Somos lo que comemos o eso dicen al menos… También, los modales en torno a la mesa y las costumbres culinarias dicen mucho de nosotros, por eso el libro Dictators’ Dinners, a bad taste guide to entertaining tyrants (Gilgamesh Publishing), una interesante recopilación de las comidas preferidas por los mayores dictadores del siglo XX, es un más que apetecible caleidoscopio (con recetas incluidas) sobre estos personajes históricos que han dejado su huella en la Historia.

Te contamos cuáles eran los platos preferidos de algunos de ellos:

Empecemos con un peso pesado: Hitler. Se sabe que tenía flatulencias y estreñimiento crónico (tal vez esto tuviera que ver en su rictus permanente) y en numerosas ocasiones se ha dicho que era vegetariano. Pero es falso: no solo no lo era sino que le gustaba la casquería. ¿Comida favorita? Pichones rellenos de lengua, hígado, pistachos y nueces. También era un fanático de la empanada de hígado. Y como temía ser envenado, disponía de un equipo de 15 personas para probar la comida antes que él.

Mussolini. Para ser italiano, no le gustaba la pasta y el puré de patatas le daba dolor de cabeza. Tampoco era un fan de la carne, pero sí que disfrutaba de la ternera marinada en hierbas aromáticas. Después de llegar al poder, le diagnosticaron una úlcera de duodeno y un médico le aconsejó beber un litro de leche al día. El 'ciambellone', una especie de bizcocho, era su postre favorito.

A Stalin, como buen ruso, lo que le gustaba era beber. Su vino preferido, un rojo semi-dulce, era el Khavanchkara (al parecer, según las autoras de la obra, su ingesta le dio un tremendo dolor de cabeza a las tres de la mañana a Churchill en 1942). Las comidas con Stalin eran banquetes copiosos, en los que él repetía anécdotas hasta el aburrimiento de los huéspedes. Su plato preferido era el pollo con nueces y especias. Y un dato curioso: su chef preferido se llamaba Spiridon Putin, abuelo de Vladimir Putin.

Franco. En nuestro listado de dictadores no puede faltar el mandatario nacional. Carnívoro en toda regla, al parecer tenía buen apetito pero poco se ha podido saber de sus gustos culinarios (no se sabe a ciencia cierta si la paella era su plato favorito, leyenda que explica por qué este plato se incluye en el menú de los jueves en Madrid). Lo que sí se sabe es que era muy dinámico, empezando sus jornadas sobre las 7 de la mañana y acabando a medianoche. Y sin siestas…

Hussein. Le gustaba la comida beduina y también el cordero, la carne de vaca, la langosta y las gambas frescas. Tomaba leche de camella en el desayuno, acompañada de pan y miel. Uno de sus vicios eran los caramelos Quality Street. Uno de sus platos favoritos era el Masgouf, una carpa asada que también enloqueció a Jacques Chirac.

Salazar. Pocos lujos en la cocina y por extensión, en el plato. Desayunaba café o té, con una tostada. Sin leche ni mantequilla. Sus comidas empezaban siempre con una sopa, típicamente portuguesa, bien de verduras o de pescado. Le gustaban, eso sí, las sardinas con judías, al parecer, porque le recordaban su infancia.

Fidel Castro. Todo un sibarita en la mesa, intentó sin éxito que en Cuba se produjese queso francés, foie gras y whisky. Le enloquecía la sopa de tortuga. No tiene precio la foto de archivo que se reproduce en el libro: un joven Fidel disfrutando de un apetitoso plato de comida, todo regado por una Coca-Cola… Quizás el imperialismo yanqui no estaban tan mal visto en la mesa…