ADEMÁS DE BUEN VINO, EN LA CIUDAD SE COME DE FÁBULA

ADEMÁS DE BUEN VINO, EN LA CIUDAD SE COME DE FÁBULA

Oporto es mucho más que vino

El vino de Oporto tiene merecida su fama, pero... ¿qué pasa con el resto de la oferta gastronómica de esta bella ciudad portuguesa? Tiene platos capaces de saciar al más voraz, desde las 'francesinhas', quizás el sandwich más potente del mundo, hasta los 'bolinhos' de bacalao. Nos vamos de ruta por sus estrechas calles en busca de los restaurantes y bares más auténticos.

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¿Quién dice no a estas habitas con 'bolinhos de bacalao'? | oporto3

Oporto es destino de moda. La otrora decadente urbe portuguesa vibra con el turismo que traen impuntualmente vuelos 'low cost' procedentes de toda Europa. "Esta ciudad ya no es lo que era...", dicen los lugareños. Pero aún hay sitio para lo auténtico en sus calles, el sabor original de sus tascas y bares. Del desayuno a la cena, e incluso a la recena, Oporto es mucho más que un destino para beber una copita de vino.

El viajero lo descubre nada más llegar, incluso si lo hace a deshora. ¿Que son las doce de la noche y no queda ningún sitio abierto donde cenar? Ahí están los bares de la zona de Moinhos de Vento, el corazón marchoso de la ciudad. La Pipa Velha (Rua das Oliveiras) recibe al hambriento nocturno con un socorrido sandwich de jamón y queso. En otros bares se estilan más los 'platinhos', raciones de embutido o queso para tomar entre trago y trago.

Para recorrer las empinadas cuestas de Oporto hay que desayunar fuerte. No faltan las pastelerías, con potentes dulces tan azucarados como grasos. Proliferan los locales de la franquicia Celeste, con café y 'bola de berlim' (un bollo cubierto de azúcar glas y relleno a rebosar de crema) por apenas un euro. Con más solera encontramos el Cafe Progresso (Rua Actor Joao Guedes) que, abierto desde 1899, se precia de servir "el mejor café del Universo". Dice la leyenda que el secreto está en que, en sus orígenes, guardaban el café junto al bacalao, lo que le daba a la infusión un particular aroma. Si a esto se suma su ambiente intelectual -un señor tan ricamente leyendo a Nieztsche a las nueve de la mañana- es un lugar a tener en cuenta.

Tras visitar el Palacio de la Bolsa, la catedral y perderse por algún rincón, el desayuno es un lejano recuerdo. Hora de comer. Si la gula nos pilla cerca de la catedral y el imponente Palacio Episcopal, podemos optar por alguno de los locales entre cutres y encantadores de sus alrededores. Perdida en la Rua da Bainharia está O Castiço da Sé, una escondida tasca a la que solo por la insistente indicación de una amable abuela se le ocurre a uno entrar. Bendita señora. Por poco más de 5 € por barba sirven un restablecedor plato de sopa de verduras -un fijo de los menús tradicionales- y un plato del día: lomo con patatas y arroz, sardinas con ensalada... Abundante y casero.

Otra 'tasquinha' cuyas puertas no se cruzarían si no es por el animado ambiente de los parroquianos, una especie de murmullo que susurra al viajero "aquí se come bien y barato" es Casa de Pasto Kanimanbo (Rua Biscainha). Peinan canas ya quienes lo regentan, pero sus manos expertas ofrecen unos platos del día riquísimos. Si hay suerte, tendrán en menú la 'alheira', un embutido tradicional compuesto por tocino, carne de cerdo y ave, pan, aceite, ajo y pimentón.

Si hemos acabado la ruta matutina en el Palacio de la Bolsa, podemos comer en su elegante restaurante (15 € por persona), o andar un poquito más y disfrutar de una comida con menos boato, pero por la mitad de precio y con unas vistas espectaculares sobre la parte baja de Oporto. Eso es lo que ofrece O Caraças, un coqueto restaurante conocido por sus habituales simplemente como 'el 27', ya que este es el número que ocupa en la Rua das Taipas. Su terraza interior, con gato incluido, es todo un descubrimiento, y más si se disfruta con una ternera estofada o unas habitas con buñuelos de bacalao. Irse de Portugal sin probar su balacao debería ser delito.

Cruzamos el Duero, vamos de bodegas a la vecina Vilanova de Gaia. ¿Cuál es la mejor para visitar? "Todos los turistas preguntáis lo mismo", dicen. Ante la falta de indicación, la elegida acaba siendo Croft, que además de la impepinable ruta guiada por sus instalaciones, ofrece cata de tres de sus oportos: un tinto, un blanco y un rosado. Sí, rosado, ya que esta firma tuvo la osadía en 2008 de crear, tras siglos de tradición, el primer vino de Oporto de esta tonalidad.

Con tres copas en el cuerpo, la cena se afronta con alegría. Sin ir más lejos, a orillas del río hay un par de pabellones acristalados, con vistas a las aguas que reflejan las luces del casco histórico, que tienen en su carta las famosas 'francesinhas'. Típico de Oporto, quizás sea el sandwich más 'guarro' del mundo. Porque sobre una rebanada de pan de molde, lleva una capa de varios embutidos y carnes, otra capa de pan, un huevo frito y encima de todo ello, queso gratinado. Además, la 'francesinha' va bañada en una salsa picante elaborada a base de tomate y cerveza y se acompaña de patatas fritas. Una auténtica bomba de calorías, que se suele tomar como cena.

Si preferimos degustarla en un local mucho más auténtico, debemos irnos hasta el popular restaurante Piolho de Oro, en Plaça Parada Leitão, punto de encuentro de estudiantes y jóvenes en general. Lo complicado tras la 'francesinha' será conciliar el sueño sin dar un paseo antes. Quizás el deambular nos haga pasar por delante del Moonshine Pub, en la Rua Sá de Noronha, un local especializado en tapas gourmet, merecedor de una última parada antes de pillar la cama. Está claro: Oporto no es solo vino.

 

Oscar Senar @oscarsenar | Zaragoza | 06/10/2014

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