Los libreganos sostienen que el sistema capitalista salvaje en que vivimos no explota únicamente a los animales, sino que es un sistema que se basa íntegramente en la explotación. De los vendedores, los distribuidores, los recolectores, los ganaderos, el paisaje.., de manera que la única manera de luchar contra la injusticia es mantenerse fuera de él en la medida de lo posible. ¿Cómo? Invirtiendo los mínimos recursos económicos en alimentación, practicando la autoexclusión voluntaria de este circo que han organizado las grandes corporaciones y que tiene su principal aliado en las grandes cadenas de supermercados e hipermercados.

Los libreganos consideran que hay que ir más allá del veganismo y no fijarse únicamente en aquellos productos que expliotan a los animales, sino también en los que explotan a los seres humanos, directa o indirectamente. Y son, si nos fijamos en las estanterías de un supermercado, casi todos. Porque además de las grandes multinacionales que fabrican en el Tercer Mundo, sino en todas aquellas que apoyan a gobiernos totalitarios en todo el planeta o en las que dañan deliberadamente el medio ambiente.

Muchos veganos, aseguran los libreganos, se fijan únicamente en todo aquello que causa prejuicio al universo animal pero no tienen los mismos miramientos con los seres humanos, de manera que ha llegado el momento de abrazar un movimiento global, universal, que dé la espalda al capitalismo salvaje mediante el autoabastecimiento, el aprovechamiento de las grandes cantidades de desperdicios que se generan diariamente en todo el mundo y una serie de iniciativas pensadas para tal fin.

Pese a que el libreganismo existe desde 1960, cuando un grupo de teatro de calle anarquista basado en San Francisco inició una campaña para recoger comida, además de proveer de casas y medicina gratuitas para los más necesitados. El término no fue acuñado, sin embargo, hasta 1994, gracias al movimiento Food Not Bombs, un grupo que distribuye comidas vegetarianas para protestar contra el militarismo, y aboga por sustituir el concepto de caridad por el de solidaridad.

La implantación de huertos en las ciudades y el intercambio de productos o servicios como manera de conseguir alimentos son parte de la filosofía libregana, que en realidad va mucho más allá de la alimentación. Los libreganos abogan por la conservación del agua y el uso de energías alternativas, la ocupación de edificios y socialización de espacios y consideran que hay que compartir. Es la única manera, aseguran, de plantar cara a un sistema basado en la desigualdad y la explotación, un mundo en que poderosas grandes corporaciones manejan el mundo, un entramado en el que a los consumidores nos resulta muy difícil discernir qué es exactamente y de dónde procede lo que estamos consumiendo.