Jovan era una mujer yazidí que vivía en un pueblo con su esposo Khedr. "Era tan feliz", recuerda ante la BBC, "vivía la mejor vida posible". Sin embargo, a principios de agosto de 2014, dos automóviles con banderas negras del Estado Islámico llegaron a su aldea. La familia fue obligada a viajar en el convoy, aunque Khedr pudo huir.

Jovan fue llevado junto con sus hijos a Raqqa, en Siria, por entonces, la capital de facto del califato de Estado Islámico. "No pudimos hacer nada para defendernos", dice Jovan, que no volvió a ver a su marido en cuatro años.

La mujer se vio obligada a jugar a los chinos para decidir a qué militante del Estado Islámico se le entregaría. Le asignaron a un tunecino llamado Abu y fue obligada a convertirse al Islam. Tras cinco meses, descubrió que estaba embarazada. Cuando estaba de siete meses, Abu murió durante una batalla. El pequeño Adam nació con la ayuda de sus medio hermanos.

Finalmente, Khedr consiguió encontrar a su familia y reunir el dinero para comprar a sus hijos, pero Jovan permaneció otros dos años alejada de su marido. Khedr, finalmente, aceptó que Jovan volviera con Adam. Sin embargo, tras unos días, su familia intentó convencerla de que abandonara a Adam, ya que "nunca aceptaría a un niño musulmán nacido de un padre de EI".

Khedr llevó a Jovan a conocer a la gerente de un orfanato para que la persuadiera. Tras varias semanas, Jovan decidió ir en busca de su hijo. "Sentí que había traicionado a mi hijo. Mis otros tres hijos habían crecido y tenían un padre, pero Adam no tenía a nadie. El pobre no tenía absolutamente a nadie y yo le echaba de menos día y noche", explica Jovan.

Al llegar, la gerente le confesó que el pequeño ya había sido entregado. Unos meses después, Khedr se divorció de ella y le envió un mensaje diciendo que no podría ver a sus otros hijos.