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OBITUARIO | MUERTE DE UN GRANDE

'Mi Alexandre', por Gonzalo del Prado

No hay peor entierro que sepultar a alguien entre tópicos y frases hechas: "Un secundario de lujo", "se ha ido uno de los grandes", "un maestro en vida". Manuel Alexandre, como casi todos, merece algo más que un epitafio de rebajas, un titular simplón o un adiós barato.

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Por ejemplo, es fácil recordar a este actor con una gran sonrisa en el rostro. Una sonrisa kilométrica, bonachona, casi angelical. Sonreir de forma constante en estos tiempos que corren es una rara virtud, algo casi patológico, un abrir la puerta de casa invitandos a entrar cuando todo son semblantes serios con carteles colgados de cerrado por reforma. Nada que ver con mi primer encuentro con Alexandre. Todo sonrisa, cierto, bendito tópico, pero también genio, carácter, vehemencia. Un trueno allá en el horizonte.

Él promocionaba humildemente '¿Y tú quién eres?', esa huida profética hacia delante de Antonio Mercero contra el Alzheimer. Alexandre se acercaba ya a los 90 años y yo, por educación, por poner las cosas fáciles, por romper el hielo, por empezar a tirar del hilo de la madeja, por tener algo con lo que ubicar al espectador, por...¡yo qué se!, lo primero que le pregunté fue aquello de "Don Manuel, cuente, ¿De qué va la película?¿Qué trata de contar esta historia?". Algo lento de oído, tardó un poco en reaccionar. Su rostro cambió diametralmente. Esa señera sonrisa se evaporó y empezó a bramar: "¡Pero bueno! ¡Aquí hay que venirse con las entrevistas preparadas!¿No ha visto la película? ¡Vea la película y entonces venga a preguntar otras cosas!".

Dos apuntes. Primero: yo acababa de ver hace unos minutos la susodicha '¿Y tú quién eres?'. Y segundo: en esos momentos no sabía dónde meterme. Afortunadamente, y con la ayuda de la jefa de prensa de la película, pude rápidamente calmarle y explicarle que sí, que por supuesto conocía bien la historia, que la tenía aún caliente en la retina, pero que sí preguntaba aquello era para darle pie a él, uno de sus protagonistas, a que ofreciese un esbozo a los espectadores. Más o menos. Ah. Vale. Si es así. Tempestad calmada. La beatífica sonrisa volvió a aparecer y con ella el Alexandre que casi todos recordamos. Aunque yo ya había podido vislumbrar al león dormido. Al profesional que no soportaba la improvisación y la chapuza. Trabajo bien hecho. Carácter. Pocos sobreviven en la jungla tanto tiempo sin pegar algún que otro rugido.

Un par de años más adelante. Voy al Palacio del Pardo para entrevistar a Franco. O lo que es lo mismo. A Manuel Alexandre resucitando en sus carnes al dictador para una miniserie para Antena 3. Toma ya. 90 años recién cumplidos y este hombre sigue en el tajo. Y ya no está hecho un chaval. Anda con bastante dificultad y un coche le lleva por los jardines del palacio hasta el mismo punto dónde hemos plantado la cámara.

Una paciente ayudante de dirección no se separa del veterano. Aquí no hay ni rayos ni centellas al empezar la entrevista. Todo educación y sencillez. Y a mí se me queda grabado este cordial rifirrafe: "¿Y cómo se ha preparado usted este personaje?". A lo que Alexandre respondió sin vacilar y con una entonces pícara sonrisa: "Como todos. Me aprendo el papel de memoria. Sin que falte un punto o una coma. No me gusta improvisar. Ni en el cine ni en la vida".  Minutos después volvió a sumergirse en el coche que le había traído, como si de una cápsula del tiempo se tratase, y desapareció entre los parterres, los árboles y los setos de El Pardo.  Buen viaje, don Manuel.

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