Raúl sigue en su línea de macho alfa. Quiere dominar a la embajadora de Edisburgo, pero ella pasa de su bolsa escrotal y chocan. Raúl, que has confundido el Casados a Primera Vista con una app de contactos de las 50 Sombras de Grey y lo de sacar las esposas de peluche de la maleta, ya lo llevas regulinchi.

Carolyne y Sheyla aburren a las piedras. Se repite siempre el mismo ciclo: Carolyne se hace ilusiones, Sheyla dice una soplapollez y hay que reír la gracia, se emborrachan con chupitos de garrafa, se echan en cara la frigidez de la relación, tres borderías, morros y otra vez a la cama con pijama de felpa. Carolyne tiene menos morbo que una patata cocida y Sheyla el “rollo bollo” en la rabadilla. Paradlo ya, en serio.

El problema quizás sea que se están centrando demasiado en buscar una técnica para empotrar, cuando en realidad, no hace falta ningún método salvo dejarse llevar.

Mariajo, la pija de postureo que hace de menos a Julián, el restaurador de palets con polilla, es como una adolescente virgen en el cuerpo de una mujer de 52 años. Como siempre, ni come ni deja comer, porque no quiere nada con Julián, sigue enamorada de su ex marido Domingo, y se pone celosa si Julián habla con “esa tiparraca rubia” que es su mejor amiga. Qué madurez, saber estar y sororidad. Mariajo, compórtate como la mujer madura que deberías ser, que ya tienes una edad.

La que ahora era mi pareja favorita, Adrián y Alessandra, porque ella es como un carismático personaje de dibujos animados, también se ha ido al garete después de un pseudo ligoteo de una desconocida con Adrián en la discoteca José Alfredo. Un drama jamás visto ni en las telenovelas mexicanas. Un papelón de celos sin nombre en los libros de psicología. Qué manía con querer atar en corto a la pareja, qué fiel reflejo de la sociedad. ¿Para qué? ¿Habéis firmado la propiedad de uno sobre otro ante notario?

Seguiremos sin avanzar como sociedad ni en las relaciones personales mientras exijamos a nuestra pareja que "pare los pies" o se castre las ganas de relacionarse en un bar con alguien que le entra y le gusta. Y seguiremos sin avanzar si obligamos a nuestra pareja a seguir la dieta del tupper del arroz y cinco horas de gimnasio y lo aceptamos.

Lo que parecía una orgía entre matrimonios desconocidos, acabó en una fiesta de osos en pijama en el sofá comunitario. No entiendo nada, no os entendéis ni vosotros mismos.