1- Esperas demasiado largas

Sabemos que atender tantas mesas a la vez requiere de una disciplina y organización, de un trabajo en equipo de precisión suiza, que muchos de nosotros, para los cuales supone un milagro incluso vestirnos correctamente por la mañana, seríamos incapaces de conseguir. Pero lo cierto es que las esperas demasiado largas deberían disuadirnos de regresar a un local, a no ser que respondan a un motivo de fuerza mayor y nos pidan las debidas disculpas. Es decir, un restaurante es un lugar vivo, cuyo éxito o fracaso depende fundamentalmente de un equipo humano que puede pinchar en cualquier momento, y eso siempre es comprensible. Alguna baja inesperada, algún problema repentino en las instalaciones que haga cambiar la rutina de trabajo... son cosas que pueden ocurrir y que tenemos que saber perdonar si resulta que ese día somos nosotros los que nos vemos afectados, siempre que se nos notifique. Pero esas esperas interminables hasta que llegan los platos o –lo peor de todo– entre plato y plato no son tolerables porque sí, a no ser que nos encontremos en un restaurante de vocación Slow y sepamos a qué atenernos. En la misma línea, tampoco nos sirve que traigan los platos a intervalos, y que estemos zampándonos el segundo mientras nuestro acompañante nos mira.

2- Te cobran por cosas que no has pedido

Llegas al restaurante, te estampan un pan buenísimo con un pequeño toque de aceite de oliva o mantequilla sin preguntarte y después te lo cobran. Ahora incluso está de moda cobrar la lavandería, e incluir en la cuenta final una serie de suplementos surrealistas, como ir al baño o ponerte hielo, con los que el cliente no contaba. La transparencia es fundamental, y para ello el local debe informar en todo momento al cliente de lo que le está sirviendo porque tiene intención de cobrarle.

3- Está sucio

El material médicos acumulado en el baño de un centro | laSexta.com

Todos hemos vivido en algún momento de nuestras vidas situaciones gloriosas en las que hemos hallado algún insecto en nuestra comida o alrededores –servidora se encontró una mosca en el cortado, y cuando fue a devolverla a la barra se encontró con un bufido del camarero y una mirada despectiva en plan 'qué finolis nos hemos levantado esta mañana'–. Otro clásico son los manteles sucios (¿de verdad hay restaurantes que no cambian el mantel entre comensal y comensal?), baños en estado lamentable (para qué entrar en detalles) y otros aspectos que denotan una falta de higiene intolerable en un lugar en que se trabaja con la comida. Cosa que nos lleva a la cuestión fundamental: si está así el exterior, ¿cómo estará la cocina?

4- El café y el pan son lamentables

El café y la siesta, aliados y no enemigos. | Pexels

Tal vez este detalle no llegue a la categoría de falta gravísima, pero hay que empezar, al menos, a poner una X a esos restaurantes pretendidamente gastronómicos, en los que nos vamos a dejar un dineral, que se permiten servir un pan lamentable y un café capaz de levantar a un muerto. Los grandes restaurantes son, al fin, los que cuidan cada detalle con el mismo mimo que dedican a hornear una pierna de cordero.

5- No saben responder tus preguntas

Carrera de camareros en Benidorm | antena3.com

Y no nos referimos a las típicas preguntas de enteradillo repelente que todos hemos tenido el honor de presenciar en alguna ocasión (¿a qué temperatura exacta se ha cocido este huevo?), sino a cuestiones fundamentales para muchos comensales. Cada vez hay más personas alérgicas e intolerantes y es fundamental que el servicio esté perfectamente formado para responder a todas las cuestiones que tengan que ver con los platos. Parece una perogrullada, pero en muchas ocasiones la excesiva rotación que tiene lugar en un ámbito tan precario como es el de la hostelería hace que la atención al cliente quede en manos de alguien que sabe tanto de gastronomía como tú de física cuántica. Este desconocimiento se nota especialmente en el ámbito de los vinos, y no es extraño preguntar a algún empleado qué tal está este vino y que te digan "está bueno". Vale que no hay que ser unos profesionales del vino, pero saber las cuatro cosillas para ser capaces de responder a las inquietudes del cliente es básico.

6- No permiten dar de mamar

"Me gusta" de Facebook | Pixabay

Perdonadnos, pero en pleno siglo XXI es una mamarrachada como una catedral prohibir a una mujer amamantar a su bebé en público, cosa que aún pasa en algunos restaurantes. De hecho, la fiebre 'adults only' está llegando cada vez a más hoteles y restaurantes, que prohíben la entrada de niños a sus instalaciones dado el talante evidentemente dicharachero y revoltoso de este colectivo. Más allá de que esta iniciativa nos parezca personalmente un atraso mucho más que un avance, es cierto que muchos restaurantes que sí permiten la entrada de niños y bebés aún llaman la atención a muchas mujeres que amamantar en público. Y eso sí que es un auténtico atraso, sin lugar a dudas.

7- Te invitan a un chupito para que te largues

Varios 'chupitos' de vodka | Reuters

Sabemos que cuadrar las cuentas en un restaurante es complicadísimo, pero eso no es motivo suficiente para plantarle un chupito a alguien que aún se está tomando el postre con el objetivo de invitarle a largarse porque tienes otra mesa esperando. Antes que ejercer este tipo de presión y hacer que todo el mundo se sienta mal (el comensal porque siente que le echan y el camarero porque tiene que actuar en plan gota malaya) es mucho mejor avisar a los clientes antes de que se sienten, o incluso cuando hacen la reserva por teléfono, de que a una hora determinada tendrán que desocupar la mesa. Así ellos eligen si desean quedarse o prefieren reservar mesa en otro sitio.

8- Llevar hasta su máxima consecuencia normas absurdas

Cuando vives en un barrio céntrico de una gran capital como Barcelona o Madrid tienes que enfrentarte a diario a un asunto tan espinoso como el de ocupar la terraza, lo que da lugar a situaciones tan absurdas como innecesarias si el hostelero entiende que las normas están para saltárselas de vez en cuando si la ocasión lo requiere. Yo misma estuve dos horas sentada en un banco hace unos días, en una plaza céntrica de Barcelona, ante una terraza compuesta por diez mesas vacías –sí, sí, vacías, no había ni una ocupada– porque solo se destinaban a cenas. Las mesas nunca se ocuparon, y eran cerca de las 22 h cuando me fui. Otra modalidad de esta norma en la que las terrazas solo pueden ocuparse para cenas es que te pregunten cuánto vas a cenar –otro hecho real– y que si la cantidad de platos que vas a pedir no es suficiente te impiden sentarte en la terraza (también completamente vacía, por cierto). Entendemos que los números mandan, que los alquileres, impuestos y traspasos son sumamente caros en las grandes ciudades, y que los hosteleros no pueden permitirse ser altruistas, pero también que a veces un toque de sentido común no va mal, ni en hostelería ni en la vida.