El creador de las famosísimas Grahams crackers, el pastor presbiteriano Sylvester Graham, era un fundamentalista de la abstinencia sexual, un hábito que promovía a toda costa, y creía que cambiando la dieta podían controlarse también los impulsos sexuales. Graham apostaba por un máximo de doce encuentros sexuales al año, todos, obviamente, en el seno del matrimonio, y estaba totalmente en contra de la masturbación. Según él, el estómago es, en realidad, el órgano clave para mantener a raya el deseo y alimentos como la carne y el pan blanco no hacen sino incrementarlo.

Graham consideraba que la masturbación era la responsable de casi cualquier dolencia, desde el acné a la epilepsia, las migrañas, los desórdenes emocionales o la depresión. Para alejar a los hombres y mujeres de su época de esta tentación era fundamental, obviamente, llevar una vida ordenada, hacer ejercicio, ser un buen ciudadano en líneas generales e ingerir alimentos que favoreciesen la acción de los intestinos y matasen los impulsos sexuales. De hecho, Graham odiaba la glotonería casi tanto como la masturbación, y convirtió su vida en una cruzada contra estos pecados.

Según él, la harina con la que se elabora el pan blanco es el más libidinoso de los manjares, de manera que él creo la harina de Graham, más gruesa, más nutritiva y, por supuesto, mucho menos sexual. Con esta harina, Graham comenzó a fabricar, con el fin de salvar a sus fieles del pecado, sus famosas galletas Grahams crackers, creadas en 1829, o el pan Graham.

Pese a que ahora nos parezca un extremista e incluso nos hagan gracia las teorías de Sylvester Graham, lo cierto es que en su época, en pleno siglo XIX, alcanzaron un gran número de seguidores. Uno de ellos, 'grahamita' reconocido, fue John Harvey Kellogg. ¿Te suena?