En el caso de Estela Baz fue su padre quien trabajó en la central de Lemóniz (Vizcaya) y su madre la que se esforzó por crear un universo paralelo para que la Estela niña, Ángela en el libro, no percibiera el clima de amenaza de ETA en el que vivían los trabajadores.

Estela reconoce que la protagonista de la novela cuenta muchas de sus propias vivencias. "Ángela que es la protagonista, tiene mucho de mí, pero la protagonista tiene también algo de muchos niños que cuentan sus vivencias. Ellos son las víctimas de las que nunca se ha hablado. Detrás de esos dramas había familias y muchos niños", apunta la escritora.

En la memoria de Estela Baz hay numerosos recuerdos del día a día de esos niños. "Se cuenta la anécdota de un padre que entra con sus dos hijas en una carnicería y el carnicero le dice: "Anda pero aún sigues vivo", recuerda.

Asegura que en su caso vivió una infancia feliz gracias al universo paralelo que ideó su madre para aislarle de la amenaza terrorista. "La mayor parte de las víctimas eran hombres pero detrás había mujeres muy jóvenes que hasta con 25 años veían cómo se caía su mundo", recuerda.

Confiesa Estela que su madre se ha resistido a hablar de este tema "hasta prácticamente hace un mes". "Hablar de todo esto une a las familias", señala.