Cuando escuchamos la palabra Afganistán lo primero que nos viene a la mente es: guerra, devastación, tristeza. Todo lo contrario a lo que se respira dentro de este autobús de color verde. Verde, el color de la esperanza. Lo único que le queda a un país devastado por la barbarie.

Este autocar es especial, pero no por su aspecto sino por lo que alberga. No transporta pasajeros sino sueños. Los sueños de más de 3,7 millones de niños que han visto cómo la guerra no solo les ha arrebatado el derecho a la infancia, también a un futuro digno. Dentro de estas cuatro paredes, decenas de niños entierran sus cabezas en libros, dando vida al ambiente con sus voces y encadenando frases llenas de emoción y aventura.

Aquí no se escucha el rugir de la pólvora, el ruido ensordecedor de las bombas. "Cada vez que leo libros de cuentos en este autobús de la biblioteca, me imagino que estoy en otro mundo", dice Farzad, de 11 años, mientras abre un libro en su regazo. El autobús es una de las dos bibliotecas móviles fundadas por Freshta Karim, una mujer afgana de 27 años decidida a garantizar que la generación más joven de Afganistán no solo reciba una educación, sino que los niños sigan siendo niños a pesar de las circunstancias.

Según las Naciones Unidas, 3.804 civiles, incluidos más de 900 niños, murieron y 7.000 resultaron heridos en 2018, el año más mortal para los no combatientes en el conflicto. Los autobuses reciben alrededor de 400 visitantes al día. A bordo, hay cientos de libros en Dari, Pashto e Inglés listos para ser compartidos.

Un lujo en un país donde cuatro de cada 10 escuelas ni siquiera cuentan con su edificio. "Tenemos un largo camino por recorrer", dijo Karim. "Hay tanto que podemos hacer, pero nuestro trabajo es solo una pequeña gota en el océano. Todos debemos trabajar juntos para lograrlo".