convertida ahora en una suerte de punto de peregrinación para sus adeptos.

Solo un discreto distintivo cuadrado a la derecha de la puerta en el que puede leerse 'Casa de la República' identifica la residencia, que en el flanco izquierdo del jardín muestra dos mástiles desnudos de unos cinco metros de altura. De ellos se han retirado las banderas de Cataluña y de la Unión Europea izadas en un solemne acto político para celebrar la vuelta de Puigdemont a Bélgica tras la retirada de la euroorden que pesaba sobre él por parte de las autoridades judiciales españolas, que aún le reclaman en suelo español.

Una barandilla blanca de metal adornada con seis macetas es todo lo que puede verse en el balcón de la señorial vivienda donde el expresidente catalán compareció el sábado junto al presidente de la Generalitat, Quim Torra; el rapero Valtonyc, el abogado Ben Emmerson y los exconsejeros autonómicos en situación judicial similar a la suya: Toni Comín, Lluis Puig, Meritxell Serret y Clara Ponsatí.

Ni rastro de la pancarta que reclamaba en inglés "libertad para presos políticos y exiliados" cuando Puigdemont se dirigió a un nutrido grupo de medios de comunicación y unas 350 personas, según la policía, que le aplaudían desde el prado situado en frente. Verde y mullida cuando Puigdemont se instaló en Waterloo en marzo, ese pradera es ahora un secarral amarillento, víctima del mes de julio más seco y caluroso en Bélgica desde 1981.

Al fondo, una docena de seguidores de Puigdemont repartidos en dos grupos están sentados bajo la sombra de unos árboles, único refugio de un sol de justicia pasado el medio día. Llevan banderas independentistas y están sentados o recostados, en el césped charlando, en una estampa muy veraniega. De paso en coche en vacaciones, algunos han forzado una parada frente a la célebre casa. Una mujer sonriente se hace una foto junto al buzón de la casa.

Otra señora, con vestido amarillo, charla con un hombre con ropa informal que se encuentra al otro lado de la cadena roja y blanca que delimita la propiedad. Sin atisbo de entusiasmo ante la presencia de medios de comunicación, ambos reclaman que no se les grabe.

Yannkic, padre de una familia que vive a unos 200 metros de Puigdemont, explica a EFE que el expresidente es discreto, pero le inoportuna que el prado al que también desemboca su propia casa se haya convertido en un lugar de peregrinación.

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