No pasa nada y también es normal. Quieres dormir, o leer, o mirar por la ventana. Quieres descongelar un tuper, comértelo y punto. No quieres aprender a hacer masa madre, ni agotar las existencias de levadura del supermercado. Quieres que esto pase, y ya está. Cada día de una manera tranquila, sin estrés, sin aplausos, sin saludos, sin compartir tu play list con tu vecindario. ¿Es normal? Sí, es normal.

Pero, ¿en verdad no pasa nada si realmente no quiero hacer nada durante el confinamiento? “No, no pasa nada, o no tiene por qué pasar nada, puede ser entendido como una reacción normal. Es, en cualquier caso, un estado de ánimo totalmente comprensible; vivimos en unas circunstancias tan excepcionales como inesperadas. Algunos, por desgracia, los que peor lo están pasando, experimentan situaciones límite para las que no estaban preparados y, la mayoría de nosotros, sanos aunque algo contrariados, convivimos con restricciones que hasta hace bien poco nos habrían resultado sencillamente inasumibles”, nos cuenta la psicóloga Ana Villarrubia.

“El que sigue mostrado apatía y desgana no tiene por qué estar exhibiendo un síntoma de mala salud mental, ni mucho menos, pero sí puede denotar algunas dificultades en la eficacia de sus estrategias de afrontamiento o de adaptación, un patrón de interpretación de la situación tendente al pesimismo o al derrotismo, un ánimo algo más deprimido de lo que cabría esperar, y una ligera tendencia al auto abandono. Todas estas manifestaciones, sostenidas y prologadas en el tiempo, sí podrían llegar a sumir a esta persona en un estado de desmotivación y tristeza que, a fin de cuentas le perjudicasen más de la cuenta y acarreasen otro tipo de consecuencias indeseables para su estado de bienestar físico y psicológico”, añade la experta.

A todos nos ha pasado que hemos redescubierto nuestra casa, hemos ordenado ropa, libros, sartenes, mantas, hasta el calzado… ¿y ahora qué? Has hablado más con amigos lejanos y cercanos en las últimas semanas que en todo el año pasado. ¿Qué hacer ahora? Sí, ya has hecho café Dalgona, tarta de queso, pan casero, el reto del papel higiénico…

Tristeza | iStock

“Nos contamos los unos a los otros cómo lo estamos viviendo y descubrimos que hay amigos que ya no tienen más armarios que ordenar, más rincones que limpiar, más rutinas de ejercicios que hacer ni más platos que cocinar, porque se han tomado lo de mantenerse ocupado al pie de la letra y, aún en casa, han registrado niveles de actividad frenéticos. A otros, en cambio, se les cae la casa encima, se sienten bloqueados, están desprovistos de toda creatividad, o se han visto atrapados en la apatía, la desmotivación y la desgana”, recalca.

Entonces, ¿está bien hacer de todo, o está mejor no hacer nada? “Ninguna de las dos actitudes extremas es necesariamente perniciosa, ambas son el resultado de nuestro intento de gestión y de nuestro esfuerzo de adaptación a una situación novedosa que abruptamente ha interferido en nuestras rutinas y nos ha llevado a actuar en contra de nuestros esquemas de relación social más básicos. A lo largo de las dos primeras semanas de aislamiento la mayor parte de nosotros notamos que la incertidumbre y el enfado daban paso al raciocinio, a la comprensión de la situación, y a la asunción férrea de las responsabilidades que se nos habían encomendado. Después, quien más quien menos se ha informado de cuáles eran las pautas de los expertos y ha tratado de diseñar una rutina acorde a sus necesidades, y a las de su familia”, añade Villarrubia.

Por tanto, con calma, haz lo que te apetezca. Trabaja, lee, disfruta de la soledad, de no hacer nada, mira por la ventana y ya está, juega con los niños, o charla con tu pareja. Haz lo que te apetezca y ponte rutinas fáciles de seguir.