Galicia
Compartir piso a los 80 años para combatir la soledad: “Tienes miedo a morir solo”
A Eulogio empezó a darle miedo vivir solo a sus 85 años. Gracias a un programa de convivencia de una ONG pontevedresa conoció a Juli. Él aporta hogar y apoyo económico, ella le ayuda en tareas cotidianas y le hace compañía.

Publicidad
La soledad no deseada llega cada vez a más personas, sobre todo a mayores de 75 años, y las fiestas navideñas son aún más duras para quienes sufren esa falta de apoyo emocional.
Un ejemplo de ese acompañamiento tan necesario son los voluntarios de Telde, en Gran Canaria. Visitan las residencias y comparten vivencias con las personas que allí están. "Me da mucha alegría pasar tiempo con los mayores", asegura una de las participantes en el programa.
Por su parte, Julia, de 74 años, también busca compañía en los centros de mayores. Una forma de mantenerse activa y feliz: "Socializar en un entorno donde no sientas soledad, donde compartes lo bueno y lo malo".
Loli optó por unirse a una ONG. Tiene hijos que están pendientes de ella pero, tal y como ella afirma, "tienen su casa y sus hijos y hay veces que ellos no pueden". Así que recurre también a los voluntarios para hacer actividades, como un desayuno navideño.
Eulogio Tordesillas conserva la lucidez del ingeniero industrial que recorrió España instalando maquinaria en canteras y minas. A sus 85 años conversa con entusiasmo, recuerda fechas, nombres y proyectos. Pero durante dos años apenas tenía con quién compartir esas historias. Vivía solo en un piso de Pontevedra y la soledad empezó a hacer mella.
“Llevaba mal estar solo”, admite. “Dormir solo, estar solo…porque soy diabético, me he caído varias veces y tenía miedo de que me diese un 'yuyu' y no tener a nadie que me ayudara”. Ese temor, cada vez más presente, fue el detonante que lo llevó a buscar apoyo.
Primero se acercó a la Cruz Roja, donde consiguió un dispositivo de emergencia que le ofrecía cierta tranquilidad, aunque él mismo reconoce que lo utiliza poco. Pero seguía necesitando otra cosa: compañía. Una presencia cotidiana.
Fue entonces cuando conoció Boa Vida, la oenegé pontevedresa que pone en contacto a personas mayores que viven solas con otras que necesitan un hogar. Al principio fue reticente, “buscar solo una habitación para que alguien duerma no me parecía suficiente”, pero tras varias entrevistas encontró un perfil con el que sintió afinidad: Juli, una mujer chilena, arquitecta, formada en la Sorbona, que buscaba estabilidad en la ciudad.
“Encajamos desde el principio”, cuenta Eulogio. “Por estudios, por forma de ser… convivir juntos parecía natural”. Desde hace más de seis meses comparten piso: cada uno tiene su habitación, su baño y su espacio, pero también rutinas compartidas.
Eulogio insiste en algo fundamental: Juli no paga por vivir allí. “Ella no tiene trabajo. Yo le doy un dinero cada viernes. No es un pago, es un apoyo. Todos tenemos necesidades”. A cambio, ella lo acompaña en lo cotidiano: ir al médico, hacer la compra, salir a comer o simplemente compartir sobremesas y noticias después del desayuno.
“Charlamos mucho, sobre todo de su país. Y vemos la tele juntos, aunque cada uno tiene la suya. Yo pongo a Pavarotti… a veces el vecino se cabrea”, bromea. También van a la UNED como oyentes, donde él ha redescubierto su interés por el arte.
Su piso ahora está lleno de vida y compañía
Lo que más valora, no obstante, es lo que antes más le angustiaba: no estar solo. “Ese miedo ya no lo tengo. Estoy más tranquilo”. Aunque reconoce que sus dificultades físicas continúan, “no estoy hecho un mozo”, la presencia de alguien en casa le da la seguridad que necesitaba.
Madrileño de nacimiento, Eulogio se casó en la iglesia de Atocha, “la misma en la que se casó un rey”, recuerda y tuvo tres hijas. Trabajó toda su vida para una empresa francesa y enviudó hace 33 años. Tras años de viajes, mudanzas y etapas familiares, hoy vive una versión más sencilla pero más acompañada de su día a día.
La Navidad los separará temporalmente: él viajará a Madrid y ella a Barcelona para ver a sus familias. Pero ambos consideran que su convivencia seguirá adelante. “Nos echamos una mano. Esto es una convivencia, sin engaños”.
Para muchos mayores, la idea de vivir con alguien desconocido puede generar dudas. Para Eulogio, ha sido un giro vital. “Es bonito tener compañía”, cuenta con una sonrisa tranquila. “Yo nunca me adapté bien a estar solo”. Y hoy, su casa está llena de conversación, música y rutina compartida: justo lo que necesitaba.
Síguenos en nuestro canal de WhatsApp y no te pierdas la última hora y toda la actualidad en nuestro perfil de Google.
Publicidad









