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Crianza

Cómo evitar las rabietas sin regañar a tus hijos

Ay, los terrible two. Esos dos años feroces en que los niños empiezan a tomar conciencia de su lugar en el mundo y a emplear recurrentemente su palabra favorita: no.

Rabieta

iStock Rabieta

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Lo dicen a todas horas y a todo el mundo, en especial a sus padres. No quieren bañarse, comer, recoger, salir, entrar, dormir, despertarse, ir a la guardería, al parque, compartir sus juguetes… Todo empieza alrededor de los dos años y suele alargarse unos cuantos más: cuando la vida les contraría, cosa que ocurre frecuentemente, la batalla está servida. Al verse obligados a hacer cosas que en esos momentos no quieren hacer, o cuando se les impide cumplir sus deseos, llegan las rabietas, en ocasiones arrolladoras.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que las rabietas forman parte natural del proceso de maduración del niño, y que pese a que en algunos momentos nos resulten difíciles de gestionar son una señal indiscutible de que nuestro bebé crece sano y feliz. Ahora bien, ¿cómo se gestionan? ¿Qué debe hacer el adulto ante una de esas reacciones feroces y volcánicas por parte de alguien que a duras penas supera el metro de altura? Lo primero es no ponernos a su nivel, entender que ellos no van a razonar del mismo modo que nosotros, que la rabieta forma parte inherente de su proceso de aprendizaje y, sobre todo, tratar de no perder los nervios.

Ante todo, prevención

Las rabietas llegan en cualquier momento, pero como nosotras somos las adultas es importante que intentemos prevenirlas. Si sabes que tu hijo se pone imposible cuando tiene hambre o sueño, lo mejor es tratar de organizar tu vida para que no llegue al límite, aunque durante unos años esto condicione tu vida social. Si tiene problemas para compartir sus juguetes, tal vez deberías evitar el parque en horarios de máxima afluencia, o tratar de ir a un parque menos frecuentado. Si puedes evitar las situaciones de tensión, que tú conoces mejor que nadie, mejor para todos: no estás siendo blanda, ni estás educándole mal, sino intentando pasar de la mejor de las maneras una fase totalmente natural en su desarrollo.

Sé más blanda, verás cómo todos lo agradecéis

Es importante entender que los niños pequeños no han llegado a la etapa de maduración que les permita entender e interiorizar según qué cosas. No podemos tratarles como iguales. Es decir, el pequeño no entiende por qué no se puede ir a la escuela en pijama, por qué no puede tratar de comer él solo algo que probablemente va a derramar, por qué es necesario peinarse o por qué debe compartir su juguete. Es tu misión discernir dónde puedes ser más permisiva y cuándo no es posible serlo. ¿Verdad que no pasa nada si un día va a la guardería sin peinarse, o con una combinación de colores lamentable? Ahí puedes ceder. Cuando pide golosinas en el súper, por ejemplo, sí que vas a tener que ponerte seria, pero resérvate para cuando sea totalmente necesario.

Dale la vuelta al no

Está claro que vas a tener que decir que no muchas veces, pero si en lugar de un no tajante y rotundo le ofreces alternativas es posible que acabes saliendo victoriosa. ¿No quiere lavarse los dientes? Explícale una historia que le distraiga en lugar de tratar de explicarle los beneficios de una correcta higiene dental. ¿Quiere dormir en la cama con sus cuarenta peluches? Buscad juntos una cama alternativa para algunos de ellos y haced que cada día vayan rotando. ¿Quiere arrancar las flores del parque para hacer un ramo? Convéncele de hacerlo con unas malas hierbas que encuentres en el camino. Te pasarás el día inventando, pero evitarás situaciones de tensión.

Rabieta
Rabieta | iStock

Que descargue adrenalina

Cosquillas, juegos de cojines, carreras, saltos… Intenta que descargue adrenalina a diario, pues al fin las rabietas son, en ocasiones, el resultado de estar muchas horas en tensión. No olvidemos que para gran parte de niños, especialmente para aquellos de talante más movidito, resulta complicado adaptarse a las dinámicas de la escuela (estar en clase sentados haciendo fichas prácticamente durante todo el parvulario) y salen con una tensión acumulada que hemos de ayudarles a descargar.

No esperes de ellos lo que no puedan darte

Una madre nos cuenta que su hija de tres años dejaba todos los días desordenada la habitación de los juguetes, y cuando la madre le obligaba a recoger la batalla campal estaba servida. Un día, la madre decidió mandarla al rincón de pensar para que reflexionase sobre la situación, y la tuvo diez minutos en una esquina, pensativa. Al día siguiente, cuando la madre la invitó a recoger los juguetes, la niña se fue al rincón de pensar y le dijo que ella ya se esperaba allí mientras la madre recogía. Es un buen ejemplo para ilustrar que nunca es una buena idea tratar de que nuestros hijos interioricen hábitos que simplemente no son capaces de entender.

Refuerzo positivo

Si hay algo que entusiasma a los niños es sentirse admirados por sus padres. Por este motivo, hay pocas cosas tan infalibles como el refuerzo positivo. Apóyale cuando haga las cosas bien, recuérdaselo, y también cuando consiga controlar sus emociones. Si logra pasar por delante de su tienda de juguetes preferida y aceptar una negativa a entrar, recuérdale que estás muy orgullosa. Tal vez en el momento parece que no le da importancia, pero ese refuerzo positivo poco a poco irá calando hasta que empieces a ver resultados.

No pierdas la calma

Esto no es una batalla entre iguales en la cual uno de los dos debe salir victorioso, sino una fase totalmente natural en su maduración. Sabemos que es complicado, y que seguramente en algún momento perderás los nervios (tampoco te sientas culpable por ello, no hay nada peor que estar todo el día flagelándonos por no ser las madres perfectas), pero es importante que trates de mantener la calma en todas las situaciones. Si distraerle falla, presentarle alternativas también, y aún así tu hijo se empeña, pongamos por caso, en quitarse el abrigo pese a estar a 0º en el parque, tal vez no va a quedar más remedio que dejar que el berrinche salga y bajo ningún concepto ponerse a su altura. Lo más sensato será, en este caso, esperar a que pase la tormenta y regresar a casa.

No está de más que, ya en casa, pasadas unas horas, cuando esté más calmado y receptivo intentes explicarle por qué es importante ir abrigado al parque para evitar enfermedades (¿y si hacéis juntos un dibujo o una manualidad en la que aparezcan los glóbulos blancos luchando contra los virus?). Es importante recordar que tu hijo no es tu enemigo, y que al fin estáis en el mismo equipo para hacer de él un ser humano resiliente y capaz de afrontar las contrariedades, cosa que no vas a conseguir perdiendo los nervios y, mucho menos, tratando que entienda cosas que simplemente no está preparado para asimilar.

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