En medio de tanta velocidad Senna siempre supo encontrar un momento de paz. Su fe la transmitía con absoluta normalidad.

Una fe de la que no se separaba en las carreras. El propio Senna hablaba de sus experiencias místicas. Como en Japón, año 1988. Su lucha con Prost le lleva al límite emocional. En las últimas vueltas cuenta que ve a Jesús suspendido en el cielo.

Algo parecido le sucede aquí, en Mónaco. En las vueltas de clasificación advierte que esta pilotando con demasiado riesgo. Un sexto sentido le hace levantar el pie del acelerador. Aunque no evita el accidente. Su pasión por correr era tan grande como su creencia en Dios.

Rezaba antes de cada gran premio porque sabía que se estaba jugando la vida. 25 años después, su sobrina ha honrado su figura. El Papa Francisco recibió de su mano el casco y un busto del piloto. Un gesto que, seguro, le hubiera gustado al propio Senna hacer.

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