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Diez motivos por los que deberías apostar por una escuela alternativa

Hay muchos motivos para escoger una escuela alternativa para nuestros hijos, un tipo de educación que se está consolidando con fuerza en nuestro país en los últimos años como alternativa al fracaso que representa, para muchos padres, la educación convencional. Pero, empecemos por el principio, ¿qué entendemos por escuela alternativa?

Aprendizaje
Aprendizaje | iStock

Laura Conde (@LauraConde5) | Madrid | 24/09/2018

Podríamos empezar por decir lo que, sin duda, no lo es. “Cuando los niños se muestran apáticos o desinteresados sobre ciertos asuntos es porque eso que pretendemos enseñarles no tiene ningún sentido para ellos”, afirma la escritora y terapeuta argentina especializada en asuntos de maternidad, Laura Gutman.

Por tanto, una escuela alternativa es, en palabras de Gutman, “Una escuela feliz con niños felices, que no solo va a permitir un despliegue extraordinario en cada niño sino que además va a redimirnos de todo sufrimiento pasado”. Una escuela, continúa la terapeuta, en la que “Los niños nos conducen de la mano hacia caminos más abiertos, más libres y más auténticos”, caminos que permiten que cada uno aprenda a su ritmo, que se respeten sus necesidades, pulsiones y tipo de inteligencia y se potencien sus aptitudes. Un modelo alternativo, muy presente en algunos países como los del norte de Europa, frente a lo que Gutman denomina la “educación represiva”.

Muchas familias esgrimen diversos motivos para optar por una educación alternativa, que puede estar basada en diversos modelos –Waldorf, Montessori, Pedagogía Blanca, Disciplina Positiva, escuelas-bosque o puede no adscribirse a ninguna de estas dos pedagogías. Como estos diez.

1. El niño está en el centro del proceso de aprendizaje. En palabras de María Montessori, educadora y filósofa italiana cuya filosofía supuso una revolución en los métodos pedagógicos de principios del siglo XX, que dieron lugar a las llamadas Escuelas Montessori, “los alumnos deben ser los protagonistas de todo el proceso de aprendizaje”. La labor del maestro es, pues, tan solo la de acompañar y guiar a los niños en un proceso que en todo momento capitanean ellos mismos.

2. Se educa con amor. Uno de los ejes de la filosofía Montessori, que se extiende en la actualidad a todas las escuelas alternativas, es que la educación debe basarse en el amor y el respeto hacia el niño. Para María Montessori, “el niño necesita ser reconocido, respetado y ayudado. El niño es el padre del hombre”. Es fundamental, por tanto, no solo educar con amor para que el niño se sienta seguro y confiado en el entorno escolar –lo que, sin duda, le hará sacar lo mejor de sí mismo–, sino garantizar el derecho del niño a protestar y opinar, y así desarrollar sus capacidades de observación, análisis y síntesis.

3. No hay deberes, ni exámenes, ni libros de texto. Las escuelas alternativas huyen de los métodos de aprendizaje tradicionales y apuestan por otro tipo de materiales y métodos a la hora de aprender, en líneas generales basados en el trabajo en equipo y el contacto con la naturaleza. Se potencian muchos los juguetes orgánicos, hechos a mano con elementos naturales, sencillos, que permitan que el niño desarrolle su imaginación.

4. Se busca el “don” de cada niño. Ese es el término que utiliza la psicóloga Rosa Jové, especializada en psicología infantil y autora del libro La escuela más feliz, en referencia a esa capacidad que todos los niños tienen y que debería ser reconocida y potenciada en la escuela, cosa que no suele ocurrir en los centros tradicionales. Según Jové, “el sistema actual no permite que los niños desarrollen aquellas potencialidades que tienen (a no ser que sean de tipo académico). Si un alumno es buenísimo en papiroflexia o cocinando (¿han visto como cocinan los niños de Masterchef?) o en pimpón, ninguno de esos dones se va a trabajar en la escuela”. Jové continúa: “Actualmente se intenta que todos consigan lo mismo y nadie es igual”.

Diferentes modelos de escuela | iStock

5. Se inicia la lecto-escritura a partir de los seis años. Diversos estudiosos, como el filósofo austriaco Rudolf Steiner, han señalado los riesgos de “involucrar a niños pequeños en actividades abstractas demasiado temprano”, ya que puede afectar a su crecimiento y desarrollo. En las escuelas libres, el proceso de lecto-escritura comienza en educación primaria, mientras que en la infantil se opta por un tipo de aprendizaje basado, fundamentalmente, en el juego.

6. No se coarta la creatividad del niño. Algo que, según numerosos padres y pedagogos, sí que ocurre en las escuelas tradicionales, en las que, además, se suele dar una estimulación precoz que no solo no es necesaria, sino que puede ser contraproducente.

7. Las familias se implican en el proceso educativo escolar. Suele hacerse de diferentes maneras en función de cada centro, tanto colaborando en tareas de la escuela (limpieza, recogida, cocina…) o con talleres o actividades relacionadas con la profesión de los padres.

8. El niño no crece presionado. Lo dice Rosa Jové en La escuela más feliz: “Se trata de animar a mejorar, pero sin presionar demasiado, porque a veces lo que conseguimos es el efecto contrario: que vean el objetivo inalcanzable, que se bloqueen por no cumplir nuestras expectativas”, sentencia. Trabajar de forma transversal, inculcar al niño la idea de que todas las asignaturas son igual de importantes y tutorizar a los alumnos son, según Jové, los tres ejes para lograrlo.

9. Se fomenta la colaboración entre niños, no la competitividad. Por este motivo, se trabaja en gran parte por proyectos, en los que se potencian las capacidades de cada alumno y se fomenta la colaboración y unión de fuerzas para lograr unos objetivos.

10. Los niños no se mezclan necesariamente por edades. Aunque no es así en todos los casos, buena parte de las escuelas alternativas abogan por mezclar a los alumnos de forma aleatoria, sin basar los grupos en edades sino, en ocasiones, por actividades, grupos de trabajo, etc.

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