¡Basta ya!

¡Basta ya!

13 micromachismos que aguantamos día a día (y de los que ya estamos hartas)

Más allá del viejo machismo de brocha gorda, que por suerte se va erradicando pese a que de vez en cuando asoma la patita para mostrar su excelente estado de forma, está el micromachismo, o mejor dicho esos micromachismos cotidianos que nos demuestran que, pese a los avances, tantos siglos de heteropatriarcado no han sido en vano.

Hombre piropeando
Hombre piropeando | iStock

Laura Conde (@CondeLaura5) | Madrid | 10/09/2018

Lo malo del micromachismo es que a menudo lo tenemos tan interiorizado que ni siquiera nos damos cuenta de que existe. Como en estos gestos cotidianos:

Señorita en lugar de señora

El caballero es el caballero siempre, o el señor. No importa si está soltero o casado, ni la edad que tenga, es el caballero y punto. Pero tú puedes ser la señora o la señorita ya no tanto en función de tu estado civil, sino de tu edad. La juventud y lozanía como valor, como hecho diferencial, algo que no les sucede a ellos y que nos retrotrae a aquellos tiempos en los que nuestra única misión en la vida era mantenernos jóvenes y atractivas para cazar marido. No, ya no queremos ser más señoritas, sino reivindicar nuestro lugar en el mundo como señoras. Sin importar la edad que tengamos.

Escondemos los tampones

Llega el momento en el que, tanto en el trabajo como en cualquier encuentro público, tienes que ir al baño a cambiarte el tampón. Nada extraño: le ocurre a la mitad de la población del planeta durante una semana al mes, pero hasta tal punto estigmatizamos el hecho de sangrar que nos guardamos el tampón como si fuese una bomba nuclear y estuviésemos a punto de hacerla detonar para acabar con la humanidad. Admitámoslo, a ninguna mujer le va a extrañar que pasees ante sus ojos una compresa, de manera que camuflar los productos de higiene íntima es una manera de no herir la sensibilidad de los hombres ante el hecho de que sangras en abundancia una vez al mes. ¿Verdad que jamás ocultarías una gasa o una tirita? Pues eso.

Yo prefiero no trabajar con mujeres

Esta creencia tan extendida y tan sumamente absurda la escuchamos a diario tanto por parte de hombres como de mujeres. Nosotras somos pérfidas y retorcidas, siempre en busca de un bonachón rebosante de testosterona al que tenderle una manzana. Lo peor de esta frase que tanto se repite, en que las mujeres aparecemos como histéricas ultraemocionales incapaces de llevar ninguna cuestión al terreno del pragmatismo, es que nosotras mismas la hemos acabado creyendo de tanto repetirla. Por tanto, acabamos practicando la disonancia cognitiva e identificando como terrible cualquier cosa que venga de una mujer y pasando por alto cualquier desplante por parte de un hombre. ¿De verdad esos hombres que se encuentran en líneas generales en los consejos de administración de las empresas en que trabajamos no tienen nada que ver con nuestro grado de satisfacción en el trabajo?

Cambiadores de pañales en el baño de mujeres

El señor, que probablemente en ese momento se encuentre cazando búfalos, no ha venido a este mundo a limpiar caquitas.

Ya querrás, ya

Cuando una mujer joven manifiesta en público que no quiere casarse ni tener hijos se cierne sobre ella un halo de incredulidad, generalmente acompañada de cierta condescendencia, a su alrededor (lo hemos comentado en este tema). Ya querrás, ya te vendrán las ganas, un buen día entrarás en razón y querrás hacer todas esas cosas a las que estás destinada. Y es que cuando eres mujer y joven siempre hay alguien que conoce mejor que tú tus propios deseos, que no son otros que escuchar la llamada de la naturaleza y convertirte en procreadora y cuidadora. ¿Cómo no vamos a querer convertirnos en señoras?

Mujer con canas | iStock

Le miran siempre a él

Las que en el ejercicio de nuestra profesión, sea cual sea, tenemos que ser objeto de largas explicaciones por parte de hombres no dejamos de sorprendernos cuando llega la hora de que esas explicaciones se produzcan delante de otro hombre que te acompaña. Ese hombre puede ser tu subordinado, el tipo de mantenimiento, alguien que pasaba por ahí, tu acompañante o el becario. Es igual, porque en gran parte de los casos el hombre con el que hablas va a mirarle a él. ¿Qué hacer? ¿Vas a recordarle al que habla que, por favor, te mire a ti, porque el tipo que va contigo solo ha venido aquí a tirar tres fotos y además es ruso y no entiende ni una palabra de lo que dice? No es raro, además, que ocurra lo peor: haces una pregunta y le responden a él.

Puta, zorra, coñazo…

El lenguaje sigue siendo nuestro peor enemigo, más allá de cuestiones como el discutido lenguaje inclusivo que tanto nos cuesta interiorizar. Las cosas que molan son la polla o están de cojones, pero las aburridas son un coñazo, y las superfluas una chuminada. Una zorra es una mala mujer, pero alguien zorro es astuto, inteligente. Y podríamos seguir así, desglosando los pormenores de la RAE, para hacernos un mapa mental sobre la representación de lo femenino en la sociedad actual.

Las chicas no pagan en las discotecas

Sí, todavía pasa en muchos lugares. Increíble pero cierto.

La cerveza, para el señor

Y la cuenta, y el whisky, y el vino tinto con barrica. A ti te pondrán de forma inconsciente el café con leche descafeinado con sacarina, el mojito de frutos del bosque y el San Francisco. Y cuando llegue la hora de pagar, aunque cada día ocurre menos, tenderán la cuenta al señor, un gesto que te recuerda, por si lo habías olvidado, que tú estás ahí, princesa, para ser agasajada.

Deberías teñirte las canas, envejecen mucho

Te lo dice el peluquero, tu tía, el vecino, tu coordinador, incluso tu espejo te lo suelta por las mañanas aunque tú no quieras oírle. Esas canas que llevas te hacen parecer más vieja, como si ser vieja fuese el peor de los males. En realidad lo es para una mujer, que al envejecer pierde el único atributo por el que parece haber venido a este mundo: gustar a los tíos. Si eres un hombre puedes ir con tus imponentes canas por la vida ligando con veinteañeras y nadie te dirá que qué lástima porque te hacen mayor. Tal vez llegó el momento de empezar a dejarnos las canas al aire, ¿no?

Los piropos por la calle

Que alguien se permita opinar sobre tu físico, aunque sea de forma positiva, por la calle, no deja de ser una muestra de dominación como una casa. Llegó el momento de empezar a responder a estos supuestos halagos que no hacen más que recordarte que cualquier hombre tiene derecho a irrumpir en tu intimidad y opinar sobre tu cuerpo, y que, además, contribuyen a fortalecer la idea de que tu físico en lo más importante que tienes y que debes intentar que sea normativo con todas las armas a tu alcance.

Grupos de Whatsapp de mamás

Incluso en los entornos más igualitarios ocurre que acaban siendo las mamás quienes se ocupan de asuntos mundanos como organizar cumpleaños, fiestas de fin de curso y demás celebraciones. Incluso cuando los padres están implicadísimos los detalles de organización de asuntos relacionados con los niños acaban recayendo en muchas ocasiones en manos de las madres.

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