Galicia

Brotes verdes en las zonas más dañadas por los incendios de Galicia: "Estamos muy contentos"

Una siembra pionera hecha con drones ha permitido regenerar el terreno quemado en Vilamartín de Valdeorras, en Ourense. “No es viable a nivel humano en el tiempo en el que lo hicimos”, explican los responsables del proceso.

Brotes verdes tras los incendios en Galicia

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Los grandes problemas requieren grandes soluciones. No es habitual realizar una siembra con drones, pero cuando el tiempo corre en nuestra contra hay que buscar alternativas. Y esta es muy posible que haya venido para quedarse. “Empezamos ya un poco tarde. Lo hicimos en noviembre, ya casi diciembre; lo suyo hubiera sido un poco antes”, explica David Blanco, técnico superior en Gestión Forestal y Salud Ambiental y piloto aplicador de fitosanitarios con drones. Por eso, el resultado es todavía más esperanzador: la operación ha sido todo un éxito.

Sembraron un total de 94 hectáreas en un proyecto conjunto en el que una parte fue impulsada por el ayuntamiento y la otra por la comunidad de montes de Vilamartín de Valdeorras, en Ourense. Unas 94 hectáreas de terreno en una de las zonas cero, arrasadas por las llamas, completamente teñidas de negro tras la peor ola de incendios vivida en Galicia.

Una vez superada la situación, apagadas las llamas, llegó el momento de analizar los daños y tomar medidas. Hubo que retirar escombros y asegurar las edificaciones que se quedaron a medio caer. También fue necesario llevar alimento a los cientos de animales que —afortunadamente— lograron salvarse, pero se quedaron sin sustento. Y, además, ponerse manos a la obra para crear barreras naturales en el terreno que evitasen las escorrentías.

Pero el objetivo último, el más ansiado, en el que todos los ojos estaban puestos, era uno: lograr la recuperación del terreno lo antes posible. No solo poner parches, sino buscar soluciones completas. Ayudar al monte a recuperarse y convertir el negro en verde de nuevo. Y para ello, la mejor opción fue echar mano de la tecnología.

“El objetivo, por un lado, era conseguir el arraigo del suelo, no perder terreno; y, por otro, que las cenizas no llegasen a contaminar el agua”. David Blanco, CEO de Beniu, empresa gallega pionera en estas actuaciones, habla con conocimiento y orgullo. Está satisfecho con lo que han logrado, sobre todo porque sabe que puede servir de ejemplo para el futuro. “Las zonas de actuación eran, fundamentalmente, zonas próximas a traídas de agua o manantiales, a lugares de captación de agua, porque había pueblos afectados que corrían el riesgo de que el agua les llegase negra, contaminada de ceniza”, explica este técnico.

El proyecto era complejo. La orografía de la zona dificultaba cualquier movimiento y los incendios habían arrasado también con caminos y accesos. El dron se convirtió en la mejor solución, un dron que se encargó de repartir kilos y kilos de semilla. “A nivel humano habría sido inviable. No hay operación posible con cuadrillas para lograr repartir esa cantidad en esa zona en el tiempo en el que lo hicimos”, asegura David.

Galicia florece tras el fuego

Y lo confirma Javier Montalvo, profesor de Ecología de la Universidad de Vigo, que se encargó del asesoramiento científico. “La siembra con drones fue una alternativa perfecta. El terreno estaba muy dañado; de esta manera se evitaba el peligro de andar sobre él y también de interferir en sus propios procesos. Hablamos de una zona en la que hay pendientes de hasta 45 grados de inclinación. Subir sacos de semilla a pie, imagínate…”. Para este experto, el sistema tiene muchas posibilidades de futuro.

Se sembró triticale, un híbrido entre trigo y centeno. “No todas las semillas crecen con buenas condiciones climatológicas; las hay que germinan en invierno, con frío. Había que utilizar una de este tipo”, apunta Montalvo. El triticale no tiene antecedentes conocidos de siembra con fines de restauración en Galicia, pero sus características lo hacían idóneo. Hereda del centeno su capacidad de crecer en condiciones adversas, incluso en suelos pobres, y del trigo el crecimiento más vigoroso y la rápida cobertura. “Para finales de febrero esperamos ya poder ver un manto verde en la zona”, explica Montalvo.

Sus raíces ayudan a fijar la capa superficial del suelo, algo fundamental para evitar la pérdida de nutrientes que, de otra manera, acaban siendo arrastrados por las lluvias. “La longitud máxima promedio de las raíces llega a 6,4 cm, con un ritmo de 2 mm al día desde la siembra. Algunas plantas superan los 8-10 cm de profundidad. La parte aérea, en promedio, alcanza una altura de 4,2 cm. Es decir, la raíz mide un 50 % más que la hoja”, relata Montalvo para ilustrar lo que no se ve y para hacer hincapié en la protección del suelo que se está consiguiendo gracias a las raíces de esos pequeños brotes visibles.

En definitiva, la ciencia y la tecnología al servicio de la tierra. Al servicio de un monte que tanto nos ha dado, nos da y nos dará. Esperemos que lo antes posible, si seguimos echándole una mano.

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