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'The Crown': Lady Di, la "joven dulce, inocente y sin pasado", protagonista de la temporada 4

Llegan los locos años 80 a Balmoral. Aunque Gillian Anderson brilla como Margaret Thatcher, es la princesa Diana la triste protagonista de la cuarta temporada.

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Esta familia se va agrandando (y nosotros que nos alegramos). La cuarta temporada entra de lleno en la década de los locos 80 con dos mujeres que marcaron la vida de un país y de la familia real británica, que viene a ser el espejo de su propio país. Ambas, carne de cañón para los diarios de medio mundo, pero por diferentes razones. La reina Isabel II (Olivia Colman), el príncipe Felipe (Tobias Menzies), la princesa Margarita (Helena Bonham Carter) y, especialmente, el príncipe Carlos (Josh O'Connor) comparten grandes momentos en esta cuarta entrega de 'The Crown' con la futura princesa Diana (Emma Corrin) y la primera ministra (primera mujer en conseguirlo) Margaret Thatcher (Gillian Anderson). Estos dos personajes vertebran la práctica totalidad de la temporada, combinando sus tramas personales con las de un país enfrentado a una grave crisis económica, la guerra de las Malvinas, las huelgas de los mineros, los atentados del IRA…

Además de temas "serios", si hablamos de la futura Lady Di es esperable también el salseo. Efectivamente, lo hay, tal vez, demasiado. Pero aunque todos sepamos la vida y obra de Diana Spencer la serie ahonda un poco más en esos pequeños detalles que realmente sirven para explicar muchas cosas que acaban por ser también muy "serias". Lo que recordaremos de esta cuarta entrega será, primero, a la Dama de Hierro teniendo sus más y sus menos con la reina, con varios cara a cara entre Gillian Anderson y Olivia Colman que dan ganas de verlos una y otra vez en bucle. Compartían edad y casi la misma forma de ver la vida, aunque trataban sus negociados de forma diferente lo que llevó a que no se entendieran. Esto dará para largo porque la Thatcher se mantuvo en el poder 11 años.

En 'The Crown' nos muestran también la intimidad de la líder del partido conservador, y aquí es donde nos llevamos las manos a la cabeza. No solo por su anodino marido (aunque tiene puntazos hilarantes, como cuando tilda a la familia real de "brutos, snobs y maleducados") que pide un poco de amabilidad a su propia mujer. A lo que ella responde: "No estoy para perder el tiempo siendo amable".

Efectivamente, a la Thatcher la pintan como una adicta al trabajo, una monárquica que no veía sin embargo con buenos ojos la vida ociosa de la familia real (con sus cacerías, carreras de caballos y juegos snobs), capaz de dejar plantada a la reina en Balmoral para volver a sus quehaceres, no solo como política, sino como esposa, pues esta mujer ambigua lo mismo despedía a parte de su gabinete constituido por ancianos rancios que le hacía y deshacía la maleta a su marido (eso es labor de una esposa, decía) y ninguneaba por regla general a las mujeres (porque las mujeres ya se sabe son demasiado emotivas y no valen para ocupar un alto cargo, clamaba sin pudor). La líder del partido conservador que muestra Gillian Anderson es realmente fascinante, con prótesis y todo, casi siempre vestida de azul –ese azul que no pasa desapercibido– con su pelucón cuyo peso parecía torcerle la cabeza hacía un lado cuando escuchaba a sus oponentes.

Pero sin duda será de la humillación que sufrió Diana Spencer de lo que más se hablará de esta entrega. A la futura Lady Di también le podía el peso en el cuello, siempre esquiva a las miradas, torciendo el gesto hacía un lado, escondiéndose como una niña pequeña. Cuando la Thatcher huye de Balmoral sin querer saber nada de esa familia tan ajena a ella, entra la futura Lady Di. Y así lo muestran tal cual en la serie, puertas que se cierran y se abren. Lady Di, dicen, estaba obsesionada con Carlos,(la primera vez que se encuentran Diana va oculta tras una máscara, algo muy relevante, como si siempre hubiese querido pasar desapercibida pero con ansias por ser descubierta) e hizo lo posible porque se fijara en ella.

A pesar de saber que Camilla Parker Bowles (Emerald Fennell) seguía, y seguiría de alguna forma en sus vidas, tragó. La tildan de cenicienta, limpiaba el piso de su hermana, era una cría que tuvo que aprender a ser aceptada, con episodios de bulimia y de frustración constante (Carlos se iba y ella se quedaba sola en palacio sin compañía alguna). Para la familia ella representaba lo que necesitaba Carlos para continuar la línea de sucesión (Carlos ya pasaba de los 30). Para los ingleses, de cara a la galería, este romance fue un cuento de hadas que de puertas adentro encerraba una relación de conveniencia realmente triste (y máxime cuando sabemos cómo acabó). Se repite varias veces que Carlos y Diana serán reyes algún día, como parte del chiste cuyo final conocemos.

La monarquía supo darle al pueblo (sin pretenderlo) algo en lo que entretenerse para olvidar la crisis, aireando una vez más sus propias miserias. Peter Morgan, el creador, sabe marcar a sus personajes con determinadas acciones o diálogos que los muestran de un plumazo tal y como son, y en 'The Crown' a cada secuencia disfrutona surge otra mucho más apetecible. Como cuando Carlos asegura que no se arrodilló para pedir la mano de Diana porque solo se arrodillaba ante la reina (la cara de su madre es un poema porque no entiende esta falta de sensibilidad).

Carlos se dejó guiar por su mentor, lord Mountbatten (Charles Dance) para vivir su vida, luego este se desdice y le “obliga” a buscar a la mujer perfecta: "Una joven dulce, inocente y amable, sin pasado, que conozca las normas y las cumpla". Algo que no cumplía Camilla, que conoce perfectamente su papel de amante cuando le dice a Diana durante el postre: "Yo soy mucho de compartir". Personajes, Carlos y Camilla, que logran caer realmente mal, como auténticos villanos de la historia (especialmente Carlos). La historia continuará pues están confirmadas dos últimas entregas.

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