El Sant Andreu ha puesto sus medios, esto es, un campo de fútbol y material, para tratar que un grupo de refugiados consiga integrarse. Muchos de ellos huyeron de la guerra en su país o del hambre.

"No hay color, todos somos humanos", cuenta Alain, que piensa aprender más idiomas. Él, como otros de muchas nacionalidades, comparten vestuario.

Hasta 90 refugiados por fin pueden pisar suelo español tras un éxodo agotador. Al menos, el fútbol les arranca una sonrisa.

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