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Coronavirus

El Teatro Real o la excepción que confirma la regla

El coronavirus ha cambiado nuestra forma de consumir cultura y la cultura ha hecho un esfuerzo enorme por trasmitir confianza.

El coronavirus ha cambiado la ceremonia de un concierto de música clásica. Ya no hay programa de mano, ahora se descarga online, se acabaron las aglomeraciones para entrar, la ordenada fila de espectadores se divide entre los que ocupan butacas pares e impares, hay asientos bloqueados en la sala y el uso de mascarilla es obligatorio durante todo el concierto. En el descanso, el público no puede moverse de su localidad.

Para los músicos la vivencia también es nueva: mascarillas para todos menos para la sección de viento y distancia de al menos un metro y medio entre ellos. Incluso el coro usa mascarilla mientras canta.

Así ha sido la vuelta a la vida -Beethoven y Falla mediante- del Auditorio Nacional de Madrid con la Orquesta y Coro Nacionales de España. En el Teatro Real la misma experiencia, en este caso con una ópera, no ha resultado tan aséptica.

"El gallinero se rebela y obliga a suspender la función en el Teatro Real". El titular es la metáfora perfecta para estos tiempos del Madrid de Arriba y abajo si fuera cierto. La protesta no se produjo solo en la zona del gallinero -hasta 98 euros la entrada sin abono- También en el patio de butacas, sobre todo en las primeras filas, -239 euros sin abono- se ocuparon casi todos los asientos. Algunos espectadores de esa exclusiva zona, la escritora Rosa Montero por ejemplo, abandonaron el Real antes de que sonase la primera nota de la obertura de Verdi.

El Teatro no excedió el aforo permitido (vendió solo el 65% de las entradas cuando el máximo fijado por la Comunidad de Madrid es del 75%) pero no garantizó la distancia de seguridad entre espectadores. Legalmente no estaba obligado a ello, pero por respeto y sensibilidad debería haberlo hecho.

En rueda de prensa, el presidente y el director general del Teatro Real casi acaban responsabilizando al público de lo que había ocurrido. La gente parecía culpable por no sentirse segura y manifestarlo. 24 horas más tarde rectifican -una forma de asumir el error- y anuncian que el aforo máximo será del 65% en cada zona. ¿Tan difícil era preverlo?, ¿reubicar con antelación los asientos de los abonados como ha hecho el Palau de las Arts de Valencia? Tiempo ha habido para ello.

La cultura ha hecho un esfuerzo enorme por trasmitir confianza a quienes nos alimentamos de ella. Hay teatros de barrio que han pedido créditos para incluir sistemas de ionización del aire, cines que han actualizado sus aplicaciones para bloquear butacas. Lamentablemente el Teatro Real se ha convertido en la mediática excepción que confirma la regla de la cultura segura. Esperemos que sea la única.

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