1. Empieza muy suave. No quieras entregar toda tu energía desde el primer minuto. Coge aire por la nariz y échalo por la boca sin agobios. Procura expulsar el mismo aire que has cogido.

2. Incrementa lentamente la intensidad del ejercicio e intenta mantener la respiración que hemos practicado. Antes de que llegue el agobio, haz descansos: te ayudarán a recuperar e impedirán que abandones antes de tiempo.

3. Comienza a coger aire también por la boca. Toca eliminar los descansos. Al hacerlo, notarás que por la nariz no entra suficiente volumen de oxígeno a tus pulmones. Da un ritmo a tu respiración y procura no coger más aire del que luego vas a expulsar.

4. Si después de seguir todos estos pasos sigues agobiándote, reduce el ritmo. En los momentos en los que peor te encuentres, baja la intensidad, y súbela ligeramente cuando te hayas recuperado. Encuentra el punto más alto en el que te encuentres cómodo: ya has comprobado que sobrepasarlo te impide seguir con el entrenamiento.

Después de unas semanas entrenado, no necesitarás descansos y serás capaz de regularte por ti mismo.