Fiestas

A Mioteira, el pueblo que encendió la Navidad para no apagarse

Sesenta habitantes y todas las casas iluminadas. En un país que presume de luces navideñas, este pueblo compite sin presupuestos millonarios: lo hace a golpe de voluntad vecinal.

Imagen de A Mioteira en Navidad.

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No aparece en ningún mapa turístico, pero basta conducir de noche hacia esta pequeña aldea ourensana para entender por qué, desde hace cinco años, diciembre se ha convertido aquí en un escaparate de energía colectiva.

A las siete en punto de esta tarde, A Mioteira volvió a encender su Navidad. No hubo gran acto inaugural. Ni falta que hace. Bastó con que cada vecino activara el interruptor para que las cinco calles quedaran convertidas, una vez más, en un pequeño circuito festivo visitado ya por curiosos de toda la provincia.

Todo comenzó en 2020, cuando el encierro convirtió a la mayoría en espectadores de sus propios muros. Aquí, sin embargo, decidieron desafiarlos. "Empezamos para mantenernos unidos", recuerda Katy. A su lado, Ana asiente: "Tenemos tantas cosas acumuladas que no nos llega el tiempo. Y este año hay novedades, pero no se pueden decir; hay que venir a verlas".

En A Mioteira no existe la casa sin adorno. "Todas. Absolutamente todas" insiste Katy. Es la única regla no escrita de esta tradición accidental que terminó convirtiéndose en seña de identidad.

Anxo, uno de los vecinos más pequeños sabe que Papá Noel pasa siempre primero por aquí: "Tiene que venir antes aquí, está todo iluminado y lo ve muy bien".

Y Papá Noel no es el único al que le llama la atención. A Mioteira se ha vuelto, sin pretenderlo, un pequeño fenómeno. En algunos tramos del pueblo apenas queda espacio para girar el coche. Y, aun así, nadie pierde la paciencia.

En la entrada, una pareja coloca el móvil en posición vertical para inmortalizar el instante. No son vecinos: llegan de una localidad cercana solo para ver las luces. "Son espectaculares", nos cuentan, "y es muy bonito ver a un pueblo tan unido año tras año", añaden.

Ana, vecina desde siempre, reconoce que cada año "nos queremos superar". Su vivienda, "la de arriba, la que se ve desde aquí", es de las más fotografiadas.

Rosa, una de las mayores del pueblo, sigue sorprendiéndose de hasta dónde ha llegado aquello que empezó sin intención de perdurar. "Aumenta, aumenta… y no sé dónde va a acabar", admite. "Mientras pueda verlo, yo encantada".

Agustín, que vive al final de la ruta, confiesa el secreto de la permanencia: trabajo compartido. "Cada año es una ilusión. No siempre se puede hacer lo que se quiere, pero entre todos es más fácil. Repartimos el esfuerzo… y el chocolate también".

El recorrido termina en casa de Mercedes, que este año ha renovado el belén exterior. Lo enseña con la mezcla de orgullo y cansancio que dejan las semanas de montaje. "Llevamos casi un mes preparando esto. Nos llueve mucho, pero compensa. Estamos encantados".

Su belén, como el resto del pueblo, responde a una misma idea: no se trata de competir, sino de compartir. Este 29 de noviembre lo hicieron otra vez. Sin grandes discursos ni patrocinadores. Solo interruptores, cables, chocolate y voluntad. Y así, un año más, la aldea más navideña de Ourense volvió a brillar. Con más luz que nunca.

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