Anorexia y bulimia

El testimonio de superación y lucha contra la anorexia: "Llegué a pesar 28 kilos, mi corazón se paró"

Soy Eva Navarro, tengo 23 años, soy periodista y lucho contra la anorexia día a día. Pedir ayuda fue mi tercera oportunidad de vivir.

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Hace 12 años fui diagnosticada de anorexia nerviosa. Todo empezó con una simple dieta. Una dieta impuesta por el pediatra, en plena etapa de desarrollo. Conseguí bajar de los 60 kilos que pesaba, eliminando la bollería industrial, las grasas y la comida a deshoras.

A la par que perdía peso, mi autoestima crecía de una manera completamente falsa, envuelta en una oleada de reproches hacía mi misma y cargándome de una mochila llena de complejos.

Después de llegar a los 54 kilos y con una aceptación mayor por parte de mi entorno, el cual me rechazaba porque era "Eva, la gorda" consideré que no era suficiente y quise seguir. Nunca me cansaba. Todo empezó tirando un batido de chocolate por el baño, mientras oía la cisterna, notaba como mi vida había dejado de ser la que era.

Me perdí, dejé de ser yo para ser la enfermedad, para vivir por y para ella. Los kilos eran mi meta, adelgazar mi desafío y yo mi mayor enemiga.

Acabé jugando con mi vida hasta llegar a ingresar una primera vez en la Unidad de psiquiatría de Hospital del Niño Jesús, mi corazón estaba empezando a fallar y yo consideré que era la victoria a toda mi batalla. Pasé de ser "Eva, la gorda" a ser "Eva, la anoréxica".

Después de un mes y medio de ingreso, con miles de vivencias y aprendizajes de un mundo oscuro, como es el de los TCA, volví a mi vida normal. Recuperé mucho peso del que había perdido. Era entonces cuando comenzaba la guerra. Una batalla contra mi misma, contra mi identidad y mi dismorfia corporal. No me veía y sentía que estaba gorda, me rechazaba y todo volvió de nuevo.

Un año después volví a caer en las garras de la anorexia, de las que nunca escapé. La vida me estaba dado una oportunidad y yo no quería aprovecharla. Cada vez tenía mayores y peores comportamientos con la comida, pasé a odiarla, tanto o más que como me odiaba a mí.

Desarrollé una fuerte potomanía, una obsesión por el agua, llegaba a beber hasta 12 litros diarios. No quería comer y rechazaba todo tipo de alimentos. Le cogí pánico a comer enfrente de la gente y seguí jugando. Jugué hasta limitar mis pasos, mis estudios, mis amistades y volví a limitar a mi corazón. Una bradicardia determinó que no podía seguir huyendo de un ingreso, era enero de 2015.

Tres meses después, pasando por el hospital de día para conseguir no cambiar los comportamientos adaptados durante el ingreso, volví a la calle. Dentro del hospital me sentía en casa, era mi cobijo.

No pude controlarme, volví a caer, una tercera vez. Tenía diecisiete años y no podía dejar de lado mis estudios, logré aprobar selectividad y ponerme, una vez más en un último plano, me perdí. La báscula era mi condena diaria, cada día observaba cuando subía o bajaba. 400 gramos, era desmesurado para mí.

Ingresé de nuevo en octubre de 2017. Al volver a la que era mi segunda casa, me sentía refugiada. Algo de lo que me di cuenta conforme pasaba el tiempo, era que necesitaba un ingreso puntual, dentro del sufrimiento que allí dentro se generaba y el malestar interno, me sentía protegida y no veía que mi cuerpo estuviese expuesto a críticas. Cuando llegué el domingo me pesaron, había bajado como era lógico. No le dieron mucha importancia; ya que, como era obvio habían considerado que en casa me tenía que mover más de lo que allí me permitían.

El hospital era un refugio. El hospital era también mi cárcel

El hospital era el oxígeno que me permitía vivir, aunque también el veneno con el que cada día mi enfermedad a la que llamaba “La bicha” se hacía más fuerte.

Al salir de mi refugio, sentía todas las miradas sobre mí. La fuerte distorsión que tenía solo me permitía considerar que estaba gorda y de nuevo sentía vergüenza de mí.

Después de dos meses y medio tuvieron que darme el alta. Físicamente seguía muy mal, mentalmente sabía cómo llevar al equipo médico a mi terreno, llevaba muchos años haciéndolo.

Aguanté unos años de descontrol. Aunque hay que perderse para volver a encontrarse. La pandemia nos obligó a parar de golpe. Y así hice.

Paré, empecé con el ejercicio sin ocultarlo; ya que, cada día después de cada comida me veía obligada por mi mente a hacer horas eternas de entrenamiento autoimpuesto.

Carta a la anorexia

Querida anorexia,

Amiga y hermana, tormento de mis días, dolor de mis entrañas.

Con el tiempo en mi contra te escribo estas palabras, reconociendo que has hecho que

pierda la cabeza; aunque todo valía para ser una.

Para llegar a nuestro objetivo de ser quienes buscábamos ser.

Hacías que me sintiese bien. Eres la fuerza que impedía que me derrumbase ante tantos

insultos a la espalda.

Me sentía un lastre de persona, pero ahí estabas tú. Para dejarme ser otra, dejarme ser

quien quisiese ser.

No perdía nada si te quedabas. Me prometí una cifra y cuando la sobrepasé consideré

que podíamos llegar a más, bajar más.

Nunca fue suficiente.

Nunca habíamos perdido suficiente. Todo empezó con una mentira y el resto vino solo.

No es para tanto estar dos días sin comer. Tu voz me gritaba “Mírate que asco das”.

La báscula me decía continuamente que había cogido peso, corría al baño. Cinco

minutos de pasarlo mal, pero cada insulto dolía más.

Ante todo, eres persona y vales más que un número, aunque vivamos en una sociedad

que te rechace por esos modelos de revista idealizados.

Piensa un poco más en ti y un poco menos en los demás. Yo estoy viva y teniendo un

pulso cada día, no voy a dejar que me ganes, aunque me tropiece contigo a cada

instante.

He estado aplastando mis sueños, poniéndome fronteras inalcanzables y metas

imposibles. Dejé de lado una vida, para imponerme una dictadura.

'¿Lo hablamos?'

Este jueves 15 de diciembre, a las 18:00 horas, vuelve el debate digital de la web de Antena 3 Noticias con un tema que preocupa a muchos: los trastornos de la conducta alimentaria y el papel que juegan las redes sociales. Debatirán sobre este asunto la psicóloga Laura Chica, la futbolista Leticia Méndez y la modelo Beatriz Fernández.

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