REFERENTE DE LA POESÍA DE GUERRA

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Cinco poemas imprescindibles de Miguel Hernández cuando se cumplen 74 años de su muerte

El poeta nació en 1910 en Alicante y falleció en 1942 en la cárcel, donde estaba preso por haber tomado parte durante la Guerra Civil. Fue sentenciado a muerte y, aunque se conmutó por una pena de 30 años de prisión, no llegó a cumplirla, ya que la tuberculosis acabó antes con él.

Miguel Hernández leyendo un poema.
Miguel Hernández leyendo un poema. | Agencias

Miguel Hernández nació en 1910 en Orihuela, Alicante, y falleció en 1942, enfermo de tuberculosis, en una prisión alicantina. Al estallar la Guerra Civil, tomó parte activa de la misma, lo que le obligó a abandonar el país cuando ésta termina. Sin embargo, es descubierto en la frontera con Portugal, donde es detenido y sentenciado a pena de muerte.

A partir de que cumple 20 años, comienza a publicar poesías cortas en revistas de Alicante. Pronto quiere ampliar sus horizontes y viaja a Madrid, donde escribe 'Perito en Lunas', y empieza a zambullirse de pleno en el movimiento poético de la época.

Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.

Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.

Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

(...)

Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

(...)

Tristes guerras

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

Llamo a la juventud

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.


Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

Vientos del pueblo me llevan

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.

Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

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