NUMEROSOS ESTUDIOS CORROBORAN QUE LAS GRASAS "MALAS" DEPRIMEN

NUMEROSOS ESTUDIOS CORROBORAN QUE LAS GRASAS "MALAS" DEPRIMEN

Otro motivo más para comer sano: la grasa deprime

Estamos hablando de las grasas presentes en la comida rápida y productos industrializados, esas grasas saturadas o "trans" que nos conducen del placer al dolor de una manera similar a la que lo hacen algunas sustancias prohibidas por la ley. Muchos médicos naturistas nos están alertando desde hace décadas, pero ahora también lo hace la medicina convencional: comer grasas malas deprime, y comer productos naturales mejora nuestro ánimo. ¿Recordáis a Morgan Spurlock de 'Super Size Me'? ¿De verdad queremos acabar así?

grasas
Tu estómago estará encantado, pero ¿has preguntado a tus neurotransmisores? | Cocinatis

Comencemos por el principio, aunque sea una perogrullada: cuando uno come bien se siente bien, tanto física como mentalmente. La tele está repleta de anuncios de mujeres de mediana edad sintiéndose bien como si no hubiera un mañana gracias al consumo de los más variopintos productos que suelen tener un denominador común: ser bajos en grasas.

Cereales integrales, yogures desnatados con fibra... Quien más quien menos ha vivido en sus propias carnes ese revivir del ánimo tras unos días alejando las grasas de la dieta, del mismo modo que todos hemos comprobado en algún momento de nuestras vidas la sensación de pesadez y mal humor tras una etapa de grandes (y grasientas) comilonas. ¿Por qué deprime la grasa? ¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando nos metemos entre pecho y espalda una hamburguesa con ketchup y mayonesa acompañada de un kilo de patatas fritas y un helado, adquiridos en algún establecimiento de comida rápida? Pues ocurren cosas terribles. Aquí van algunas consideraciones.

¿Son malas todas las grasas?
No. Existen dos tipos de ácidos grasos, los insaturados y los saturados. Los ácidos grasos son los componentes básicos de la grasa del cuerpo y de los alimentos que comemos. Durante la digestión, el cuerpo descompone las grasas en ácidos grasos, que suelen agruparse de a tres y forman una nueva molécula llamada triglicérido. Las grasas saturadas incrementan el colesterol LDL (malo), de manera que ponen notablemente en riesgo nuestra salud; mientras que las insaturadas son saludables, contribuyen a reducir el colesterol LDL y son necesarias para el buen funcionamiento de nuestro organismo. Entre las grasas insaturadas hallamos dos tipos: las monoinsaturadas (presentes fundamentalmente en el aceite de oliva) y las poliinsaturadas (en aceites y bebidas vegetales, entre otros).

¿Y las grasas trans?
Este tipo de grasas, que tan mala prensa (y con razón) han tenido en los últimos años, es el resultado de solidificar determinados aceites vegetales mediante un proceso de hidrogenación. Por ello se conocen también como grasas hidrogenadas. Provocan obesidad, aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, suelen aportar calorías vacías (desprovistas de cualquier tipo de nutriente) y pueden provocar también hipertensión y pérdida de memoria.

A la industria alimentaria, sin embargo, le son de gran utilidad, pues tras la hidrogenación las grasas poliinsaturadas se convierten inmediatamente en saturadas, y dan lugar a productos más duraderos y con un sabor y textura más atractivos. Se hallan en numerosos productos de consumo habitual, que están perjudicando nuestra salud sin que prácticamente nos demos cuenta: 'fast food', bollería industrial, congelados, precocinados, sopas y caldos de sobre, margarinas, helados o 'snacks salados', entre otros.

¿Todas las grasas son las que provocan depresión?
No, son solamente las grasas saturadas y trans las que afectan a nuestro estado de ánimo. Diversos estudios científicos han demostrado que el consumo continuado de este tipo de grasas incrementa el riesgo de sufrir depresión en un 42%. Por este motivo, parece ser, esta enfermedad mental tiene mucha mayor incidencia en los países del norte de Europa, donde se suele cocinar con margarina y mantequilla (dos fuentes de grasas saturadas, especialmente esta última) y el acto de comer (bien) no tiene tanto peso como en las culturas de la cuenca mediterránea. Los científicos recomiendan, pues, no abandonar la dieta mediterránea que tenemos la suerte de poseer: aceite de oliva, legumbres, pescado y productos del huerto, todos ellos ideales no sólo para nuestra figura sino también para nuestro estado de ánimo.

¿Debo decir adiós a hamburguesas, donuts y patatas fritas?
Por suerte, hoy en día podemos acceder a productos de gran calidad, sabrosos, nutritivos y que van a sustituir sin problemas a todas aquellas fuentes de grasas trans y saturadas que nos han acompañado a lo largo de la vida. Debemos huir del 'fast food', sí, en la medida de lo posible (consideremos un capricho ocasional nuestras incursiones en el mundo de la grasa trans) y de la bollería industrial, pero por suerte en la actualidad podemos encontrar todos estos productos, igual de sabrosos pero libres de grasas nocivas: hamburguesas gourmet con carnes de calidad, de terneras que se han alimentado con productos naturales; bollería artesana sabrosísima, y mucho más. No se trata, pues, de renunciar a los pequeños placeres de la vida, sino de ser más cuidadoso a la hora de seleccionar lo que comemos. Y, repetimos, las normas están para saltárselas: un 'fast food' XXL de vez en cuando no van a hacer daño a nadie.

Laura Conde @LauraConde5 | Barcelona | 27/01/2015

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