ASÍ COMENZÓ…

En 2013, Piper (Taylor Schilling), una mujer blanca de clase media, entraba en una prisión en la que dejaba de ser una privilegiada para convertirse en minoría. 'Orange is the New Black' se atrevió a hacer lo que pocas ficciones hasta el momento: analizar la situación real de las presas de cárceles norteamericanas, mujeres negras, hispanas, con menos recursos, transexuales, drogadictas, enfermas mentales, supervivientes de violaciones y todo tipo de abusos…, que no suelen ser representadas en la sociedad y que estaban entre rejas, la mayoría, por delitos menores o por un sistema patriarcal injusto.

La serie se convirtió en un fenómeno social. Sin ser una 'Oz' en femenino –uno de los primeros e impactantes dramas carcelarios de HBO–, logró con un tono más ligero y en ocasiones cómico describir la vida en prisión de mujeres de todo tipo, con uno de los elencos femeninos más potentes nunca visto antes. Uno de sus aciertos fueron los flashbacks –como ya ocurriera con 'Perdidos'– con los que íbamos conociendo más de estas presas, aparentemente agresivas y sin nada que aportar a la sociedad, para comprender que sus historias no tenían por qué resultarnos tan ajenas. Los espectadores comprendían que la mayoría de esas mujeres no debían estar privadas de libertad y que permanecer en prisión no las beneficiaba en nada.

ASÍ ACABA

Durante las primeras entregas, la serie funcionó gracias a la contundente crítica contra el sistema penitenciario. En la quinta temporada, un motín lo desequilibró todo un poco más, cuyas consecuencias inmediatas vimos en la sexta temporada. Sin perder su activismo, la última entrega intenta cerrar las heridas, con personajes que buscan el perdón y la autoaceptación dentro de la cárcel. Se añaden los consabidos flashbacks (en menor medida, pues ya está todo contado prácticamente) y seguimos a las presas que consiguieron su libertad, entre otras, a la propia Piper.

Sin embargo, la serie da un último giro para adentrarnos en un centro de internamiento de extranjeras, donde encierran a mujeres que, sin ser criminales, pueden ser deportadas. Estas inmigrantes indocumentadas esperan su destino sin poder acceder a un abogado, sin derechos de ningún tipo. Algunas presas llegan allí para trabajar en su cocina, una interacción que traerá algún atisbo de esperanza. El tono más sombrío surge de este nuevo centro, mientras en la cárcel los cambios y el optimismo se suceden gracias a una nueva directora que intenta hacer bien las cosas. Y, de pronto, 'Orange is the New Black' se tira de cabeza a la utopía (soñar es gratis). Algunas presas visten de rosa, comen bien, pueden reunirse sin problemas; la mayoría puede apuntarse a cursos educativos, como el que imparte Caputo (Nick Sandow) de justicia restaurativa. Los policías comprenden a las internas, se hacen amistades, otros se enamoran, algunos piden perdón. Todo resulta idílico aunque por poco tiempo. El sistema seguirá siendo inflexible mientras la empresa privada que sostiene la cárcel solo busque beneficios o haya policías corruptos que trafican con drogas o las presas no sepan qué hacer cuando consiguen su ansiada libertad.

Regresan las gallinas, como aquella que escapó al inicio de la serie, algunos cameos (especialmente en el último episodio) harán las delicias de los fans, pero hay que estar preparado para algún que otro puñetazo de realidad. 'Orange is the New Black' siempre fue más simbólica que realista, pero todo tiene un límite. Porque a pesar de que Ojos Locos (Azu Aduba) logra suavizar su mote, la enfermedad mental campa a sus anchas esta temporada, atrapando en sus redes a las icónicas Red (Kate Mulgrew) y Lorna (Yael Stone) por mucho que Nicky (Natasha Lyonne) intente ayudarlas. Los dos grandes personajes han sido, sin embargo, Pennsatucky (Taryn Manning), la presa que escapó, regresó, intentó cambiar y fue engullida por el sistema. Y, sobre todo, Taystee (Danielle Brooks), que se enfrenta a la pena de muerte por el asesinato de Piscatella, cometido en realidad por sus propios compañeros policías al confundirle con una presa. Taystee, con la ayuda de Caputo, representa el altruismo del que ayuda como deber moral. El recuerdo de Poussey traspasa la ficción, pues se ha creado una fundación con su nombre en beneficio de las presas sin recursos que salen en libertad. Y, cómo no, la gran historia de amor entre Piper y Alex (Laura Prepon), que continuará en la cárcel unos años más. Su relación remata la serie como metáfora de que no todo lo que surge de la cárcel tiene que ser malo.