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Cuidado con el diablo: Todas las claves de 'American Horror Story: Apocalypse'

En la octava temporada de 'American Horror Story' llega el Apocalipsis de la mano de Michael Langdon, el niño diabólico de 'Murder House', la primera entrega de la antología de terror. Recuperando a sus actores fetiche y recurriendo a auténticas divas como Joan Collins, Ryan Murphy imagina un fin del mundo al estilo de 'Los Juegos del Hambre' con estilismos góticos y protagonistas idiotas.

'American Horror Story: Apocalypse'
'American Horror Story: Apocalypse' | Objetivo TV

EL FIN DEL MUNDO, ¿POR CULPA DE TRUMP?

Una emergencia global en los móviles. Algo que suena a chino en nuestro país, es habitual en EE UU, donde el peligro de amenazas parece una constante. Un misil va a provocar un desastre nuclear. Esta vez, no es una falsa alarma como ocurrió en enero en Hawai. Sólo unos pocos serán salvados en lo que parece la III Guerra Mundial. ¿Es ésta la consecuencia de la llegada al poder de Donald Trump? Seguramente. Ryan Murphy, creador de la antología, ya dio buena cuenta de ello en 'Cult', la séptima antrega de la serie el año pasado. Que ganase Trump era lo peor que le podía pasar a EE UU. La autodestrucción anunciada.

9-1-1, EMERGENCIAS, ¿DÍGAME?

¿Y qué hacer cuando suenan las sirenas? Escapar. Los que puedan, claro. Y AHS se convierte en una subtrama de '9-1-1', la otra gran serie de Murphy sobre emergencias. Un puñado de personajes elitistas y con dos dedos de frente tienen la oportunidad de acceder a un jet privado que los saque del infierno. Esta primera secuencia, aunque vista mil veces en la ficción, resulta divertida, especialmente por Joan Collins (¡85 años!), la nueva diva en el universo Murphy (con permiso de Jessica Lange, que ya tendrá su momento de gloria en un próximo episodio dirigido por Sarah Paulson).

LOS SUPERVIVIENTES SON ESTÚPIDOS

En 'The End', como se llama el episodio, 'el final', Leslie Grossman recupera su papel de pija de 'Cult' llevada al extremo, pues ahora es Coco St. Pierre Vanderbilt, una influencer snob, como una Paris Hilton tontorrona, cuya ayudante (Billie Lourd) dirige sus redes sociales como fuente perezosa de ingresos. A esta mujer le importa más su peinado, que saber qué ha pasado con el resto de su familia. A ella y su ayudante se unen su peluquero (Evan Peters) y la abuela de éste (la mencionada Joan Collins, vestida de señorona como en 'Dinastía'). Junto a ellos, el resto del elenco: una émula de Oprah Winfrey (Adina Porter) y una pareja gay (a destacar Jeffrey Bowyer-Chapman de UnREAL). Lo más raro (por si esto no lo es suficientemente) es la elección de una pareja de jóvenes interracial, a lo Adán y Eva, que no se conocen, pero que parecen ser los elegidos por su genética, interpretados por Kyle Allen y Ash Santos. ¿El futuro de la especie? Choca porque el resto de personajes o son idiotas o crueles.

MUJERES SÁDICAS CON ESTILISMO PÚRPURA

AHS vuelve a introducir al espectador en un espacio claustrofóbico, aún peor que un psiquiátrico, una casa encantada o un hotel lleno de vampiros. ¿Y que puede ser esto? Un bunker de la llamada La Cooperativa, una especie de refugio antiaéreo de lujo, con un par de locas despiadadas. Wilhelmina, cuyo nombre recuerda a la villana de 'Ugly Betty', que defiende con destreza Sarah Paulson, con su cojera y hombreras XXL, y Miriam, irreconocible Kathy Bates con drástico corte de pelo. Estas dos señoras aburridas, que es lo que son, se inventan sus propios 'Juegos del Hambre'. Como si se tratara de un suspense perpetrado por Agatha Christie, los ocho "invitados" son vestidos de época, en color púrpura si tienen pasta y de gris si son "hormiga" (muy a lo 'El cuento de la criada' también) y sentados a la misma mesa a comer gelatina (la comida escasea). Lo que viene a continuación ha sido mil veces visto: amenazas musicales para crear terror psicológico, torturas con una causa dudosa (el que está contaminado va fuera) y canibalismo como colofón (esa Joan Collins poniéndose tibia de estofado humano). Y, cómo no, desnudos masculinos.

CON USTEDES, EL DIABLO

Pero en la octava temporada de 'American Horror Story' el principal (y anunciado) protagonista es satanás. Tal cual. Se hace esperar, pero llega al final del episodio, 18 meses después de que los invitados hayan llegado, ya desesperados de todo en general. Los que creían escapar del infierno nuclear acaban en la boca del lobo. Si pensabas que nada podía superar a las dos locas del moño, como si se tratara del Drácula de Coppola, cruza el umbral Lucifer con larga melena y vestido cual barón dandy, reflejo de la mansión victoriana donde nació. ¿Quién es este misterioso Michael Langdon que llega en un carruaje tirado por caballos? En efecto, es aquel bebé del Anticristo nacido en 'Murder House', fruto de una violación, la de Tate Langdon (el hombre de látex, el fantasma de un chaval que asesinó a sus compañeros de instituto) y Vivien Harmon (Connie Britton, que también volverá), que muere pariendo a gemelos, uno muerto y el otro, Michael, y que cuidaba con afecto el personaje de Jessica Lange. Este apuesto joven, de mirada extraña, promete la salvación (10 años, al menos) para aquellos que sean dignos de la supervivencia. Ahora, ¿a qué tendrán que enfrentarse nuestros protagonistas para salir de esa aparente jaula de oro? ¿Ganarán los tontos o los listos? ¿No será mejor morir que vender el alma? ¿Cómo puede ser Lucifer el que nos ayude a sobrevivir como especie?

LO MEJOR Y LO PEOR DEL EPISODIO

Lo mejor de 'American Horror Story: Apocalypse' es lo que promete el personaje malévolo, una cruenta ginkana en la que irán cayendo uno tras otro en esta suerte de 'Gran Hermano' freak. Descubrir por flashbacks quién es Michael Langdon, qué ha estado haciendo durante este tiempo, si él es el causante del Apocalipsis. Ante el fin del mundo, todo es posible en la alocada cabeza de Ryan Muprhy, en una historia que aparentemente parece ambiciosa y en la que debemos pensar que si existe el mal personificado en belcebú tendrá que existir también un dios, el bien. Lo peor de este episodio, al menos, es la falta de consistencia entre las diferentes secuencias, que saltan de una a otra con rapidez para mostrar de refilón a unos personajes un tanto planos todos (apestan a superficialidad), y frena de sopetón en esas dos mujeres atroces, que mantienen una extraña relación. Para cuando llega el maligno acaba el episodio, perfecto cliffhanger que abre una gran puerta, pero que no acaba de describir qué sucederá realmente en el futuro.

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