A veces son solo pensamientos, otras, prejuicios que aparecen de forma inconsciente, otras veces son acciones (u omisiones), y en todos los casos tienen un denominador común: nos perjudican. Aunque tal vez no sea posible erradicar de golpe ciertos comportamientos, lo cierto es que ser consciente de ello es ya un gran paso para empezar a plantarles cara. Seguro que hay muchos más, pero nos han salido estos.

“Qué envejecida está” / “Cuánto ha engordado” / “Menudo modelito”

Juzgar el físico de otras mujeres no deja de ser un gesto de machismo que hacemos mucho menos con los hombres, a quienes solemos juzgar con menos dureza. Examinamos de forma implacable los outfits de otras mujeres e incluso a menudo nos parece “mal” que aquellas que no tienen cuerpos normativos escojan prendas demasiado cortas, demasiado ceñidas o que dejen ver determinados “defectos” que nosotras mismas hemos llegado a creer que, por algún motivo, tenemos que ocultar.

Así pues, en lugar de tratar como aliadas a aquellas mujeres que desafían los asfixiantes cánones de belleza que nos auto imponemos, y agradecerles que abran un camino que tantísimo nos ha costado empezar a transitar, nosotras mismas las atacamos, probablemente sin ser conscientes de que en realidad nos estamos atacando a nosotras mismas. Ocurre lo mismo cuando juzgamos a otra mujer por los años que aparenta, dando por sentado que cumplir años es malo y siguiendo con esa absurda lucha contra el paso del tiempo que a todas, en mayor o menor medida, nos quita un poco el sueño.

“Qué suerte ha tenido con su marido”

A menudo partimos de la base que una mujer que tiene una pareja que hace las tareas domésticas, cuida de los hijos y la trata bien ha tenido suerte, y nos sorprendemos diciendo frases como “qué suerte tiene de que su marido colabore en casa”. Damos por sentado, de alguna manera, que al hombre se le permite ser descuidado, dejado, poco colaborador y, en definitiva, pasota, y que toda aquella que tiene uno que no lo es debe considerarse afortunada. ¿Decimos lo mismo al revés? Pocas veces, pues en nuestro caso suelen darse por sentados esos rasgos.

Mujer señalando | iStock

“Yo prefiero trabajar con hombres”

No deja de ser curioso que teniendo en cuenta que los hombres copan la mayor parte de puestos directivos en las empresas, y que por lo tanto tienen más números de ser directamente responsables de nuestras miserias laborales, a quien más solemos temer entre nosotras es a otras mujeres (el viejo, terrible, “nosotras somos más víboras”). Aquí funciona como un guante la disonancia cognitiva: mientras no pasamos ni una a otras mujeres, y cualquier desplante por parte de una mujer pasa a ser la parte por el todo, tendemos a hacer la vista gorda con los hombres, que son, cuanto menos, igual de trepas, ambiciosos o maquiavélicos en el entorno laboral. Nos hemos tragado el viejo cuento patriarcal del hombretón bonachón y brutote frente a la víbora manipuladora que no duda en hacer el mal para conseguir sus objetivos.

“Estamos embarazados”

Pues no, querida, la que estás embarazada eres tú. Él puso su semillita en algún momento y la gestante, que un día tendrá el suelo pélvico hecho un cristo y lo parirá con dolor, no es otra que tú. Él no está embarazado, y retorcer el lenguaje para hacer creer al mundo que sí no nos parece en absoluto un giro progre e inclusivo del lenguaje en nombre de una falsa igualdad que es en realidad todo lo contrario, sino una manera de hacerle partícipe de algo (el embarazo, en este caso, como fenómeno físico) que es única y exclusivamente cosa tuya.

“Tuve que fingir un orgasmo”

Fingir el orgasmo como obligación última para poner fin a algo que quieres que acabe cuanto antes. El sentido común nos dice que lo sensato sería comunicar a la otra persona que ya has tenido bastante y acabar el acto sexual de la manera más digna posible. Pero no, nosotras fingimos el orgasmo más a menudo de lo que admitimos por diversos motivos que requerirían una reflexión profunda. Probablemente desde no querer dar una imagen de frígidas o reprimidas a no querer herir la sensibilidad del hombre, a pesar de que tal vez haga un par de horas que le conocemos. Así pues, fingimos el orgasmo para poner fin al acto sexual en lugar de acabar en paz y comenzar así a normalizar el discurso de que puede haber sexo sin orgasmo, que este no es el fin único de la relación sexual y que, por supuesto, puedes decidir que ya no más por el motivo que sea en cualquier momento del cortejo y acto sexual.

“Quiero alguien que me trate como a una princesa”

Existe un trecho entre el malote que te da mala vida y el príncipe azul que te lleva entre algodones. Lo cierto es que el deseo va por libre y el amor es incontrolable, y que por supuesto siempre es mejor ir de la mano por la vida con alguien que nos idolatre mucho que con alguien que nos desprecie siquiera un poco. Pero lo cierto es que en un mundo ideal siempre sería preferible caminar junto a alguien que te trata como lo que eres, una igual –una igual que hay que respetar y cuidar, por supuesto, y a quien hay que dar apoyo y afecto¬–, que como a una princesita, todo delicadeza y feminidad, a la que un caballero ha de colmar de atenciones.

“Me pregunto cómo habrá llegado hasta ahí”

Es cierto que hasta hace poco han sido muy pocas las mujeres que han llegado a cargos de responsabilidad, que siempre han estado copados por hombres, y por ese motivo tendemos a presuponer que la que lo ha conseguido no lo ha hecho por méritos propios, sino por diversos motivos que nada tienen que ver con su capacidad intelectual: ser mona, acostarse con el jefe, nepotismo, haber caído en gracia, suerte… Jamás presuponemos esto de un hombre, y con ello nos estamos haciendo un flaco favor. Es interesante comprobar que cuando una mujer llega a un cargo de responsabilidad para el que creemos que no está preparada tendemos a juzgarla con mucha más dureza de la que juzgamos a los hombres, acostumbradas como estamos a que ostenten el poder independientemente de su formación.