Francisca miraba pensativa por la ventana de su habitación cuando Antoñita aparece con el desayuno. La señora está triste y desalmada por algunos recuerdos del pasado que han llegado a su mente. En ese momento, Antoñita se convierte en su confesora y escucha todo lo que está pasando por su cabeza.

La señora confiesa que esas memorias aún la atormentan y parece que no ha superado ese duro golpe que la vida le dio. ¿De quién se habrá acordado? Además de esto, la Doña ha afirmado que siente una gran envidia por la vida que la Marquesa lleva junto a sus hijos. Francisca necesita más que nunca a Raimundo Ulloa pero Antoñita debe guardar el secreto de que está en el pueblo para dar con su paradero.