Antes de nada, aclarar que intercambio de parejas, parejas liberales y relaciones abiertas son tres conceptos y no uno. En muchas ocasiones la falta de ideas claras nos puede pasar una mala jugada y no entender de qué estamos hablando exactamente.

No es lo mismo intercambio de parejas, que son parejas swingers, las cuales mantienen relaciones sexuales con otras parejas, pero en pareja (aunque este mundo/juego tiene varios matices, no se engloba solo en esa idea); parejas liberales, que son todas aquellas que entren bajo el paradigma de lo que consideramos no convencional, que puede ser desde vivir cada miembro en una casa diferente hasta vivir en una relación poliamorosa; que relaciones abiertas, que son aquellas parejas que se dan permisividad sexual fuera de la relación, es decir, mantienen relaciones eróticas (y todo lo que esto engloba) con otras personas fuera de la pareja.

Optar por esta tercera opción es una de las decisiones que toman algunas parejas en verano, en ocasiones porque van a pasar una larga temporada sin verse o porque los dos sienten la necesidad de querer experimentar con otras personas sin perder a su compañero/a de viaje, que es, al fin y al cabo, el/la que cada uno/a ha elegido como pareja.

El primer error es creer que puedes jugar a esto solo/a. Cuando alguna de las personas de esa relación opta por esta opción sin pactarlo o hablarlo con su pareja, toman la decisión unipersonalmente y rompen la relación, ya que no es un juego al que habéis pactado jugar lo/as dos.

Ese es precisamente uno de los problemas a los que se pueden enfrentar las parejas a la hora de tomar esta decisión, el pensar que a este juego no se juega en equipo. Aunque la experiencia se viva fuera de vuestra relación es algo en lo que tenéis que estar de acuerdo ambo/as. Forzar a la otra persona a tomar esa decisión también es jugar en solitario.

Pareja en el agua | iStock

Otro de los fallos es creer que a esto es fácil jugar. Al ser un concepto y una idea que está actualmente de moda muchas parejas se lanzan a la aventura sin tener en cuenta las consecuencias o las dificultades. Abrir la relación no conlleva apagar el botón de los celos o la culpa en el mismo instante de la decisión. Estos dos sentimientos, que nos han marcado a fuego desde que tenemos uso de razón, os pueden perseguir durante el proceso de la experiencia.

La culpa suele ser la primera en aparecer. Sentir que estás haciendo algo mal o estás fallando a tu pareja por lo que estás haciendo suele ser lo más habitual. En gran parte por la cultura del cristianismo, la cual nos ha enseñado que una relación es un juego siempre de dos, y aunque ahora ya no lo tenemos tan presente, también desde la idea de que a ese juego solo se puede jugar entre un hombre y una mujer. En parte por la idea de amor romántico que nos han vendido y, en parte, por la presión de nuestras amistades o familias al no entender la situación vivida, el pacto/juego al que estáis jugando lo/as dos o desde su propio desconocimiento o su mochila de cultura, familia y religión.

La clave para entender una relación abierta es empezar diferenciando los conceptos de amar, querer y desear. Ya nos lo cuenta ‘El Principito’: “Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos.” En cambio, amar es “desear lo mejor para el otro, aun cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que sea feliz, aun cuando tu camino sea diferente al suyo. Es un sentimiento desinteresado que nace desde el corazón. Por eso, el amor nunca será causa de sufrimiento”. Si duele es porque le querías. Por lo tanto, se podría decir que querer es un verbo posesivo, amar es un verbo inclusivo y desear es un verbo lleno de posibilidades a las que podemos jugar amándonos.

El segundo en aparecer es el perdón. La necesidad y la idea de que nos perdonen porque creemos que aquello que hemos hecho es un pecado. ¿Os suena esto de algo? Más catolicismo, más religión. El problema está cuando nos creemos que nuestra pareja tiene el papel de cura y vamos corriendo a contarle lo que hemos hecho o dejado de hacer esperando que nos perdone. Y es cuando comentemos realmente el GRAN error (con mayúsculas). El sincericidio es un suicidio, dejamos de cuidar al otro por querernos perdonar a nosotros/as mismo/as. Obviamente esto va más allá de estas cuatro líneas, pero es la idea general.

Y por último el tercer jinete: los celos. Porque sí, los celos existen y viven con nosotros/as. No es fácil ni sencillo manejarlos si antes no los entendemos, si antes no hemos hecho un trabajo personal. Y estos son los dos grandes problemas, el primero no hacer trabajo personal y el segundo creer que no van a aparecer.

Por lo que el resumen y la respuesta a las preguntas iniciales de si abrir la relación es buena idea, la respuesta sería sí, si antes entendéis lo que es, habláis entre vosotros/as, decidís jugar ambo/as, contempláis que la culpa os va a saludar, el perdón no forma parte del acuerdo, por lo que muchas veces el contaros todo no tiene que porque ser la mejor opción (aunque sí que hay a parejas a las que les funciona), y la gestión de los celos empieza por uno/a mismo/a. Estos son en su gran mayoría los retos y las dificultades a los que os vais a enfrentar.

Y recordad, nadie es vuestro/a, son CON vosotros. Vuestra relación no debería de ser nunca una cárcel, debería de ser un hogar. Y, comprobado está que si la otra persona siente que eres su hogar y le dejas la puerta abierta, esa persona nunca se irá. Al menos no por abrir la relación.