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Qué es el duelo genético y cómo afecta a las madres que no comparten ADN con sus hijos

Verónica Sánchez, conocida como Oh! Mami Blue, ha reflexionado sobre este proceso emocional y ha explicado por qué no compartir genética con los hijos puede generar tristeza, culpa o miedo, aunque exista una enorme ilusión por formar una familia.

Mujer embarazada

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Formar una familia no siempre significa seguir el camino que habíamos imaginado. En ocasiones, los problemas de fertilidad o las circunstancias personales hacen que recurrir a una donación de óvulos, semen o embriones sea necesario para tener hijos. Una decisión que puede despertar muchísima ilusión, pero que también puede ir acompañada de emociones difíciles de gestionar.

Es en este contexto donde aparece el llamado duelo genético, un proceso emocional que algunas personas experimentan al asumir que sus hijos no compartirán su carga genética. No significa querer menos a esos niños ni tener dudas sobre la maternidad, sino despedirse de una imagen que se había construido durante años: la posibilidad de transmitirles los propios ojos, la sonrisa o determinados rasgos familiares.

Sobre esta realidad ha querido reflexionar Verónica Sánchez, conocida en redes sociales como Oh! Mami Blue. La creadora de contenido, madre de dos hijos y que forma una familia junto a su pareja, también mujer, ha compartido una publicación en Instagram para visibilizar este sentimiento y recordar que hablar de ello también está bien.

Por qué aparece

El deseo de tener hijos suele ir acompañado de muchas expectativas. Algunas personas imaginan cómo serán físicamente, a quién se parecerán o qué características heredarán de sus padres. Por eso, cuando descubren que necesitarán recurrir a la reproducción asistida, también pueden tener que renunciar a parte de esa imagen que habían construido.

A esta experiencia se suma el peso que tradicionalmente ha tenido la genética en nuestra sociedad. Los comentarios sobre los parecidos físicos, el carácter heredado o los rasgos familiares forman parte de muchas conversaciones cotidianas. Frases como "es igual que su madre" o "ha heredado su sonrisa" refuerzan la idea de que compartir ADN es una parte importante de los vínculos familiares.

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Mujer embarazada | Magnific

En este sentido, algunas personas pueden experimentar miedo a no sentirse conectadas con sus hijos, a percibirse diferentes o a pensar que les faltará algo en esa relación. Un conjunto de emociones que pueden aparecer incluso cuando existe una enorme ilusión por formar una familia.

Sentir tristeza es normal

Uno de los aspectos más complicados de este proceso es la culpa. Algunas mujeres sienten que no deberían estar tristes porque, al fin y al cabo, están teniendo la oportunidad de convertirse en madres. Sin embargo, la ilusión por formar una familia y la tristeza por no compartir genética con los hijos pueden convivir.

En su publicación, Verónica Sánchez explica que ella nunca llegó a experimentar este sentimiento, aunque asegura que entiende a quienes sí lo viven. "Yo nunca lo tuve, pero puedo empatizar perfectamente con quien sí", reconoce.

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Su reflexión también pone sobre la mesa la importancia de no juzgar estas emociones. Sentir dolor por no transmitir la propia genética no significa rechazar la maternidad ni querer menos a tu hijo. Al contrario, reconocer lo que supone este proceso puede ayudar a afrontarlo sin tener que esconder los sentimientos.

El vínculo real

La creadora de contenido también comparte su experiencia como madre de dos hijos que no llevan su genética. Una circunstancia que, tal y como explica, no impide que puedan existir parecidos entre ellos. "Mis hijos no llevan mi genética, eso no significa que no se parezcan a mí", señala.

A partir de su propia vivencia, la creadora de contenido invita a reflexionar sobre el papel que atribuimos a la genética en las relaciones familiares. "Lo que sí que tengo claro es que los vínculos y lo más importante de las relaciones no lo construye el ADN, sino el amor y el tiempo compartido", escribe.

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Una idea que recuerda que la maternidad va mucho más allá de compartir determinados rasgos físicos. La presencia, los cuidados, el cariño y las experiencias cotidianas son los que permiten construir una relación entre madres e hijos.

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