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NÚMERO DE SERIE

‘Dopesick’, la historia real detrás de este brutal caso de adicción nacional

Michael Keaton protagoniza esta compleja historia en la que una farmacéutica con el apoyo del Gobierno lanzó al mercado un peligroso medicamento que provocó que EE UU viviese la peor epidemia de drogas de su historia.

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Todo comenzó a finales de los años 90 y se alargó durante dos décadas, nada menos. ¿El resultado? Más de medio millón de muertos por sobredosis en EE UU. Lo contó un libro superventas escrito por Beth Macy: 'Dopesick: Dealers, Doctors, and the Drug Company that Addicted America'. En el bestseller se ha inspirado Danny Strong ('Empire') para producir la interesante (e inquietante) miniserie 'Dopesick: Historia de una adicción', protagonizada por Michael Keaton. El actor es un villano sin pretenderlo pues interpreta al médico de un pueblo de Virginia que recetó opiáceos a la comunidad minera –obreros que tendían a sufrir accidentes– creyendo que no eran adictivos. Error. Y como él, otros muchos doctores a lo largo y ancho de EE UU. Detrás, los verdaderos artífices de esta insólita epidemia de drogas mortal, una compañía farmacéutica llamada Purdue.

Nace el Oxycontin

En los laboratorios de Purdue se creó el OxyContin, un medicamento milagroso según sus avariciosos inventores, que en realidad escondía una bomba de relojería. Y todo, para más inri, con el beneplácito de la DEA, que comenzó a investigar cuando ya era demasiado tarde. Purdue se cameló a los médicos con regalos de todo tipo. Esos médicos de cabecera en los que confiaban sus humildes pacientes. Para ello Purdue no dudó en contratar a jóvenes vendedores que se recorrían las consultas vendiendo la moto. ¿Un medicamento capaz de quitar el dolor y que no provocaba adicción? De la incredulidad, los doctores pasaban a la admiración. Una publicidad engañosa que no fue

percibida como tal pues en la etiqueta del frasco se detallaban de forma transparente sus contraindicaciones, entre las que no se encontraba una potencial adicción. Y era solo el inicio de lo que vendría después. El OxyContin llevó al público y a los profesionales de la medicina a una espiral sin control en la que el consumo de analgésicos se convirtió en la norma. Jóvenes, ancianos, ricos, pobres, desde el mínimo dolor al más grave… pronto se hizo patente que el comercio con pastillas y su uso indiscriminado había unido a un país.

Esta crisis sanitaria se analiza en los ocho episodios de la miniserie que juega con abundantes saltos temporales para ir desenredando el engaño. Porque, ¿cómo pudo la farmacéutica conseguir que el Gobierno de EE UU e incluso la DEA hicieran la vista gorda? ¿Cómo se consiguió cambiar la percepción del dolor dentro de la comunidad médica?

La investigación

En 2005, y aquí arranca la serie, se produce un juicio en el que son varios los interrogados, entre ellos Samuel Finnix (Michael Keaton), que no da crédito a lo que le cuentan y se lamenta de que muchos de sus pacientes estén muertos. La serie salta al inicio de todo, a 1996, cuando surge un movimiento nacional que persigue repensar el tratamiento del dolor. Cómo calmar el sufrimiento sin caer en la adicción. Richard Sackler (Michael Stuhlbarg cayendo mal desde el minuto uno) quiere reinventar la caduca farmacéutica familiar de más de 40 años creando el medicamento definitivo, el OxiContin. Will Poulter como Billy Cutler es uno de esos chavales simpáticos y amables que vende el medicamento milagroso a doctores de comunidades pequeñas como Finnix. Sirve para jaquecas, artritis, resaca, dolor de espalda, de muelas… Sirve para todo, oiga. Y es en pueblos como este de Virginia donde vive Finnix el mejor caldo de cultivo para lanzar el anzuelo. Zonas donde la gente se lesiona a menudo

porque llevan una vida dura, como los mineros (una de las protagonistas trabaja en la mina, interpretada por Kaitlyn Dever). Purdue urdió un plan: comprar a esos médicos para ganarse su confianza asegurando que el OxyContin no era un narcótico. La clave de todo estaba en la etiqueta de la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos) donde se afirmaba que su consumo no era adictivo gracias a la absorción retardada. El ingenuo Finnix, preocupado de corazón por sus clientes, más amigos que pacientes, se cree a pies juntillas que mitigar el dolor sin contraindicaciones es posible. Y más cuando comienzan a proliferar los seminarios y los anuncios para convencer al personal.

En 1999, Bridget Meyer (Rosario Dawson) descubre unas misteriosas pastillas en una redada de cocaína que lidera al frente de la DEA. En sus primeras investigaciones descubre con facilidad que en las zonas donde se ha consumido dicho medicamento –que hasta los narcos tratan como si fuera una droga de diseño–, han aumentado las sobredosis, el abuso infantil, la prostitución, los robos y el abandono de menores. Es decir, blanco y en botella. Sin embargo, la DEA da carpetazo al asunto. Si la FDA lo etiquetó como no adictivo no había más que hablar. En 2002, siguiendo con los saltos temporales de la serie, Rick Mountcastle (Peter Sarsgaard) lidera una nueva investigación, con su jefe John Brownlee (Jake McDorman) animándole a destapar el negocio irresponsable de la dichosa droga, ya confirmada como la mayor fuente de delitos de la región. Mountcastle descubre que la FDA etiquetó mal el medicamento y que las minas (como las del pueblo de Finnix) habían sido la zona cero de una catástrofe nacional. Nadie hizo un estudio de adicción del medicamento. Es más: el tipo que la aprobó dejó su trabajo para irse a trabajar con la farmacéutica. ¡Boom! La serie retrata a un país perdido y en crisis por culpa de los opiáceos. A Purdue le cayeron todas las indemnizaciones posibles, pero el daño ya estaba hecho. Drogas similares han ido proliferando sin límite, haciendo creer a la sociedad que el buen doctor era aquel que evita a toda costa el dolor a sus pacientes. Un escándalo que indigna y que aún hoy colea.

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